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3045 Palabras
36            –Nene, tengo mucha sed… –le dijo Mónica a Esteban. Se encontraban sentados al borde de la carretera, veinte metros adelante de donde estaba el bus, protegiéndose del sol del mediodía bajo las ramas de un frondoso árbol. La temperatura había subido bastante y la falta de alimento y bebida estaba empezando a afectar a algunos miembros del grupo.      –Monina, yo estoy que arranco para la tal tienda esa a traerte algo.      –No, amor, dicen que ya casi van a dar paso, y esa casita está muy lejos, además seguramente ya vendieron todo lo que tenían a los carros que quedaron  trancados más cerca de ellos.      –Es que no soporto verte mal…      –Tranquilo, nene,  no me va a pasar nada, igual cuando estuve encerrada en ese cuarto… también hubo muchos días en que me dio sed o hambre… y no podía hacer nada… –dijo Mónica haciendo una mueca con los labios.      ––¿Y no les decías que te dieran algo?          ––La primera vez sí les dije, me puse a golpear en la puerta y como a los tres minutos la vieja esa abrió y cuando le dije que tenía sed, que me regalara un vaso de agua, me respondió que eso no era un hotel cinco estrellas y me cerró la puerta en la cara –dijo Mónica.      ––Vieja hijuemadre… ––dijo Esteban poniéndose de pie y empezando a dar vueltas alrededor del árbol.      –Siéntate que te vas a marear.      –Es que ya me está entrando el desespero –dijo Esteban.      –Nene, así te va a dar más calor y vas a perder más fuerza.      –No sé cómo vamos a tocar así esta noche…      – ¿Nunca había pasado algo así?      –Para nada, apenas es la segunda vez que salimos de Bogotá.      –Yo sé, nene, ¿pero nunca tuvieron algún contratiempo grande antes de un concierto?      –Cosas pequeñas, Monina, que alguien llegaba quince minutos tarde por un trancón o algo, pero nada como esto.      Esteban se quedó mirando una casita que se veía a lo lejos, en la parte baja de la montaña.      – ¿Cuánto podrá haber de aquí a esa casa? –le preguntó a su novia mientras señalaba la casita con el dedo.      –Tendrías que atravesar todos esos potreros para llegar allá –dijo Mónica mientras miraba el sitio que su novio le estaba señalando–, no ves que queda en el medio de la nada.      –De pronto allá si tienen comida y bebida…      –Pero mira que ninguna carretera llega hasta allá… Quién sabe cómo harán para llevar las cosas, supongo que en burro o algo así.      –O caminando, y se evitan todos estos trancones.      –De pronto así era el sitio donde me tenían… claro que con alguna carreterita destapada que llegaba hasta ahí –dijo Mónica mirando a lo lejos.      – ¿Y con este mismo clima?      –Sí, de pronto un poco más caliente, igual allá abajo dónde está esa casita debe hacer más calor que aquí.      –Sí, mi Monina –dijo Esteban sentándose de nuevo al lado de su novia–, al menos ya estás un poquito más acostumbrada a este calor…      –Tan chistoso –dijo Mónica arrugando la nariz–, no sé porque me vine de jean con este calor… menos mal me puse estas sandalias…      –Y que tienes blusa blanca que eso aleja el calor.      – ¡Uy, sí!, te imaginas uno por aquí de n***o…      –Pues así andan Arturo y Juan Carlos –dijo Esteban.      –Ah, pero es que ellos nunca se ponen ningún otro color.      –Hola, niños –escucharon que decía Patricia, quien venía caminando en dirección hacia ellos.      –Hola, Pati, –saludó Mónica.      – ¿Cómo va la causa? –dijo Esteban.      –Cansada de esperar, cansada de todo, con hambre, con un poquito de sed.      –No me hables de tener sed –dijo Mónica.      – ¿Por aquí no habrá algún río o una quebrada? –preguntó Patricia mientras se sentaba en el piso al lado de sus amigos.      –De pronto abajo por ese cañón que se ve ahí, aunque no se escucha ruido de agua –dijo Esteban mientras señalaba una fuerte depresión que nacía a pocos metros de donde se encontraban sentados.      –Deberíamos tratar de bajar y mirar –dijo Mónica torciendo la boca.      –Suena bien ese plan, barbie mediterránea, ¿vamos? –dijo Patricia.      –Yo eso lo veo como muy empinado –dijo Esteban.      –Solo es bajar con cuidado –dijo Mónica.      –Entonces espérense yo le aviso a Arturo que vamos a bajar, ya vuelvo –dijo Esteban mientras se ponía de pie y se dirigía hacia donde estaba el director del grupo.      Mónica y Patricia se pusieron de pie y se acercaron al borde de la depresión. Miraron hacia abajo como tratando de medir el grado de dificultad que encontrarían al descender.      –No se ve tan difícil –dijo Mónica.      –Tocará recordar mis épocas de girl scout.      –Seguro… oye, ¿y Andrés sigue de mal genio?      –Sí, qué embarrada… Se la ha pasado todo el día hablando con Sergio o con Sandra.      – ¿En serio?      –Sí, allá feliz, toteado de la risa con la aprendiz de rasta.      –Sí –rio Mónica–, solo le falta hacerse los dread locks… Pero ella es muy querida, me cae súper.      – Sí… es buena gente, pero Andrés con ella si está perdiendo el tiempo –dijo Patricia con una leve sonrisa.      – ¿Eso crees?, ¿por qué lo dices?      – ¿Es que no te das cuenta?      – ¿Cuenta de qué? –preguntó Mónica mirando a su amiga directo a los ojos.      – ¿Cómo te lo explicara…? A tú querida amiga Sandra… parece que no le gustan los hombres…      – ¿En serio? –dijo Mónica poniéndose la mano encima de la boca.      –Sí, señorita…      – ¿Y quién te dijo eso?      –Nadie, pero si tú te fijas te das cuenta…      –Mmmm, mira que yo no he visto nada raro.      – ¿No has visto cómo se tratan con Adriana?      –Pues como buenas amigas… Ella fue la que la trajo al grupo.      –Si hubieras llegado temprano a la audición te la habrías pillado –dijo Patricia volteando a mirar hacia donde estaba el bus.      – ¿Entonces tú quieres decir que Adriana también es rara?      –No estoy segura de Adriana, pero a Sandrita sí se le nota.      –Yo sinceramente no creo que Adriana lo sea, si está que se muere por mi nene…      –Es verdad, y además yo la he visto coqueteando con otros tipos del grupo, claro que nunca ha salido con ninguno…      –O podría ser de los dos bandos –dijo Mónica con una sonrisa maliciosa.      –También, casos se han visto…      –No sé qué pensar, por un lado eso me tranquiliza un poco, pero al mismo tiempo una persona así, a la larga puede ser como más peligrosa.      – ¿Peligrosa? –preguntó Patricia.      –No peligrosa de empezar a repartir cuchillo –dijo Mónica riendo–, pero de ser una persona como con más mañas, como esas que se las saben todas…      –Puede ser, puede ser… Toca es estar atentas, y que tú cuides mucho a tu noviecillo.      –Yo lo cuido muchísimo –dijo Mónica con una sonrisa.      –Sí, es que no se puede dar papaya…      En ese momento vieron que Esteban se acercaba a ellas.      – ¿Qué dijo Arturo?, mi nene.      –Que mejor esperemos porque dice que ya van a ser las doce y media y que según el policía que pasó esta mañana, se supone que a esa hora ya dan paso –dijo Esteban.      Patricia, con expresión de desaprobación se volvió a sentar, esta vez sobre el pasto que precedía el comienzo de la depresión de la montaña.      –Entonces esperemos que así sea, porque esto ya se está complicando, se aproxima la deshidratación  –dijo Mónica acostándose en el pasto al lado de su amiga.        Pasaron varios minutos antes de que Arturo lograra comunicarse nuevamente con Lina María. Aunque tenía la frecuencia correcta, las horas del medio día no eran las mejores para las ondas hertzianas. Carlos Mario y todos los miembros del comité rodeaban al director a la espera de nuevas noticias, mientras en el resto del bus la mayoría de sus ocupantes dormitaban o escuchaban música a través de sus audífonos. Adriana, a través del parabrisas del bus, observaba a Mónica que, acostada en el pasto al lado de Patricia, tenía las manos puestas sobre la cara para protegerse del fuerte sol que caía. Pensó que si la situación no se componía, algunos de los miembros del grupo no iban a estar en condiciones de ni siquiera subir la escalerilla del escenario. Llevaban más de cinco horas en ese trancón, la última comida, con excepción de los chitos y la gaseosa a los que habían podido acceder algunos pocos, había sido hace más de trece horas, y para empeorar las cosas, la temperatura, según el termómetro que tenía don Antonio en el bus, estaba por encima de los treinta y dos grados. Ella se sentía todavía con mucha energía, pero se daba cuenta de que más de la mitad de sus compañeros ya no se encontraban en muy buenas condiciones. Si en realidad no daban paso en la siguiente media hora, iban a tener que  pensar seriamente en tratar de devolverse hasta encontrar un lugar en donde pudieran comer y beber algo.        –Aquí Lina María…      –Hola Lina, soy Arturo de Los Cuarenta, nuevamente.      –Señor Arturo, ¿cómo está?, ¿ya les dieron paso?      –No, Lina, seguimos aquí trancados, pero cuéntame, ¿te lograste comunicar con el señor Rodolfo?      –Sí, señor, lo alcancé a agarrar en el hotel antes de que saliera para la plaza de toros… Ese señor casi que no me cree lo que le estaba diciendo.      –Entiendo, muchísimas gracias, ¿pero qué te dijo él?      –Que sí pensó que como ustedes no habían llegado temprano aquí a Medallo, pues que de pronto se habían varado o algo, pero yo le conté lo del derrumbe y que a las doce y media les daban vía, y que ustedes llegaban directo a la plaza de toros.      – ¿Y qué dijo él?      –Que listo, que ya quedaba más tranquilo, y que los esperaba en la plaza lo más pronto posible.      –Mil gracias nuevamente, Lina.      –No se preocupe, señor, para mí es lo máximo poder ayudarles a ustedes.      –Lina María, que pena que te tutee, ¿tú vas a estar en tu casa?      –No se preocupe, señor, pero sí señor, yo voy  a estar aquí y por ahí a las cinco me voy para el concierto de ustedes, cuando venga John Jairo a recogerme, es que toca llegar temprano porque eso va a estar de locos.      –Muy bien, Lina, lo digo por si tenemos que llamarte nuevamente por si cualquier cosa.      –No se preocupe, señor Arturo, yo voy a estar aquí, como le digo, mínimo hasta las cinco, cualquier cosa a la orden.      –Lina María, ¿tú que boleta tienes para el concierto?      –Pues la más baratica, señor, allá en gallinero, es que la cosa no está fácil.      –Apenas llegue a Medellín te voy a dar un pase para primera fila, a ti y a tú novio.      – ¡Ay, qué emoción, señor Arturo!, ¿en serio?      –Cuenta con eso, si quieres nos vemos a las seis en el hotel y te doy los pases.      –Mil y mil gracias, señor, ¿pero en qué hotel los busco?      –En el Nutibara, el mismo a donde llamaste al empresario.      –Perfecto, señor, y mil gracias nuevamente.      –A ti, Lina María, pero te voy a pasar a tú papá, te cuidas mucho y nos vemos a las seis…        A la una de la tarde aún no se daba ninguna señal de movimiento. Los rumores habían empezado entre los ocupantes de los otros vehículos. Algunos decían que la máquina encargada de remover la tierra se había dañado, que había ocurrido un nuevo derrumbe, que ya iban a habilitar un solo carril, que el problema era que un camión había quedado enterrado bajo la tierra, que no era un camión, que era un bus, que ya venía otra máquina en camino para agilizar la remoción de tierra… Uno de los pocos que todavía trataba de mantener su buen humor era Greg, el papá de Melissa.      –Vida siempre tener problemas, nada ser fácil, pero tú siempre sonreír –le decía a un grupito que lo escuchaba en la parte delantera del bus mientras que la gente del comité se encontraba reunida con don Antonio y Carlos Mario.        Adriana fue la primera en voltear a mirar cuando escuchó el ruido de una moto que se acercaba. Se trataba del mismo policía que habían visto esa mañana temprano.      –La cosa está demoradita, la retroexcavadora se quedó sin gasolina y tuvieron que mandar un carro hasta La Pintada a que le trajera más –dijo el policía mientras se quitaba el casco.      – ¿Entonces a qué horas van a dar paso? –preguntó Arturo.      –Ya han limpiado bastante, por ahí a las tres o cuatro ya debe estar despejado.      En ese momento Arturo se dio cuenta de que el futuro del concierto empezaba a peligrar. Según las palabras del policía, sería imposible moverse antes de dos horas, lo que no daba el tiempo suficiente para llegar a la plaza de toros a realizar las pruebas de sonido a la hora programada. Todo parecía indicar que no estarían llegando a Medellín antes de las seis de la tarde.      – ¿Hay opción de coger una vía alterna? –le preguntó Silvia a Carlos Mario.      –No, señorita, una vez estando en La Pintada sí hay otras opciones, pero aquí desde este punto no hay nada –dijo Carlos Mario.      –Estamos hechos… –comentó Adriana.      –Lo único es esperar –dijo Sergio.      – ¿Y a qué horas fue el derrumbe? –preguntó Silvia.      –Alrededor de las cinco de la mañana –dijo el policía.      –Bueno, a esa hora ya habían pasado nuestros camiones –dijo Sergio.      –Menos mal… –comentó Adriana.      – ¿Y es verdad que hay carros que quedaron debajo del derrumbe? –preguntó Ismael.      –Nooo, ninguno, a esa hora hay muy poco tráfico –dijo el policía.      –Señor agente –dijo Arturo–, nosotros somos los integrantes del grupo musical Los Cuarenta, y tenemos que presentarnos esta noche a las ocho en la plaza de toros La Macarena, ¿usted si cree que alcancemos a llegar para esa hora?      El policía le sonrió y dijo:      –Sobrados, de aquí a Medallo son dos horitas, yo creo que a más tardar a las seis… seis y media ya están ustedes por allá.        –Tenemos entre dos y tres horas más de espera –le dijo Arturo a los miembros del comité cuando el policía y los conductores ya se habían retirado.      –Eso… y la embarrada es que no hay opción de agarrar un desvío ni nada –dijo Silvia.      –Empezar a prenderle una vela a cada santo –comentó Ismael.      –Miren, lo mejor es tratar de no desesperarse y tener un poco de paciencia, pero el problema que yo veo es que físicamente la gente ya no da más, todos están con sed, con hambre, cansados… –dijo Adriana.      –Es verdad, inclusive a Claudia como que se le bajó la tensión… Por ahí el papá de Melissa le tuvo que dar unas gotas  –dijo Sergio.      –Es súper urgente que busquemos algo de comer y de tomar  –dijo Adriana.      –Lo único es la tienda que dicen que está como a cuatro kilómetros de aquí –sugirió Silvia.      –Hay dos opciones –dijo Arturo–, que un grupo vaya caminando hasta allá y traigan lo que más puedan… o ir todos en el bus.      –Con este sol, y con todo el mundo cansado y débil, se me hace tenaz que alguien se pueda ir caminado hasta la tal tienda y después tener que regresar cargados de cosas –dijo Silvia.      –Pero yo no sé si en esta carretera tan angosta ese bus alcance a dar la vuelta para devolverse… –dijo Sergio–, es que miren que ahí no más empieza el precipicio.      –Preguntémosle a don Antonio –dijo Arturo haciéndole una señal al conductor del bus para que se acercara.      –Don Antonio, ¿será que el bus alcanza a hacer la u en este pedazo para poder devolvernos hasta la tienda?      El conductor miró la carretera y lo cerca que se encontraba el inicio de la depresión de la montaña.      –Complicado, don Arturo, esta parte de la carretera está muy angosta, de pronto el carro se me puede ir por el abismo, es que siempre es larguito, si fuera como una buseta… hasta se podía intentar…      Arturo, con una mueca en la boca miró a los miembros del comité.      –Entonces lo único que nos queda es designar a un grupo que vaya hasta allá –dijo Adriana.      – ¿Pero cuánto se pueden demorar yendo y viniendo? –preguntó Silvia.      –Por ahí entre cuarenta y cuarenta y cinco minutos de ida, y un poquito más de regreso, teniendo en cuenta que ya vienen más cansados –dijo Adriana.      –Y eso dependiendo de quienes vayan –dijo Sergio.      –Como quien dice… por ahí una hora y media, mínimo –dijo Ismael.      –Y sin saber si todavía queda algo en esa tienda… –dijo Silvia.      –Yo pienso que toca arriesgar… –dijo Adriana.      – ¿Pero quiénes estarían en condiciones de ir hasta allá? –preguntó Arturo.      –Reunámoslos a todos y preguntamos, es lo único –dijo Adriana.      
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