Narra Nancy.
Años atrás.
Alexandru Gonzales no era el chico más popular de su clase ni mucho menos de la secundaria, pero tenía cierto encanto, que para qué voy a mentir: me hacía querer pasar más tiempo con él. No era atleta como David, tampoco le gustaba la mayonesa en exceso, pero era alto acuerpado, de cabello n***o achinado, incluso sus ojos también lo eran; tenía una sonrisa sin los hoyuelos de cierto ojiverde, pero tenía una perfecta dentadura que mostrar y un lunar en el mentón. Y no era que su mejor amigo, el fastidioso de Oliver, no tuviera ese encanto, era que... cómo lo explico...
—Digamos que Oliver es un poco más cansón... —Le dije a Josefina.
Mi compañera de clases, y amiga, me miró con sus imponentes ojos verdes cuando en plena reunión, sí, aquella reu que me había negado asistir, mantuve una conversación larga con el mejor amigo de Oliver mientras este intentaba coquetear con ella, la cual me cuestionaba todo acerca de lo que pude saber en esos minutos sobre Alexandru.
—Sí pero a mí me importa un bledo el flaco ese —Rodó los ojos —Que por cierto, me ha dicho el muy descarado que si no quiero ser su novia le presente otra amiga ¿has visto? ¡Tremendo patán!
Reí con gusto. En definitiva Oliver era un caso perdido.
—¿Sabes que te ríes feo verdad?
Asentí pero no pude dejar de reír. Sin embargo, paré justo cuando Josefina caminó hasta un Alexandru que parecía necesitar ayuda para repartir refrescos, así que sonreí al ver el aura que se formó en ambos rostros al verse.
A Josefina le gustaba Alexandru desde siempre, pero digamos que ella solía ser una chica demasiado... ¿insistente? Así que este le había sacado el cuerpo varias veces. Y al parecer, su repentino alejamiento hacia él, hasta ese día, le había funcionado para empezar de cero ya que los veía charlar entre risitas cómplices mientras atendían a los invitados.
Invitados que fueron aumentando, a medida que la noche llegaba. Y yo, sentada en uno de los sillones comiendo como una cerda miles de tequeños, y jugando ludo con un par de sujetos, uno tenía lentes y el otro vestía todo de amarillo, sí, amarillo; comencé a sentir mi pecho apretarse cuando otros se sentaron a mi lado queriendo jugar y la música indicó que apenas estaba empezando la fiesta.
¿En dónde carajos se había metido el pelele que me llevó a la reunión familiar que se estaba convirtiendo en una gran fiesta con adolescentes hormonados?
Busqué con la mirada a Oliver pero no lo conseguí, así que pidiendo disculpas por no terminar la partida de Ludo me paré del sillón, y deteniéndome en medio de la gran sala miré a todos lados. Mi cabeza empezó a doler, el sudor llegó a mis manos y axilas, sintiendo después una fuerte presión en mi pecho.
Deseé que alguien me sacara de ese lugar o que algo ocurriera porque quería salir de allí.
—¡Cooooorraaaaaaan! —Un grito aterrado proveniente de algún lugar hizo que todos los presentes buscaran el origen.
Mi corazón se aceleró, y un chico muy parecido a Oliver, solo que un poco mayor, corría como alma que lleva el diablo hacia la salida, seguido de los invitados. Y yo, confundida, tiré mi vista hacia el punto de origen. Boquiabierta pude ver a dos grandes perros Rottweiler color n***o mirarme fijamente mientras sus colmillos se hacían notar y su boca generaba un sonido que me hizo ahogar un grito.
—¡Chiquis! ¡Pedro José! ¡¿Qué están haciendo aquí?!
Sentí que estaba a punto de orinarme por el miedo cuando vi a Alexandru gritarle a aquellos peligrosos seres mientras no me quitaban la mirada de encima.
—No te muevas... —Esa vez la voz de Oliver me hizo girar el cuello hasta encontrarme con su mirada y su sonrisa burlona.
¿¡Qué v***a!? ¡Alguien tenía que salvarme! ¡Iba a morir! ¡No quería morir siendo comida para perros! ¡No! ¡Mamá te juro que no volveré a dejar ni una cucharilla sucia! ¡Ayuda!
—AHHHHHHHH.
Mi grito se ahogó en el pecho de Oliver cuando se lanzó sobre mí cayendo los dos al suelo.
—Coño, coño, coño ¡Alexaaaandruuuu!
Mi cabeza dolía, mi pecho subía y bajaba al encontrarme con la escena para nada romántica de mi persona siendo aplastada por Oliver en su posible último grito de vida.
—¡CHIQUIS! ¡PEDRO JOSÉ! —Alexandru los apuntaba con un hueso de juguete.
—COÑO DE LA MAAAADREEEEEE.
—¡CHIQUIIIIIS SUELTAAAALO!
Y así fue como en cámara lenta, y casi orinándome, vi a los dos Rottweiler llevarse al chico de ojos verdes por los pantalones mientras este gritaba y chillaba rogando por su vida.