Alina no podía dejar de mirar el mensaje. La foto de ella misma, dormida en su cama, era reciente, una amenaza clara.
«¿Quién ha tenido acceso a algo tan privado?», se preguntaba una y otra vez.
Cada vez que intentaba darle una explicación lógica, su mente se revelaba contra ella. El sentimiento de ser observada la envolvía, era una sensación de claustrofobia invisible que no podía sacudirse.
Se levantó de la silla, caminó de un lado a otro, sintiendo la presión de la ansiedad en su pecho. El aire acondicionado, normalmente tan tranquilizador, ahora le parecía cortante. No podía soportar la idea de que alguien estuviera vigilando cada uno de sus pasos. El saber que algo grande y oscuro la acechaba, la desestabilizaba.
En algún lugar oscuro, el teléfono vibró sobre la mesa de madera oscura. La llamada provenía de Kariela, la asistente de Alina, alguien a quien Viktor había sabido manipular cuidadosamente, asegurándose de que estuviera en el lugar y el momento adecuado. Viktor contestó.
—¿Estás aquí? —preguntó con voz suave, pero cargada de una amenaza tácita.
La asistente, desde el otro lado de la línea, respondió con la misma calma calculada, casi como si ya estuviera acostumbrada a la relación de control que Viktor había establecido entre ellos.
—Sí, señor.
Viktor se recostó en su silla, mirando por la ventana la oscuridad de la noche. En su mente, el recuerdo de Alina seguía ardiendo, tan nítido como el primer día en que la vio.
—Perfecto —dijo, y la asistente podía escuchar en su tono que si estaba allí era porque tenía algo relevante. Sabía que Viktor no se conformaba con solo "tener lo necesario". Siempre quería más—. Sube.
Transcurrieron unos minutos cuando Boris ingresó al tercer nivel de la casa de Viktor.
—Señor…
—Déjala pasar.
Boris se hizo a un lado y pasó a una mujer de piel blanca, cabello castaño y corto los hombros, rostro ovalado, mirada fría.
—Tienes diez minutos —le dijo Viktor.
—Señor —comenzó la mujer sin mostrar temor ni exceso de confianza—, el mensaje fue recibido con el efecto esperado, aunque físicamente la señora no mostró mayor emoción, estaba perturbada, pidió que reforzar la seguridad de Adlen Dawid, los hombres deberán estar disponibles de inmediato, aunado a ello, la señora recibió una propuesta para participar en el festival de verano de la moda de París, temo que rechace participar.
—¿Qué te hace pensar eso? —preguntó Viktor mirándola con desconfianza.
—La veo deprimida desde el deceso del empresario.
Escuchar esto le revolvió los demonios a Viktor. Si se deshizo de Maximiliam Rooter fue precisamente porque no quería que nada ni nadie más ocupara su mente ni sus emociones. Se paró con rabia del sillón y dio un golpe seco en la superficie de la mesa. Kariela ni se inmutó.
—Necesito que sigas vigilando a Alina de cerca. Asegúrate de que no respire ni piense en nada más que en el trabajo y Adlen. No quiero errores, ¿me entiendes?
—Sí, señor —respondió ella sin titubear.
—Presiónala para que asista a ese desfile, estaré cerca. Habla con Boris para que mande contigo a los hombres ahora mismo. Cualquier detalle por más mínimo, me informas.
Viktor le señaló la salida.
Así como a ella, tenía a su alcance a la mayoría de los empleados de la empresa de Alina, había instalado sus ojos en cada rincón, sin que ella sospechara. El mundo de Alina estaba construido sobre mentiras, y Viktor estaba en el centro de todo.
Su pensamiento constante era que ella merecía estar sola como él, sufrir por todo y desconfiar de todo.
—Todos tenemos lo que merecemos en esta maldita vida —gruñó y tomó el vaso para tomarse el resto del coñac.
El recuerdo del pasado lo atormentaba siempre.
Inicio del Flashback:
Esa noche, en la que todo cambió, Viktor estaba sangrando, no solo por la herida en su estómago, sino por la herida en su corazón. El eco del disparo aún resonaba en sus oídos, mientras él y Boris trataban de escapar. El sonido de las sirenas, tan cercanas, los perseguía.
Boris, siempre leal y dispuesto a hacer lo necesario, se detuvo en medio de la huida.
—¿Mando a buscarla? —preguntó Boris con voz llena de una fría determinación—. Si usted da la orden, la mato ahora mismo.
Viktor lo miró fijamente. La traición de Alina estaba fresca en su mente. Ella le había disparado, le había mostrado que era capaz de todo sin dudar. El dolor era insoportable. Pero el amor, esa sensación aterradora que nunca había sentido por nadie y que no pudo evadir, lo mantenía prisionero. La verdad era que no podía dejarla ir tan fácilmente.
—No —dijo Viktor con la voz rota.
Boris lo miró sin comprender, su lealtad era tan profunda que no cuestionaba sus órdenes, pero esta vez era diferente. Había algo más humano en la respuesta de Viktor.
—¿Por qué? Ella lo traicionó.
Viktor apretó los dientes, sintiendo cómo el dolor se mezclaba con la furia. Lo que más lo atormentaba no era el dolor físico, sino el emocional. Alina había sido su vida, su luz, y ella lo quería muerto. La herida era más profunda que cualquier bala.
—Déjala vivir —ordenó Viktor, como si sus palabras pudieran borrar la realidad—. Lleva a mi hijo dentro de ella. Solo asegúrate de que no esté sola. No quiero que se me escape.
Boris asintió.
En el presente:
Viktor volvió a mirar por la ventana, perdiéndose en sus propios pensamientos. La traición de Alina, el disparo, todo lo que había sufrido por ella, no era algo que pudiera dejar ir. A pesar de que habían pasado años, el resentimiento seguía fresco, ardiendo como un fuego que nunca se extinguiría. El hecho de que ella intentara rehacer su vida con otro hombre era algo que no podía tolerar. No podía soportar que ella siguiera adelante cuando él había permanecido atrapado en su propio infierno, buscando un sentido que ya no encontraba.