La mentira de la paz

943 Palabras
Alina se dejó caer en su silla, y clavó los ojos en la pantalla de su ordenador. La luz fría de la oficina en su penthouse no hacía sino resaltar el cansancio en su rostro. La muerte de Max todavía resonaba en su cabeza, pero la confusión que la envolvía solo crecía. La explicación simple que todos le habían dado —una tragedia impulsada por celos, una explosión pasional— no encajaba. Max no estaba casado desde hacía años. ¿Por qué alguien querría matarlo? ¿Y por qué, justo cuando ella comenzaba a permitirse un destello de esperanza? La reunión que había tenido esa mañana solo había aumentado sus dudas. Un hombre que se presentó como antiguo socio de Max mencionó que el fallecido no estaba involucrado en nada “grave” o “peligroso”. Alina notó el tono extraño en su voz, fue una vacilación que no pasó desapercibida para ella. Sus palabras intentaban ofrecer consuelo, pero el trasfondo era otro: —Maximilian no tenía enemigos, nadie le hacía daño —dijo en un susurro. Alina decidió ignorar esa sensación incómoda, pero sabía que algo no cuadraba. Salió de la oficina y caminó por el pasillo hacia la cocina. Se detuvo por un momento, mirando las luces tenues de la ciudad que se filtraban por la ventana. Su mente estaba perdida en sus pensamientos cuando una voz suave la interrumpió. —¿Vas a salir otra vez a ver a alguien? La pregunta la sacó de su trance. Era Adlen, su hijo, estaba sentado en la cocina con una taza de chocolate caliente frente a él. Solo tenía ocho años, pero sus ojos, tan fríos como los de un adulto, la miraban con una intensidad que la desarmaba. —No, cariño, ya no voy a ver a nadie más —le respondió Alina, evitando su mirada—. Estoy bien así. Pero Adlen, como si fuera una observación casual, dejó la taza sobre la mesa y la miró fijamente. —No vas a dejar que un hombre destruya todo ¿verdad? Alina se tensó. —No sé de qué hablas, Adlen. La frase de su hijo la dejó descolocada. No sabía cómo responder, y por un momento, el aire en la cocina se volvió denso. Su hijo parecía entender algo que ella no comprendía. Adlen no respondió. Solo volvió a tomar su taza de chocolate, como si la conversación hubiera terminado. —Solo... no dejes que pase de nuevo, mamá —murmuró, más para sí mismo que para ella. Alina se quedó allí, observando a su hijo, sin saber cómo reaccionar. «¿Por qué esa frialdad?», pensó. Adlen nunca había mostrado interés por nada que no fuera su música o sus estudios. Y esa pregunta... esa frase, “destruir todo”, la dejó con un mal presentimiento. La atmósfera en la casa se sentía densa, como si algo invisible flotara en el aire. Al día siguiente, se reunió con una amiga de confianza, también conocida de Max. Estaba sentada frente a ella en un restaurante elegante. La amiga comenzó a hablar sobre lo que Max había sido en los últimos meses, y la frase que soltó casi la hace caer de la silla. —Max me había dicho que algo extraño estaba pasando. Recibió algunas amenazas… Pero nunca les hizo caso. Siempre decía que no tenía enemigos. Alina la miró, incapaz de articular palabras. —¿Amenazas? ¿Cuándo? —Hace un par de meses. Max decía que estaba en paz con todos, pero la verdad es que la situación cambió. Creo que no estaba diciendo toda la verdad. —La amiga bajó la voz, como si temiera que alguien más las escuchara—. Siempre me pareció raro, pero él lo tomaba a la ligera. Dijo que ya no tenía nada que perder. Las palabras de su amiga retumbaron en la cabeza de Alina. «No tenía nada que perder. ¿Qué quería decir eso?» Algo oscuro se tejía en su mente, algo que no entendía. La relación con Max había sido demasiado corta, demasiado idealizada. «¿Realmente lo conocía?» Más tarde, de vuelta en su oficina, se encontraba con su asistente, quien le entregó varios informes. Con curiosidad miró un sobre entre ellos. Alina lo abrió, y dentro encontró una fotografía. Su respiración se detuvo cuando vio una foto de ella, dormida en su cama, y al reverso, una fecha escrita a mano. “Estás siendo observada”. Alina quedó paralizada. El mensaje no solo era inquietante; era una amenaza directa. ¿Quién la estaba vigilando? ¿Por qué? Antes de que pudiera procesarlo, su asistente le habló. —¿Todo en orden, señora?” Alina no respondió. Se levantó de la silla y caminó hacia la ventana, mirando hacia la ciudad iluminada. Algo oscuro estaba acechando cerca de ella, y no podía ignorarlo. —Refuerza la seguridad de Adlen. Hazlo ahora. —Sí, señora —asintió y se dirigió hacia la puerta. Alina sintió una presión en el pecho. Cuando su asistente salió, se quedó sola, mirando al vacío. De repente, recordó la conversación extraña con Adlen. Las palabras de su hijo resonaban en su cabeza. «¿Qué quiso decir?» Justo cuando se estaba preguntando esto, afuera su asistente habló en voz baja por teléfono en el pasillo. —Sí, la notificación fue recibida. Todo está en marcha. Necesitaré más material de trabajo. Esta noche estaré allí, todo según lo planeado. —Te espero sin falta. No quiero errores. Sabes que se pagan… caros. El sonido de la voz al otro lado de la línea era de alguien realmente de temer: Viktor.
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