Asustada por lo que escuchaba, corrió hacia el salón. El sonido suave de las teclas del piano llenaba el penthouse. Alina observó a Adlen desde la puerta, su hijo estaba ahí sentado, ajeno a todo lo que había ocurrido la noche anterior.
«¿Cómo llegó aquí? ¿Cómo podía estar tan tranquilo?», se preguntó observándolo incrédula.
La angustia de no saber dónde había estado, de no entender cómo había llegado a casa, y peor aún de cómo escapado de la estricta vigilancia de sus escoltas, le pesaba en el pecho como una losa.
—¿Dónde estabas? —le preguntó Alina con la voz cargada de inquietud, mientras se acuclillaba frente a él, incapaz de ocultar la desesperación. Estaba vestida aún con lo que había usado la noche anterior, y ojerosa, la culpa la invadía al pensar en todo lo que había pasado, o le pudo haber pasado, pero ahora la única preocupación era la inexplicable aparición y la calma de su hijo.
Adlen levantó la mirada solo por un instante, sus ojos fríos se cruzaron con los de ella antes de volver a centrarse en las teclas del piano.
—Dime algo, hijo —Alden se mostraba distraído—. ¿No podrías haberme avisado? —continuó Alina, abrazandolo. El contraste entre su ansiedad y la calma helada de Adlen la desconcertaba aún más.
—No tengo la culpa de que no me dejes usar el teléfono móvil fuera de tu supervisión —respondió él con indiferencia mientras sus dedos se movían sobre las teclas con una destreza que parecía ir más allá de su edad. Era como si nada de lo que había pasado importara. Como si la desaparición de toda la noche no tuviera ningún impacto en él. Su tono era plano, sin rastro de arrepentimiento, perturbación o incluso de emoción.
Alina se quedó quieta, mientras él se concentró en la nota musical, el sonido del piano parecía llenar la estancia, amplificando el silencio que había entre ellos.
«¿Cómo podía hablar así?», se preguntó sorprendida por la actitud de Adelen Dawid.
—Los escoltas… ¿no te dijeron que no te alejaras? —su voz tembló un poco, pero no quería que él lo notara. Estaba al borde de la incredulidad.
Adlen levantó los hombros, como si la pregunta fuera absurda.
—¿Qué querías que hiciera? —su respuesta, tan fría, la dejó sin palabras—. He estado bajo su supervisión todo el tiempo. No es mi culpa que no revisaran bien el instituto. Yo me quedé dormido en una mesa del salón de ciencias, y cuando desperté, ya era demasiado tarde para regresar.
Alina tragó saliva, intentando procesar lo que acababa de escuchar.
«¿Se había quedado dormido en una mesa durante horas, sin preocupación alguna por sentirse abandonado?»
Un niño de su edad, solo en un lugar desierto, sin miedo, sin ningún indicio de angustia… Eso no encajaba. No podía comprender cómo Adlen Dawid podía ser tan distante, tan indiferente ante lo que sucedía. Ella había pasado toda la noche sin dormir, imaginando lo peor, sin embargo, su hijo estaba ahí, como si nada.
«¿Qué está pasando con mi hijo?»
La tensión entre ellos aumentaba día a día, y esto la elevó, y aunque Adlen Dawid no mostraba emoción alguna, su presencia parecía envolver la habitación con algo más oscuro. Alina frunció el ceño.
—¿Y qué hay de la foto? —dijo, sin poder callar la pregunta que la atormentaba. La imagen que había recibido la noche anterior, donde Adlen Dawid estaba sentado en una extraña mansión, tan tranquilo como siempre, jugando con una pelota. La sensación de terror y desconcierto la seguía persiguiendo, y tenía que saber la verdad.
Adlen dejó de tocar por un momento, y su rostro permaneció impasible.
—¿La foto? —repitió, sin cambiar su tono—. ¿Cuál foto?
Alina apretó los labios, la incertidumbre se apoderó de su mente. «
«¿Qué está pasando?» se preguntó mirándolo angustiada.
Adlen Dawid no dejó ver ni la más mínima reacción ante lo que ella le estaba preguntando, ni su evidente angustia
«¿O es que no quiere hablar de ello ahora?»
—Me preocupas, hijo. —Alina estaba al borde de la desesperación, la incomodidad en su pecho se transformó en una ansiedad que la hacía sentir vulnerable, insegura.
Adlen Dawid la miró un segundo, pero nada cambió en su expresión. Se levantó lentamente del piano, como si no tuviera prisa. Caminó hacia la ventana, con una calma desconcertante.
—No te preocupes. Solo me quedé dormido, mamá. Ya está todo bien. —Su voz, sin ningún atisbo de arrepentimiento, la dejó aún más desconcertada. Alina no entendía cómo podía ser tan ajeno a todo lo que ella sentía.
La indiferencia de Adlen se sentía como una barrera impenetrable. ¿Por qué no le importaba? ¿Cómo podía ser tan frío y distante? Cada palabra de él parecía agravar la situación, aumentar la confusión en el corazón de Alina.
«¿Será que mi hijo está pasando por algo que no entiende?», se preguntó sintiendo culpa.
se puso de pie y llamó a Lauri.
El hombre al entrar y ver a Adlen Dawid parado frente al ventanal mostró actitud de confusión.
—Exige revisar las cámaras del instituto. —Le ordenó Alina intentando tomar el control de la situación, pero su mente estaba llena de sombras, sin saber cómo interpretar lo que veía. No sabía qué pensar, ni qué hacer con todo lo que estaba ocurriendo.
Adlen la observó de reojo, pero no dijo nada más. Sus ojos vacíos se dirigieron de nuevo hacia el piano, como si estuviera completamente desconectado de todo lo que ocurría a su alrededor.
—Hazlo si quieres. Pero no fue mi culpa. —Con una simple frase, Adlen Dawid se deshizo de la carga de la culpa, como si nada de esto fuera relevante para él.
Alina no pudo más.
«¡¿Qué estaba pasando?!»
Antes de que pudiera continuar con más preguntas, su teléfono vibró, rompiendo el silencio. Un mensaje de su asistente.
Con manos temblorosas, Alina lo leyó en voz baja, sin entender del todo el contenido.
“Señora, Alina… el asistente del empresario Coldwell está esperando instrucciones. Ya está todo listo, pero necesito saber si va a proceder. Dijo que ya había hablado con usted”.
Alina, alzó la vista, buscando respuestas en los ojos de Adlen Dawid, pero solo encontró un vacío insondable. El mensaje de su asistente la dejó fría. ¿Quién estaba esperando instrucciones? ¿Quién es Coldwell? y ¿qué significaba eso?
La incertidumbre creció con cada segundo que pasaba, y Alina no podía dejar de pensar en lo que había sucedido durante la noche, ni en la imagen que aún rondaba su mente.
El teléfono vibró nuevamente. Era una llamada y de un número desconocido. La llamada llegó justo cuando su corazón se detuvo.
¿Quién era?