La ausencia que grita

962 Palabras
Después del viaje por tierra, que pese a no ser largo, lo sintió pesado, Alina cerró los ojos por un instante, intentando aferrarse a la calma. La presión que sentía en el pecho la estaba ahogando. Después de regresar del desfile, la imagen de las sombras de lo que creyó ver, a Viktor, la ha perseguido como una pesadilla de la que no podía escapar. «¿Por qué me siento tan vulnerable?» No era solo el miedo a lo desconocido, a las rosas negras que le habían sido entregadas como un mensaje cruel. Era algo más profundo, algo que la desgarraba desde dentro. era la incertidumbre de no saber ¿Quién la estaba observando? y, ¿por qué sentía que todo lo que había construido, toda la paz que había logrado, se estaba desmoronando con cada segundo que pasaba? Alina caminó hacia la ventana de su oficina. París brillaba en la distancia, pero su vista estaba nublada por el miedo que la embargaba. Había algo en la atmósfera, algo que no podía explicar. Alguien la estaba acechando, y ni siquiera podía identificar la fuente. Aun así, el dolor más grande era saber que, de alguna forma, estaba perdiendo el control. De repente, el sonido de una llamada interrumpió sus pensamientos. Al principio, no quiso contestar. ¿Qué más podía hacer? Lauri, su brazo derecho entre los escoltas, encargado de la seguridad de Adlen Dawid, pero algo instintivo la obligó a descolgar la llamada. —Señora, Alina… —La voz de Lauri se escuchó tensa, rasposa—. No encontramos a Adlen. El frío recorrió su espina dorsal, y un nudo se formó en su garganta. —¿Qué quieres decir con "no lo encontramos"? —preguntó con voz vacilante, pero intentando mantener la compostura. —No está en ningún lugar en las instalaciones del instituto… No está en ninguna parte. —La voz de Lauri se cortó, y Alina pudo escuchar el ligero eco del pánico que se desbordaba en su tono. El tiempo pareció ralentizarse. Sus manos temblaron mientras dejaba caer el teléfono sobre su escritorio. «¡Adlen!». pensó. —Lauri, ¡búscalo! —gritó sintiendo como el miedo comenzaba a desgarrar su ser—. ¡De inmediato! Adlen no podía haberse ido. No podía. La idea de que su hijo estuviera fuera de su alcance la sumió en un abismo de desesperación. Nadie podía entrar dentro del círculo de protección que había diseñado sin que ella lo supiera. Debía ser así. Nadie podía desaparecer sin dejar rastro. Se levantó de un salto, salió hacía la sala, el sonido de sus tacones resonaron en el pasillo mientras corría hacia el salón donde Adlen solía estar. Nada. No encontró nada más que vacío. El penthouse, siempre impregnado del sonido de las melodías suaves de Adlen al piano, ahora era un mausoleo en silencio. Un terror frío la invadió, y por un momento, se sintió impotente, como si todo lo que había hecho por protegerlo hubiera sido inútil. Las horas pasaban y las búsquedas continuaban, pero no había rastro de él. Mientras la noche caía sobre París, una oleada de pánico la invadió. El reloj marcaba el paso del tiempo, y la ansiedad se apoderaba de cada parte de su cuerpo. —¿Por qué? ¿Cómo pudo desaparecer tan fácilmente? En ese instante, un mensaje apareció en su teléfono. Lo miró, incapaz de moverse. "Él está a salvo, por ahora. Pero no podrás protegerlo siempre, Alina. Él no es tu posesión. Todo lo que amas puede desmoronarse. No involucres a las autoridades". Las palabras se clavaron en su pecho como dagas. "Él no es tu posesión..." —¡¿Qué está pasando?! —susurró Su respiración se hizo irregular, y un estremecimiento la recorrió de arriba a abajo. Alguien estaba jugando con ella. Alguien la estaba arrastrando hacia una oscuridad de la que no podía salir. La puerta se abrió lentamente, y Lauri apareció, respirando con dificultad. —No está en los alrededores. Hemos revisado todo. —Sus palabras no tenían fuerza, pero había algo en su tono que hizo que Alina levantara la cabeza—. Pero encontré algo. —¿Qué encontraste? —preguntó en un susurro. Lauri entregó una foto. Alina la tomó con las manos temblorosas. Adlen. Estaba sentado en una silla, jugando con una pelota. La escena parecía… extraña. Algo no encajaba. Estaba demasiado tranquilo, demasiado… indiferente. Pero lo que más la desconcertó fue el lugar donde estaba: un lugar que vislumbraba lujos. —¿Qué es esto? —preguntó a Lauri mirándolo con incredulidad. —Eso es todo lo que encontramos. —Lauri tragó saliva, una sombra de miedo cruzando su rostro—. No sé qué está pasando, señora. Su mente se aceleró, algo no estaba bien. El lugar al que Adlen había sido llevado parecía… familiar y él parecía ¿cómodo? Se sintió frustrada. ¿Quién podía tener tanto poder para hacer desaparecer a un niño de esa manera? —Dígame ¿qué hacemos? Llamaré a las autoridades —dijo Lauri. —No, no, no lo hagas, lo pondrás en riesgo —le dijo desesperada—. Aún es reciente, creo que exigen que pasen 72 horas, y quien lo tiene me advirtió que no los involucre. No sé qué hacer, mi hijo es tan frágil… él no conoce la maldad del mundo. Aunque no rompió en llanto como lo haría cualquier madre común. Alina en medio de la postura fría e inquebrantable que mostraba se estaba rompiendo por dentro. Sintió las piernas fallarle y su estómago explotar por la tensión y el dolor de imaginar a su hijo perdido. Sus ojos estaban humedecidos y rojos inyectados de sangre por el dolor que se acumulaba ante su negación de dejarse doblegar.
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