Alexander, despertó y Christine ya se había ido, regularmente era él quien salía muy temprano rumbo al trabajo y ella se levantaba casi a medio día, así que era raro para él que a las siete de la mañana ella ya hubiera dejado la cama, debía tratarse de algo muy importante.
Se levantó y se puso ropa deportiva, regularmente hacía una hora de ejercicio antes de ir a la oficina, la mansión contaba con un espléndido gimnasio, y con una enorme alberca, por lo que no necesitaba salir de casa para ejercitarse, y de esa manera Christine se aseguraba de que no tuviera contacto con jóvenes y atractivas mujeres en un gimnasio público.
Su rutina comenzó haciendo un poco de ejercicio cardiovascular, para luego continuar ejercitando su abdomen, sus pectorales y sus brazos, su musculoso cuerpo era digno de hacerle una escultura, su piel morena clara, sus labios gruesos y bien delineados y sus profundos ojos oscuros, lo hacían irresistible para cualquier mujer, pero su esposa trataba de controlar hasta el más mínimo de sus movimientos, incluso había dado la orden a la secretaria de que todos los días le enviara un reporte de su agenda.
Christine pensaba que de esa manera podría enterarse si acaso a él se le ocurría tener una amante, durante cinco años esa idea no había pasado por la mente de Alexander, en el principio de su matrimonio, él podía satisfacer sus deseos sexuales con su esposa, pero a medida que pasaba el tiempo, ella se obsesionaba más y más con las cirugías, lo cual ya era muy notorio y comenzaba a ser desagradable puesto que había comenzado a deformar su rostro.
Después de ejercitarse, Alexander se quitó la playera llena de sudor y se lanzó a la piscina, nado durante un rato y cuando salió se cubrió con una toalla de la cintura hacia abajo, se dirigía hacia la recámara cuando se topó con Christine y con su terapeuta al atravesar el vestíbulo, el hombre cubierto únicamente por una toalla, con el torso desnudo y cubierto de múltiples gotitas de agua, no pasó desapercibido para la terapeuta, una joven hermosa de unos veinticinco años a lo mucho, la pobre chica no midió las consecuencias de haberse atrevido a sonreírle y a mirar de arriba abajo al perfecto ejemplar masculino que tenía enfrente.
— ¿Es su hijo? — preguntó la incauta joven.
— ¡Es mi esposo, estúpida ofrecida! — gritó Christine indignada por la falta de tacto de la chica.
— No te preocupes — Dijo Alexander tratando de minimizar el asunto.
— ¿A caso te gusta ésta ramera?, ¡Si quieres lárgate con ella! Pero atente a las consecuencias, tú sabes lo que va a pasar contigo si te atreves. — Le gritó Christine— Y tú lárgate en este momento de mi casa — le gritó a la pobre chica, quien salió corriendo sin siquiera haber cobrado por sus servicios.
Era la primera vez que Christine perdía los estribos de esa manera, y la primera vez que le gritaba a la cara las cláusulas específicas del contrato matrimonial, esa fue la gota que derramó el vaso, Alexander había tratado de cumplir en todo momento su parte del trato, pero esto era demasiado, no estaba dispuesto a perder todo lo que había conseguido, si bien el consorcio Spencer era multibillonario cuando él tomó la presidencia, la fortuna se triplicó gracias a su trabajo y a su visión para los negocios, así que de ninguna manera iba a dejar a Christine para irse con las manos vacías, pero definitivamente, después de la humillación recibida, no pensaba guardarle a la mujer ninguna consideración; él era joven y necesitaba satisfacer sus deseos con una mujer también joven, que le provocara sacar a flote sus más locas fantasías.
Alexander conocía una gran cantidad de mujeres del mismo círculo social de Christine, jóvenes y bellas que en múltiples ocasiones le habían insinuado que estarían dispuestas a tener una aventura con él sin importar que estuviera casado, pero no, él no podía arriesgarse a que alguien se enterara y echara por la borda todo lo que tanto trabajo le había costado conseguir; porque si bien conquistar a Christine y casarse con ella, tal vez fue fácil, pero mantener y triplicar el patrimonio de su esposa no había sido nada sencillo y le había llevado largas e interminables horas de trabajo y estrés.
En ese momento recordó el regalo que la había hecho Enzo, la tarjeta dorada aún se encontraba en su cartera ¿Por qué no? Era su cumpleaños y merecía darse un regalo.
Christine había preparado un viaje a Aspen dónde tenían una cabaña para pasar allí el fin de semana y festejar el cumpleaños de Alexander y habían quedado en que ella viajaría primero para prepararlo todo y él llegaría un día después, puesto que tenía una reunión de negocios muy importante, así que disponía de toda la noche para viajar hacia el mar de Cortés en el helicóptero y regresar, sólo era cuestión de despistar a los múltiples espías que su paranoica esposa había puesto para vigilarlo, sobre todo a su asistente, que era incondicional de Christine y manejaba y vigilaba su agenda como un perro guardián.
Llamó a Enzo, era el único en quien podía confiar, no quería arriesgarse, era demasiado lo que podía perder y gracias a la influencia de Enzo en algunos otros de los socios urdieron el plan.
Fue la asistente del presidente de otra compañía, quien se encargó de hacer la llamada, era urgente una cena con el Presidente del consorcio Spencer-Durand para definir los detalles de una posible fusión de las empresas, fue la misma asistente quien se encargó de que el helicóptero estuviera listo a la hora indicada y de darle las coordenadas al capitán, “No se preocupe señora Christine, el señor Alexander tiene una cena de negocios muy importante fuera del país, yo misma he dado la orden para que el helicóptero esté listo y no tendrá tiempo de sentirse solo y tener malos pensamientos” Le decía orgullosa a su jefa por poder cumplir sus órdenes al pie de la letra.
Alexander estaba complacido con la ayuda de Enzo, el plan había sido magistral, nadie ni siquiera el capitán tendrían por qué enterarse de lo que era en realidad el Yate, ya que a simple vista era solo un yate gigantesco que bien podía ser propiedad de cualquiera de los socios del consorcio, así que usando la misma estrategia podría ir y venir del Paradise Cabaret, cada vez que quisiera.
Eran las nueve de la noche cuando abordó el helicóptero, su supuesta cena era a las diez y no tenía hora de término, así que quedó en llamar al capitán para que lo recogiera en cuanto se desocupara; durante el trayecto, pensaba en Christine, en lo poco que se valoraba y lo obsesionada que estaba en mantenerlo controlado, pero él era joven y se sentía insatisfecho, necesitaba desahogarse o terminaría cometiendo una locura que lo llevaría a la ruina.
En cuanto bajó del helicóptero, dos hombres lo esperaban a bordo del yate, y eso fue lo único que pudo ver el capitán, no había ninguna mujer a la vista y ningún indicio de que se tratara de un casino y un prostíbulo, el Yate era bastante grande, casi tanto como un pequeño crucero, los hombres que lo recibieron estaban vestidos elegantemente, tal como lo habría estado cualquiera de sus socios, era una excelente estrategia para disimular el verdadero giro de aquél lugar.
Los hombres eran Charly Walker el administrador y el capitán del yate, una vez que lo saludaron y le dieron la bienvenida, Charly le preguntó si era su deseo probar suerte en el casino, a lo que contestó que no, tal vez en otra ocasión, “Esta noche solo quiero relajarme” dijo, y lo condujeron directamente al cabaret.
El salón no era muy grande, contaba con cuatro o cinco mesas estratégicamente colocadas para poder ver bien el escenario, la decoración era muy sobria y elegante, contaba con un magnífico candelabro al centro, Alexander pudo ver a dos hombres más allí, agradeció que no hubiera tanta gente, sería incomodo encontrase con alguien conocido, aunque ambos estuvieran en la misma situación.
A él le asignaron la mesa principal, la tarjeta que Enzo le había obsequiado, lo denominaba como Cliente Gold preferent, que era el rango mayor que podía alcanzar cualquier cliente invitado del Paradise, un camarero le ofreció la carta en la que únicamente había bebidas Premium para los más exigentes paladares, lo cual Alexander agradeció, puesto que, en cinco años, se había acostumbrado a consumir únicamente lo mejor y más caro.
Posteriormente, el mismo camarero, una vez habiéndole servido una copa del carísimo Whisky solicitado, le entregó una tableta a manera de catálogo para que especificara el tipo de chicas que quería ver en el escenario, a lo que Alexander contestó que no era necesario.
— Únicamente voy a mirar y a elegir lo que más me agrade, no importa lo que cueste— dijo
El camarero asintió e informó la decisión del invitado, así que optaron por presentar primero a las chicas más costosas del catálogo.
Una a una las escort fueron desfilando por el escenario, bailando al compás de la música y luciendo sus jóvenes hermosos cuerpos, después de las primeras tres chicas, Alexander ya no quiso seguir mirando, llamó al camarero y solicitó que lo acompañaran la primera y la tercera esa noche quería festejar su cumpleaños, ¿Por qué no darse un regalo doble?