La mañana llegó sin reconciliación. No hubo abrazo al despertar. Ni ese gesto automático de cercanía que antes los encontraba incluso sin palabras. Solo rutina. Valeria estaba en la cocina cuando Adrián apareció. El café ya estaba servido. Dos tazas. Como siempre. Ese detalle… seguía intacto. —Buenos días —dijo ella, con una suavidad que no era costumbre, sino intención. Adrián asintió. —Buenos días. Se acercó. Tomó su taza. Bebió. Sin mirarla aún. Valeria apoyó la cadera contra la encimera. Observándolo. Esperando. No sabía exactamente qué… pero algo. —Hoy tengo una reunión importante a primera hora —comentó ella, rompiendo el silencio—. Puede que salga un poco más tarde de lo habitual. Adrián levantó la vista entonces. Y la miró. Fijamente. —¿Con quién? La pregu

