Sola en su enorme salón de estar, y alrededor una capa de calma disimulada que Alina intentaba inútilmente adoptar como propia, se sentó en un sillón, mirando el teléfono encendido sobre la alfombra. El mensaje retumbaba en su mente como el eco de una amenaza invisible. Alina no podía apartar los ojos del aparato, como si esperara que algo más apareciera, como si esperara alguna explicación que nunca llegaría.
La explosión aún resonaba en su cabeza, su mente trataba de encontrar sentido a lo que había sucedido, pero nada encajaba. Max. El hombre con el que había estado tan cerca, el hombre que parecía el refugio perfecto para sus cicatrices… ahora estaba muerto, consumido por el fuego.
Aún no sabía cómo procesarlo. Su corazón, acostumbrado a vivir con una carga de emociones reprimidas, le pedía a gritos una respuesta. Pero la verdad se le escapaba, como siempre lo hacía cuando intentaba aferrarse a lo que parecía ser su único respiro.
Se levantó lentamente, cruzando el salón hasta el pasillo hacía las escaleras que conducían al segundo nivel. Escuchó el sonido de las teclas de piano desde el fondo de ese nivel, la melodía suave y precisa de su hijo, Adlen Dawid, quien tomaba clases desde pequeño con una disciplina que sorprendía incluso a los mejores maestros. El niño nunca había sido como los otros, nunca se comportaba como un niño normal. De alguna manera, Alina sabía que su hijo era diferente.
Alina se asomó a la puerta del salón donde él estaba. Se encontraba sentado frente al piano, mientras sus dedos viajaban sobre las teclas. No había emoción en su rostro, ni siquiera en su música. Solo una concentración fría, calculada.
—Adlen Dawid, mi amor —lo llamó Alina suavemente—. ¿Ya terminaste de practicar?
El niño no respondió de inmediato, como si no la hubiera escuchado. Pero al final, levantó la mirada y la observó por un largo momento, sus ojos azules eran fríos, claros, que no reflejaban ni la curiosidad ni la inocencia de un niño de ocho años.
—Sí —respondió finalmente, volviendo a mirar el piano—. Mamá, ¿Cómo está el señor con el que ibas a salir esta noche?
Alina sintió un nudo en la garganta al escuchar la pregunta.
—Maximilian… —susurró, como si decir su nombre en voz alta pudiera darle algo de sentido a la tragedia—. Bueno, él… —Trató de buscar las palabras correctas, algo que pudiera suavizar la crudeza de lo que había sucedido—. Él… falleció. En la explosión.
Una pausa se instaló entre los dos. Alina trató de observar a Adlen, pero sus ojos seguían fijos en el piano, como si la noticia fuera una simple distracción en medio de su rutina.
—¿Falleció? —preguntó Adlen, sin levantar la vista—. ¿Entonces ya no estará más?
—Sí —respondió Alina con un suspiro—. Ya no estará más. Pero fue un accidente. Un… una tragedia. —Intentó que su voz sonara suave, menos dura. Quería que Adlen lo entendiera, que asimilara lo que había ocurrido, pero las palabras se sentían vacías—. No fue su culpa, ni la mía.
Adlen dejó de tocar las teclas del piano y, por fin, nuevamente levantó la vista hacia su madre. Alina se sintió atrapada en su mirada fría, en sus ojos que no mostraban ni horror ni pena, solo una calma inquietante.
—No está mal que se muera, ¿verdad, mamá? —preguntó, como si se tratara de una simple observación sobre el clima o el horario del día.
Alina sintió un escalofrío recorrer su columna vertebral. El tono de Adlen era tan plano, tan carente de emoción, que sus palabras parecieron atravesarla como cuchillos.
—No… no, cariño —respondió, buscando algo que pudiera responder a esa extraña indiferencia en el rostro de su hijo—. No está mal, pero…
Adlen la interrumpió.
—Entonces no entiendo por qué te pones triste. Si él ya no está, es porque ya no importa.
Alina tragó saliva, incapaz de articular más. Las palabras de su hijo no encajaban con lo que debería esperar de un niño de ocho años. Esa apatia por la muerte, esa calma casi aterradora, la desconcertaba.
—Es solo que… bueno, es una pérdida, Adlen. Y aunque no podamos entenderlo todo, debemos aceptarlo.
Pero Adlen no parecía entender nada. Su mirada siguió fija en su madre, sin el mínimo signo de emoción.
—No importa, mamá. Las cosas siguen, ¿no? —opinó, y con esa última frase, volvió a girar hacia el piano, sus dedos tocaban las teclas con la misma frialdad calculada, como si la tragedia de esa noche no hubiera alterado ni un ápice su mundo interior.
Alina se quedó allí, observando a su hijo, incapaz de comprender qué estaba sucediendo. ¿Por qué su hijo no se inmutaba? ¿Por qué sus ojos, esos ojos que alguna vez fueron llenos de dulzura y promesas de un futuro feliz, ahora estaban vacíos de todo sentimiento? La frialdad que mostraba Adlen no era la de un niño que había aprendido a controlar sus emociones, era la frialdad de alguien que ya no creía en la humanidad. Alina cerró los ojos por un momento, sintiendo que su corazón se hundía en un pozo sin fondo.
Un silencio pesado llenó el saón mientras Adlen seguía tocando, ajeno a la tormenta que se desataba dentro de su madre. Alina, por un instante, se preguntó si alguna vez podría conocer realmente a su hijo, si las sombras de su propio pasado estaban marcando su destino de una manera que ni siquiera ella podía prever.
El piano siguió sonando, y el sonido de las teclas, perfectamente ejecutado, resonó en el aire. Pero no había música en él, solo la fría repetición de una realidad que se desmoronaba lentamente.