Después de dos horas de haber hablado sin parar, mamá retira la silla en donde se hallaba sentada, se levanta, y se pone en cuclillas a mi lado. —¿Por qué tuviste que cargar con el peso de todo ésto sola? —se lamenta, mientras varias lágrimas ruedan por sus mejillas—. ¿Por qué no me contaste lo que sucedía enseguida que saliste de la oficina, el día de tu entrevista? —Porque tenía miedo —confieso en voz baja. —¿Miedo? —pregunta—. ¿Miedo de quién? ¿De David Henderson? ¿De su hijo? —No es por ellos, tampoco por la situación —agacho la cabeza—. Mi miedo es decepcionarte, mamá. Siento que todo el tiempo te estoy causando disgustos, que no estás orgullosa de mí, que siempre meto la pata... Su mano acuna mi rostro y me obliga a levantarlo para que la mire. —No podría estar más orgull

