Durante un par de minutos las dos nos callamos, y únicamente se escucha el ruido de las verduras en el aceite. —¿Ya... Hablaste con el muchacho? —balbucea, rompiendo el hielo. —¿Nicolas? —afirma con la cabeza—. ¿De qué? —¿Olvidaste que a la mañana me pediste traerlo a almorzar, el próximo domingo? —¡Ah, no; no lo olvidé! —exclamo, cruzándome de piernas—. Vendrá el domingo. De repente, la voz de Liam nos sobresalta desde el corredor. —¡Lotte! —grita—. ¡Lotte!, ¿puedes venir a mi cuarto? Quiero mostrarte el juego. Me encojo de hombros, sonrío y con la botella en mano me pongo de pie. —Y tú no te vayas a olvidar de que el viernes hay médico —destaco, a punto de abandonar la cocina. —¡No me voy a olvidar! —resopla con repentina seriedad. A paso lento recorro el living, el

