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La temperatura iba subiendo a medida que el sol superaba la cima de la montaña. La mayoría de integrantes del grupo se habían bajado del bus y se encontraban charlando en pequeños grupos. Esteban, con los brazos alrededor de la cintura de su novia solo podía pensar en el desayuno. Aunque solo eran las siete de la mañana, estaba acostumbrado a que a esa hora ya se encontraba saliendo a esperar el bus del colegio con el estómago lleno. Pensaba que no todo era belleza física, porque aunque tuviese como novia a la niña más linda que había visto en su vida, y que fuera perseguido por otra que no se le quedaba muy atrás, eso no era suficiente para llenar su estómago y mucho menos para ayudar a resolver el problema del trancón en el que se encontraban. Veinte minutos antes había pasado un policía de carreteras montado en una moto blanca con verde. Se había detenido justo donde ellos se encontraban y les había informado sobre la situación: "Hubo un derrumbe anoche a cuatro kilómetros de aquí, la carretera está toda bloqueada, pero ya las máquinas están trabajando para despejar la vía". Y cuándo Arturo le había preguntado qué cuanto se demorarían, el hombre le había dicho: "Está demoradito, no creo que antes del mediodía, es que eso se vino media montaña abajo". Según ese dato, iban a tener el tiempo justo para llegar directo a la plaza de toros La Macarena a hacer las pruebas de sonido. El descanso, la ducha, y el cambio de ropa, iban a tener que esperar un poco. Pero al menos estaba al lado de la persona que más quería en el mundo, y si tenían que llegar a pasar horas o días o hasta semanas en esta carretera, tal y como sucedía en el cuento "La Autopista del Sur", de Julio Cortázar, que había tenido que leer para clase de español, al menos no estaría viviendo nuevamente la terrible experiencia que había tenido que pasar hacía pocas semanas.
– ¿Entonces qué vamos a desayunar? –dijo Sandra acercándose a Mónica y Esteban.
–Ni lo menciones, que según parece, de aquí no nos movemos antes de mediodía –respondió Esteban.
– ¿Y no habrá tiendas por algún lado? –preguntó Sandra mirando a su alrededor.
–El paisa de esa mula –dijo Esteban señalando el vehículo de Carlos Mario–, dice que pasamos una que está como a cuatro kilómetros.
–Pero quién se va hasta allá… –dijo Mónica.
–Yo soy buena para caminar, pero me da miedo que se empiecen a mover y una por allá lejos... –dijo Sandra.
–Ese es el problema –dijo Esteban antes de arrugar la boca.
– ¿Y nadie ha comido nada? –preguntó Mónica.
–Por allá estaban repartiéndose un paquete de chitos que tenía Sergio como entre cinco –dijo Sandra.
–De a dos chitos por persona –rio Mónica.
–Queda uno iniciado –comentó Esteban.
–Al menos, porque este filo está depresivo... –dijo Sandra.
–Yo tengo más sed que hambre –dijo Mónica.
–Creo que Ismael lleva gaseosa en una cantimplora –dijo Sandra–. Deberías decirle que te regale un poco.
–Tienes razón, ya vengo –dijo Mónica mientras se alejaba en busca de Ismael.
–¡Qué niña tan linda! –dijo Sandra cuando supuso que Mónica estaba lo suficientemente lejos para que no la escuchara.
Esteban volteó a mirar a Sandra.
–Sí, es preciosa mi Monina, por dentro y por fuera.
– ¿No te da miedo de que te la quiten?
–Supongo que sí, pero nunca pienso en eso. ¿Por qué lo dices?
–No, es que las niñas lindas siempre tienen a muchos tipos detrás.
– ¿Experiencia propia?, me imagino… –dijo Esteban sonriendo.
–Bueno… digamos que sí…
–Tú también eres muy linda… y tienes unos ojos preciosos.
–Gracias, pero tú no te quedas atrás.
–Me vas a hacer poner rojo –dijo Esteban riendo.
–Ustedes son como la pareja perfecta, todos bonitos.
–Gracias, Sandrita, ¿y tú tienes novio?
– ¿Qué te dijera…?
–Porque más de uno debe estar detrás de ti…
–Sí pero no me gusta ninguno.
–Entonces eres bien exigente…
–Digamos que sí…
–Eso está bien, no te puedes cuadrar con el primero que se aparezca.
–Sí, eso jamás, siempre toca analizar muy bien a los posibles candidatos.
–Después seguimos hablando de eso porque ahí regresa tu linda novia.
Esteban volteó a mirar a Mónica acercándose con una amplia sonrisa en su rostro.
– ¿Cómo te fue en tu consecución de líquido, Monina?
–Perfecto, efectivamente Ismael tenía gaseosa, lo malo es que le queda poca.
– ¿Te la tomaste casi toda o qué? –bromeó Esteban.
–No, mi nene, solo tres sorbitos, pero es que hay mucha gente con sed y como que nadie más tiene nada de tomar.
–Eso va a ser un problema a medida que vaya pasando el día, y peor con la temperatura subiendo… –dijo Sandra.
–Ojalá no vaya a haber mucho desgaste, si no imagínense con qué energía vamos a llegar a tocar esta noche… –dijo Esteban.
–Ahí es cuando sirve estar gordos, tienes reservas para este tipo de situaciones. –dijo Mónica riendo.
–Pero si estás gorda no te puedes mover en el escenario –dijo Sandra.
–Pero al menos no te mueres de hambre o de sed en un inhóspito paraje en el medio de la nada.
–Me estoy empezando a preocupar –le dijo Arturo a los miembros del comité que se habían reunido aparte con el fin de analizar la situación. Eran las doce del mediodía, la temperatura rondaba los treinta grados y hasta el momento no se veían señas de movimiento en la carretera. Lo poco que llevaban de comer y beber se había terminado antes de las nueve de la mañana, y nadie se atrevía a caminar hasta la tienda que había mencionado Carlos Mario por el temor a que los vehículos se empezaran a mover de un momento a otro. La mitad de los integrantes del grupo se habían vuelto a subir al bus y trataban de recuperar el sueño que no habían podido disfrutar durante la noche, o se encontraban charlando en pequeños grupos.
–Según don Antonio y Carlos Mario, el señor de la tracto mula, de aquí a La Macarena nos podemos gastar alrededor de dos horas y media –dijo Silvia, que se encontraba recostada contra la ladera de la montaña.
–Eso nos da medio hora más de plazo para que despejen la carretera –dijo Ismael.
–Pero que con tal de que no hubiera trancón en las calles de Medellín –dijo Sergio.
–Bueno, si la prueba de sonido está programada para las tres, a mí se me ocurre que tenemos que tratar de comunicarnos con el empresario lo antes posible –dijo Adriana, que se encontraba sentada en el pavimento.
–Ahí está el radio teléfono del bus, pero desde ahí no se puede llamar a un teléfono fijo –dijo Arturo.
–Pero este señor Carlos Mario dijo que podía comunicarse con su casa –dijo Adriana.
– ¿Y qué sacamos con eso? –preguntó Silvia.
–Muy sencillo, le pedimos el favor de que hable con la hija, que inclusive ella va a ir al concierto, y que ella llame al hotel donde está el empresario y le cuente cual es nuestra situación –explicó Adriana.
– ¿Y no queda mejor que don Antonio llame a la empresa de buses y que nos hagan ese favor? –preguntó Ismael.
–Él estuvo llamando hace un rato pero no se pudo comunicar, me dice que los sábados por la mañana generalmente no hay nadie en la central que atienda el radio… –dijo Arturo.
– ¿Y si será que Rodolfo le va a creer a una niña? –dijo Sergio–. Porque me imagino que es joven…
–Pues le tiene que creer, si le menciona nuestros nombres y todo, se tiene que dar cuenta de que no es una pega –dijo Adriana.
–Podría resultar –opinó Ismael mientras se sentaba en el piso al lado de Adriana.
–Es una buena idea, Adri, y por ahora a mí no se me ocurre más –dijo Arturo.
–El todo es que haya alguien en la casa de Carlos Mario, la hija o el que sea… y que el empresario esté en el hotel –dijo Silvia.
–Entonces hagamos eso de una, antes de que Rodolfo se vaya a salir del hotel –dijo Arturo.
Adriana se puso de pie y agarró del brazo a Arturo.
–Vamos rápido a hablar con Carlos Mario, y ustedes díganle a don Antonio que vaya alistando el radio teléfono.
–Hola, mija, ¿cómo va todo por allá? –dijo Carlos Mario a través del micrófono del radio teléfono del bus.
–Bien, papá, por aquí todos bien, ¿y usted cómo va? –se escuchó la voz de la hija de Carlos Mario.
–Menos mal que la encuentro, mija, yo estoy aquí antecitos de La Pintada desde esta mañana temprano, es que hubo un derrumbe y no hemos podido pasar.
– ¡Ay, papá! ¡Qué pereza!, ¿y si va a venir más tarde por la casa?
–Sí, mija, yo voy a la planta a dejar la carga y después voy para allá… pero óigame mija, es que necesito que me haga un favor…
–Sí, papá, cuénteme…
–Es que estoy aquí con los señores del grupo Los Cuarenta…
– ¡Ay, papá!, usted como es de bobo, llamando para molestar con eso…
–No, mija, en serio, créame, están aquí en este taco conmigo…
– ¿Los Cuarenta del concierto de esta noche?, ¿o sus cuarenta amigos del barrio?
–Los músicos, mija… pero le voy a pasar aquí a don Arturo, él es el director del grupo…
Carlos Mario, que estaba de rodillas en frente al radio teléfono, le pasó el micrófono a Arturo que se encontraba sentado en la silla del conductor.
– ¿Cómo se llama su hija? –preguntó Arturo antes de oprimir el botón que le permitía que lo escucharan del otro lado.
–Lina María, don Arturo.
–Hola, Lina María, ¿cómo estás?, hablas con Arturo Cañón, director de la agrupación musical Los Cuarenta…
–Buenas tardes, señor, ¿en serio usted es de Los Cuarenta?, ¿o me están tomando del pelo?
–Sí, Lina María, yo soy el director del grupo, y es que estamos aquí trancados desde esta madrugada por un derrumbe que hubo en la carretera.
–Sí, señor, eso me contó mi papá… ¿pero en verdad usted es de Los Cuarenta?, le cuento que yo ya tengo boletas para ir a su concierto.
– ¡Genial, Lina María!, pero ahorita necesito que me hagas un gran favor…
– ¿En qué puedo ayudarlo, señor Arturo?
–Necesito que por favor llames al empresario del concierto a su hotel y le digas que estamos aquí frenados por el derrumbe que hubo antecitos de La Pintada…
– ¿Y a qué hotel lo llamo?
–Su nombre es Rodolfo Gómez, y está hospedado en el Hotel Nutibara.
– ¿Y qué más quiere que le diga, señor Arturo?
–Que la policía de carreteras dice que más o menos a las doce y media del día dan paso, que vamos a tratar de llegar directamente a la plaza de toros para hacer las pruebas de sonido.
– ¿Y cuál es el número del hotel?
–No tengo ese dato, Lina María, toca que lo busques en el directorio telefónico.
–Muy bien, señor, llámenme en unos diez minuticos a ver si me pude comunicar.
–Mil gracias, Lina, en diez minutos te llamo.
–Bueno, señor Arturo, cambio y fuera.
–Muy querida su hija –le dijo Arturo a Carlos Mario.
–Gracias, señor Arturo, sí, ella es muy acomedida.
–Perdone que le pregunte, ¿cuántos años tiene ella?
–Diez y siete, pero con esas pilas que tiene… parece que tuviera más.
–Eso me deja más tranquilo…