La Explosión
Alina ajustó el elegante vestido n***o con destellos plateados y se miró en el espejo de su pent house en París. Su reflejo la observaba fijamente, pero no era el brillo de los cristales lo que capturaba su atención. Era la sensación inquietante que recorría su espalda, el peso de una decisión que no podía sacudir. Después de ocho años de estar sola, de haberse entregado por completo a su trabajo, y a Adlen, esa noche iba a cenar con un hombre. Un empresario conocido, un hombre con el que compartía intereses similares. Un hombre que parecía interesado en algo más.
No era la primera vez que alguien se le acercaba, pero algo en él había sido diferente. Había algo en su mirada, en su forma de hablar, que despertaba en Alina una curiosidad que no podía negar. De alguna forma, esa noche sentía que podría, al menos, intentarlo. Quizás, al fin, podría dejar atrás los recuerdos de Viktor. De él. De todo lo que fue.
La puerta principal del edificio se cerró detrás de ella con un clic suave. Sus tacones resonaron en la escalinata del edificio mientras caminaba hacia el pie de ellas. El brillo de las luces de la ciudad le daba un toque de magia, como una falsa sensación de paz. Justo antes de llegar al auto, un estruendo la paralizó.
El auto del empresario explotó frente a ella con una violencia inhumana. El ruido ensordecedor, la onda expansiva, la luz cegadora que iluminó toda la calle, todo fue verdaderamente impactante para ella. El aire se impregnó de humo y polvo, y Alina quedó petrificada, la garganta se le cerró, y sus ojos quedaron fijos en los restos humeantes del vehículo. No sabía si gritar o correr.
«¿Qué está pasando?», se preguntó mentalmente mientras su cuerpo temblaba sutilmente.
—Max —susurró mientras apretaba su bolso de mano en su pecho.
El caos era absoluto. La gente gritaba, corría en todas direcciones. Algunos se acercaban al auto en llamas, mientras otros huían como si el mismo infierno los persiguiera.
Alina, aún atónita, no pudo evitar mirar los restos del auto. No podía comprender lo que sucedió. La explosión, el fuego... justo el día en el que decidió retomar su vida sentimental, le causó confusión y un temor de dimensiones insospechadas.
La policía llegó rápidamente, junto con ambulancias y otros vehículos de emergencia. Alina observó en silencio, sin mover un músculo. Su cuerpo estaba rígido, como si el miedo la hubiera convertido en una estatua. No quería pensar, no quería sentir. Pero lo hacía. Quería comprender por qué sucedió esto. No había respuestas. No cuando ella no conocía bien la vida de Maximiliam Rooter, quien acababa de desaparecer de su vida sin haber entrado.
—¿Está usted bien? —La voz de un desconocido la sacó de su trance. Un hombre se acercó con precaución, y con el rostro marcado por la preocupación. Era uno de los oficiales de policía, pero Alina ni siquiera lo miró. Su mente aún estaba atrapada en ese instante.
—Estoy bien —murmuró, casi sin poder creer que su voz aún pudiera escucharse—. No pasa nada. —Pero su mirada permaneció fija en los restos del auto, en la nube de humo que seguía flotando en el aire.
El policía intentó insistir, pero algo en el rostro de Alina lo hizo detenerse. Era evidente que no estaba bien. Nadie podría estarlo tras presenciar una tragedia como esa. Sin embargo, él no insistió, y se alejó. El silencio, en medio del caos, se apoderó de la calle.
Alina dio un paso atrás, con la mente llena de pensamientos contradictorios. ¿Por qué? ¿Por qué esa explosión? ¿Por qué sucede esto justo ahora? Se sintió desolada
Con el corazón acelerado y el aire pesado de dudas, Alina caminó lentamente de regreso a su hacia su departamento. La vida de nuevo se le desmoronaba en pedazos, como el auto que había volado en pedazos con Max adentro frente a ella. Se sentía destinada a vivir en la oscuridad, en soledad.
Alina cerró la puerta de su departamento con un golpe seco. El miedo de la explosión aún la acompañaba. Su mente estaba atrapada en ese caos, en ese momento exacto en que su vida volvió a tambalearse.
—Se… señora —la niñera apareció ante ella—. ¿Está usted bien? —le preguntó mirándola de arriba a abajo como si buscara una señal de herida.
—Sí, sí, Ann. Estoy bien —dijo y sonrió sutilmente—. ¿Y Adlen?
—En su habitación, se asomó a ver y al darse cuenta que usted estaba en la escalinata solo dijo que usted estaba a salvo, volvió a sus tareas —respondió la chica.
Le sorprendió esa reacción de su hijo, pero también sabía que era lo mejor. Si ella no podía permitir que su vida fuera arrastrada otra vez, igual debía ser con su hijo. Debía evitar los sufrimientos innecesarios.
A solas en la sala de estar, Alina se acercó al teléfono, lo tomó entre las manos. Estaba a punto de marcar un número, pero el sonido de un mensaje de texto interrumpió el silencio de la noche. Era un número desconocido, pero tan pronto como vio el mensaje, su piel se erizó.
“Sabes que no puedes escapar. Y que nunca estarás a salvo”.
Alina dejó caer el teléfono sobre la alfombra, sus manos temblando.
«¿Qué es esto?»