—¡¿Guardaste un suéter por si acaso?! —grita mamá cuándo me ve abrir la puerta principal. Ojeo fugazmente el bolso que cuelga de mi brazo y respondo una afirmativa. Guardé ropa para Ámbar, revistas y su tablet. También sus accesorios personales y un abrigo para mí. —¡Adiós, Charlie! —dice Alexandra, antes de verme partir. Me pongo de cuclillas frente a ella y le beso la mejilla. —Estaré bien temprano en la casa para llevarlos a la escuela. —Ámbar está enferma, y tu pie también lo está —puntualiza con astucia. —Eso no será un impedimento. Vendré bien temprano y así esté con mi pie hinchado como un globo, los voy a llevar a la escuela. —¡Gracias! —musita—. Es que mamá no me compra bolsas de golosinas antes de entrar a clases. Abro los ojos, y carraspeo en una clara advertenci

