Kael se dejó caer. No porque quisiera. Porque el mundo dejó de sostenerlo.
El suelo se disolvió bajo él como ceniza en la lluvia.
La oscuridad se convirtió en color.
Y luego, en memoria.
Sintió la brisa de Therya cuando aún era joven, antes de la guerra, antes de las coronas rotas. Caminaba por un campo de lirios, y alguien reía detrás de él.
—No eras tan alto, Kael. Solo andabas con la espada en la espalda para parecerlo.
Él se dio la vuelta.
Elyra. De blanco, sin corona, sin sangre en los labios. Solo su risa.
Y los ojos... esos ojos que le habían ordenado la vida entera con una sola mirada.
—Esto no es real —murmuró él.
—No —respondió ella, con una sonrisa triste—. Pero tampoco es mentira.
El cielo se agrietó. La visión tembló.
El campo de lirios se marchitó en un instante. La tierra se abrió como una herida.
Y de esa herida salió otra Elyra.
Vestía n***o. Llevaba cadenas en los brazos. La piel le brillaba con símbolos oscuros, y en los labios tenía una maldición que aún no había dicho en voz alta.
—Kael —dijo ella, pero no con voz: con alma—. No vengas. No puedes ganar.
Él caminó hacia ella, pero sus piernas pesaban como plomo.
—Te juré. No me importa ganar. Me importa tú.
Ambas Elyras —la blanca y la encadenada— comenzaron a fundirse. El sueño se deformaba.
Y entonces, por fin, lo vio:
El lugar real.
Un fragmento. Un destello.
Una torre entre mares muertos. Ríos que fluían al revés. Pájaros que cantaban nombres prohibidos.
Y en lo alto, una jaula sin barrotes.
Donde Elyra aún respiraba.
Kael gritó.
Su alma ardía.
El sueño se rompía.
Y la voz de la mujer del velo —lejana, burlona, eterna— lo llamó de vuelta.
—Despierta, guerrero.
—Ya viste dónde.
—Ahora ve y sangra por ello.