Londres (Reino Unido)
Savannah
Hacía un mes de la muerte de mis padres. Un mes donde mi vida había cambiado por completo. Un mes donde tuve que dejar atrás todo lo conocido para mudarme a otro país con un hombre a quien tampoco conocía. Aún recuerdo ese día donde todo cambió, ese día donde la policía fue a buscarme al colegio para darme la peor noticia de mi vida. En un segundo me había quedado sin padres y cuando creía que el dolor era desgarrador también me dicen que mi madre estaba embarazada de un bebé que llevaba años pidiéndole.
— Savannah, llevamos casi tres semanas viéndote cada tres días y creo que no hemos avanzado nada. Si pudieras hablar, todo sería mejor. —lo entendía. La terapeuta se estaba cansando, hablar conmigo era como hacerlo con una pared. No es que no pudiera hablar. Cuando estaba sola hablaba con mis padres, o por lo menos le gritaba. Estaba enfadada con ellos por dejarme. Le gritaba a pesar de saber que ya no estaban. Quizás algún día podría compartir el dolor, pero de momento sentía que era muy mío y no quería compartirlo con nadie, no era capaz de decirle a un extraño el dolor desgarrador que tenía en el alma.
— Savannah… entiendo por lo que estás pasando, lo entiendo perfectamente, pero debes sacarlo para que deje de doler. — ¿sacarlo para que deje de doler? Como se notaba que esa mujer nunca había perdido a las únicas personas que tenía en su vida—. Grita, llora, pégale a algo, no te puedes quedar detenida en aquel momento.
La miré a los ojos, quería que viera en ellos mi dolor. Quería que entendiera que no quería compartirlo con nadie. Quería que entendiera que en aquel momento todo se terminó para mí.
—Bueno, hemos terminado —dijo después de un rato sin ninguna de las dos decir una palabra —. Te veo la semana que viene. —salí de la consulta aliviada, fuera estaba esperándome James, mi tutor, o lo que fuera, todos me dijeron que era el mejor amigo de mis padres, pero ellos nunca lo mencionaron delante de mí, por eso él también era un desconocido. Cuando James me vio salir entró a la consulta. Imaginé que quería que la terapeuta le informara del avance, uno que no había y quizás nunca lo habrá.
—Me ha dicho la terapeuta que hoy tampoco has cooperado. —James, al igual que la terapeuta, también perdía el tiempo hablándome, por más que yo lo ignorara, nunca dejaba de hacerlo.
—Tienes que hablar Savannah. Tienes que enfadarte. Tienes que gritar. Tienes que correr como si el mundo se fuera a acabar, porque solo así el dolor no te quemará tanto. —me dieron ganas de preguntarle que sabía él acerca del dolor, pero no lo hice, por lo menos tenía su compañía y en el mes que llevábamos conviviendo juntos se había portado muy bien, era casi un padre, pero el que tuve nadie lo podrá reemplazar jamás. Mi padre era el mejor de todos, era un ser de luz, con esa mirada limpia que llenaba el alma. Mis ojos se llenaron de lágrimas al recordarlo.
—Llora, eso también te hace bien. Ahora debemos volver a la secundaria, debes ponerte al día, has perdido mucha clase. —no dije nada. En el asiento de atrás estaba mi mochila, James pedía un permiso especial cada vez que tenía que llevarme al terapeuta. En cuanto llegamos a Londres, lo primero que hizo fue inscribirme en la escuela secundaria LONDON BOROUGH OF CAMDEN, y en ella intentaba adaptarme, pero en mi situación, el cambio era muy complicado, a pesar de que todos me apoyaban, muchas veces me llenaba de rabia, porque sentía ese apoyo como lástima y nunca me ha gustado ese sentimiento.
El cambio había sido brusco, me encantaba mi ciudad, mi casa, mi colegio, Georgia, fue la ciudad donde nací y donde viví con mis padres hasta hace un mes, allí era feliz. Camden, también es una ciudad preciosa, tiene como atracción principal, museos, parques y mercados callejeros, pero yo llevo lo americano en mis venas y si fuera por decisión propia jamás me hubiese ido. Algún día volveré, en cuanto cumpla la mayoría de edad, seré libre y podré estar más cerca de mis padres y de mi hermanito.
— ¿En qué piensas? —preguntó James cuando regresábamos del colegio de vuelta a la casa—. Ya sé que no me contestará, pero sí escuchas. Sé también, que analizas todo lo que te digo, quizás haya perdido el habla, pero no la cordura. —ni siquiera me inmuté. Él siguió hablando.
—Tus profesores me han dicho que no cooperas, si no lo haces repetirás el año, entonces, siendo así, no tiene sentido que sigas yendo—dejó de mirar la carretera para mirarme —. ¿Así es como quieres que tus padres se sientan orgullosos de ti? —mis ojos se llenaron de lágrimas al saber que les estaba fallando, pero, ellos también me habían fallado al dejarme sola. Me lo prometieron, prometieron que siempre cuidarían de mí y no lo cumplieron.
Cuando llegamos al apartamento donde vivía con James, corrí a mi habitación y cerré con seguro, no quería que siguiera reclamándome.
Sabía que llevaba razón en todo lo que me decía, pero él no estaba en mi lugar, no se imaginaba como me sentía. Esa noche escribí una nota y se la metí por debajo de la puerta de su habitación, a pesar de lo que estaba viviendo no quería dejar de ir al colegio.
Lo siento. Lo voy a intentar en el colegio. No prometo nada.
A la mañana siguiente, cuando nos dirigíamos de nuevo al colegio, James no hizo ninguna mención de la nota, seguimos con la misma rutina, me dejaba en el colegio y luego se iba a su estudio de arquitectura, luego me recogía y se quedaba trabajando en casa. Yo dedicaba mi tiempo en canalizar el dolor, recordando todas las cosas que hice con mis padres y en las tareas del colegio. Así iban pasando los días y poco a poco aceptaba que mis padres no estaban, que no volverían.
Lo peor era las noches, venían los recuerdos, la soledad, las pesadillas, las ganas de volver atrás, a ese último momento donde vi a mis padres llenos de vida y era cuando el dolor se hacía insoportable.
— Savannah, despierta, estoy aquí, todo va a estar bien. —cuando escuchaba su voz me tranquilizaba y volvía a dormirme, a la mañana siguiente ninguno de los dos mencionaba la pesadilla. Cuando me calmaba, James volvía a su habitación, pero una de esas noches se quedó sentado en la silla del escritorio que tenía al lado de mi cama.
—Conocí a tu madre cuando tenía veinticuatro años y ella veinte, fuimos novios, yo la quise muchísimo, pero ella eligió a tu padre. No se parece en nada a tu pérdida, pero así es como lo sentí en ese momento. Me dolió tanto que decidí cambiar de país, por eso me vine a Londres, con un título debajo del brazo y un montón de sueños.
Escuchar esa confesión fue una sorpresa para mí, no sabía esa historia y quería saber más, pero nunca se lo pedí, cada vez que tenía pesadillas él iba a mi habitación y antes de irse me contaba un poquito de su relación con mis padres, de esa manera aprendí a querer a James, casi como una figura paterna.
—Me sorprendí mucho cuando me dejaron a cargo de tu cuidado si algo les pasaba, pero ahora ya no lo hago, lo entiendo, a pesar de todo fuimos amigos, casi hermanos y ni siquiera el amor de una mujer rompería esa amistad, lástima que lo entendí demasiado tarde, pero él no, él siempre lo tuvo claro, tanto así, que sabía todo de mí, mientras que yo me olvidé de ellos o al menos lo intenté.
De esa manera conocí más a James y su relación con mis padres. Nunca le dije nada, nunca hablamos de ello en otro contexto. Él pensaba que yo dormía y que no escuchaba nada de su historia. Las veces que se quedaba y empezaba a narrarla, creo que lo único que le interesaba era expresarlo en voz alta, dejarla salir, el que yo escuchara o no, le daba igual.
Era primavera y el buen tiempo se agradecía, después de tantos meses de frío. Frente al edificio de apartamentos donde vivíamos había un parque muy grande, era normal ver familias compartiendo con sus hijos, parejas e incluso, muchas personas se acostaban en el césped acompañado de sus libros. Algunas tardes después de colegio yo bajaba con mi mochila y realizaba algunos deberes. La tranquilidad junto con la brisa que venía del lago cercano hacía un ambiente agradable y familiar.
Una tarde, cuando salía del edificio, me topé con un chico, llevaba una chaqueta de cuero, un casco de moto en las manos y una mirada penetrante. Nos miramos por unos segundos, él sostuvo la mirada, pero yo la bajé. Seguí caminando y sentí un cosquilleo en mi espalda, como si tuviera sus ojos clavados en ella.
Fue la primera vez que mi cuerpo descubrió como era que alguien te gustara. No lo he visto nunca más, pero su mirada se quedó grabada en mi cerebro. Después de ese día, muchas veces bajaba al parque a ver si tenía la suerte de verlo de nuevo, pero nunca sucedió