Kael despertó jadeando, el cuerpo empapado en sudor frío. El suelo de la sala estaba cubierto de ceniza, y las velas rojas habían desaparecido. La mujer del velo ya no estaba.
Solo él.
Y el silencio.
Demasiado silencio.
No tuvo tiempo de incorporarse del todo.
La pared a su derecha explotó en una lluvia de piedra y humo, lanzándolo contra los restos del altar. Tosió sangre. Sacó su cuchillo. Demasiado tarde.
Una figura entró caminando entre el polvo, envuelta en una capa de sombras vivas que se retorcían como serpientes hambrientas. En la mano llevaba una lanza negra como el vacío.
—Te lo dije una vez, Dren —dijo una voz gutural y elegante—: tú y la reina estaban jugando a ser dioses.
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—Ahora, yo vengo a poner fin a ese juego.
Kael alzó la vista.
Y su alma se congeló.
—...Valrick.
El Cazador de Sombras.
Su antiguo hermano de armas.
El último en ver a Elyra con vida.
Y el primero en traicionarla.
—¿Cómo supiste que estaba aquí? —gruñó Kael, poniéndose de pie.
Valrick sonrió.
—Porque la reina no es la única que tiene un vínculo contigo.
Su lanza comenzó a brillar con una luz oscura, como si se alimentara del propio miedo.
—No puedo dejarte llegar a ella, Kael. No está vez
—No después de lo que vimos en la Torre de Sangre.
Kael escupió al suelo.
—Entonces tendrás que matarme.
—Esa es la idea.
Y el suelo tembló.
Las sombras que seguían a Valrick tomaron forma. No eran hombres. No eran bestias. Eran restos de soldados caídos, marcados por maldiciones, con armaduras oxidadas y ojos vacíos que recordaban su nombre.
Kael retrocedió. No por miedo, sino por cálculo.
Ya no tenía tiempo.
No tenía aliados.
Pero sí tenía una reina esperando.
Y si eso significaba arder otra vez…
Entonces lo haría.
—¡Ven por mí, bastardo! —rugió.
Y la pelea comenzó.
interludio - hermanos de
hierro
Años antes.
Antes de la traición.
Antes de la corona quebrada.
La noche olía a humo y sangre. El campamento estaba rodeado, pero aún resistía.
Kael se aferraba a su espada como si fuera su única verdad.
A su lado, con media armadura y una sonrisa arrogante, Valrick limpiaba la sangre de su lanza con un trapo de terciopelo.
—¿Sabes qué es lo peor de las guerras por ideales? —preguntó—. Que uno siempre termina matando a alguien que cree lo mismo que uno.
Kael no respondió. Su mirada estaba fija en la colina. Sabía que si no aguantaban esa noche, Elyra sería capturada. La causa terminaría.
Valrick lo empujó con el hombro.
—Relájate, Dren. Si morimos, al menos lo haremos bellamente. Como leyendas.
—No vine a morir —gruñó Kael—. Vine a cambiar el mundo.
Valrick rió. Una risa limpia, sincera.
—Y yo solo vine porque ella dijo que me necesitaba. ¿Cómo negarse a esos ojos, no?
Kael bajó la mirada.
No respondió.
No podía.
Porque los dos amaban a Elyra.
Pero solo uno lo admitía.
Valrick notó el silencio. Su tono cambió.
—Te mataría si no supiera que le importas —dijo sin rabia, solo con verdad—. Pero el día en que dejes de serle útil… ese día serás mío.
Kael giró hacia él, con fuego en los ojos.
—¿Y si soy yo el que decide cuándo acaba?
Valrick sonrió, y por un instante, la noche pareció contener el aliento.
—Entonces prométeme algo, hermano.
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—Si alguna vez me convierto en monstruo…
—…no dudes en matarme.
Kael apretó la mandíbula.
—Lo mismo digo.
Chocaron los puños. Una promesa de acero.
Y luego la noche los tragó de nuevo en batalla, juntos.
Inseparables.
Por última vez.