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3983 Palabras
37 Eran la una y media de la tarde en el momento en que Esteban, Adriana, Andrés, Sandra, Ismael y Juan Carlos, empezaron a caminar en busca de la tienda. Todos ellos se habían ofrecido gracias a que todavía se sentían fuertes y con la energía suficiente para caminar los cuatro kilómetros de ida y los cuatro de regreso, con la excepción de Esteban, quien a pesar de sentirse un poco débil por la falta de alimento, sentía como su responsabilidad el hecho de tener que hacer algo para ayudar a su novia, quien debido a la sed y a los principios de deshidratación, estaba empezando a sentir fuertes dolores de cabeza. Arturo había querido hacer parte de la expedición, pero los miembros del comité le habían dicho que era mejor que se quedara al lado del bus y del resto del grupo, al frente de la situación. Antes de partir habían hablado con Carlos Mario, más conocedor que don Antonio de estas carreteras, con la ilusión de que este supiese de la existencia de alguna otra tienda o restaurante a una distancia más cercana, pero el conductor del tracto mula les había dicho que lo único que podían encontrar diez kilómetros a la redonda era la famosa tienda que habían dejado atrás durante la madrugada. La partida se había demorado unos minutos más de lo presupuestado, esto debido a que habían tenido que sacar las maletas de Sandra y Patricia de la bodega del bus, dado que era necesario que ellas buscaran unos zapatos lo suficientemente cómodos para la extensa caminata, y los intercambiaran por las sandalias de clima caliente que habían llevado hasta el momento. Después de veinte minutos de caminata la temperatura había empezado a descender, esto gracias a que los rayos del sol empezaban a ser bloqueados por extensas nubes blancas, las cuales poco a poco iban invadiendo su espacio. La fila de carros, camiones y buses era interminable. Muchos de sus ocupantes se encontraban por fuera de sus respectivos vehículos, algunos conversando, otros jugando cartas y otros más durmiendo en hamacas improvisadas al borde de la carretera. Al igual que Esteban y su grupo, nadie entre toda esta gente parecía tener algo de comer y mucho menos de tomar. Después de casi diez horas de trancón, hubiese sido difícil encontrar a alguien a quien todavía le quedara algo de alimento. A medida que avanzaban, no faltaban las miradas de admiración, los piropos o los silbidos de los hombres al ver pasar a las lindas compañeras de Esteban. Pero ni la belleza ni los ruegos de las integrantes de Los Cuarenta fueron suficientes para convencer al conductor de un camión repartidor de gaseosas para que les vendiera unas cuantas botellas. "Es que el pedido va completo y me sancionan si llega a faltar producto", les había respondido. Esteban solo sabía que, si en la tienda no encontraban bebidas, haría lo que fuera necesario, de forma legal o ilegal, para llevarle a su Monina por lo menos dos de esas botellas que, a pesar de estar cubiertas de polvo y a temperatura ambiente, lucían terriblemente provocativas. Dejar que su novia se enfermara en este viaje era lo último que estaba en sus planes. Ismael, Adriana y Sandra caminaban adelante, a unos quince metros de distancia de Esteban, Andrés y Juan Carlos. Los dos grupos se encontraban envueltos en animadas conversaciones, al parecer influenciados por el descanso mental que estaban recibiendo al haberse podido alejar del aburrimiento que habían venido experimentando durante las últimas horas. – ¿Y cómo va eso con Patricia? –le preguntó Esteban a Andrés. –No sé, ya me tiene como aburrido, esa vieja está muy rogada. –A las viejas chuscas hay que tenerles paciencia –intervino Juan Carlos. –Pero es que esta ya se pasa, cuanto tiempo no llevo ahí detrás… y nada… –Pues póngale un ultimátum –dijo Esteban, distraídamente, mientras su mirada se concentraba en una linda niña de unos diez y seis años, quien se encontraba sentada en la carretera con la espalda recostada contra la llanta de un camión. El intercambio de sonrisas lo puso a pensar en la buena suerte que tenía al estar saliendo con una niña con la que no le hacía falta absolutamente nada. De lo contrario hubiese tenido que pensar en la manera de entablar conversación con esta belleza de la carretera. –Con ella no sirven los ultimátum, como es bien chusca entonces se las tira de artista –dijo Andrés. –Todas las viejas buenas se las tiran de artistas –dijo Juan Carlos, entretenido pateando una pequeña piedra. –La mía, no, ella desde el principio se portó a la altura –dijo Esteban. –Muy de buenas usted… Claro que a Mónica sí se le nota lo especial… lo diferente, es algo como extraño, como una energía especial… No como esa mamona de la Adriana –dijo Juan Carlos. –Es que esa sí es cosa seria –dijo Andrés. –Pero usted que habla de paciencia y parece que no le tuviera ninguna a Adriana. –dijo Esteban mirando a Juan Carlos. –Es que se cree la última Coca –Cola del desierto, o que desierto ni que nada, de esta maldita carretera… ––dijo Juan Carlos. –Pero tampoco, en el fondo la vieja es muy buena gente –dijo Esteban. ––Pero será con usted, como anda detrás suyo… ––dijo Juan Carlos. ––Por este lado no va a conseguir mucho, así que ahí le queda el camino libre –bromeó Esteban. –Ni que fuera masoquista…, claro que está divina… si fuera buena gente… –dijo Juan Carlos. –En cambio yo no me había fijado en lo querida que está Sandrita –dijo Andrés. – ¿Querida? ¡Preciosa!, y así toda hippysita… –dijo Juan Carlos. –Hable bajito que nos oyen –dijo Andrés mirando a sus amigas que caminaban un poco más adelante. – ¿Entonces ahora va a ser Sandrita? –preguntó Esteban. –Pues está como quiere, y si la rubia no sale con nada…, va a tocar irse por la hippysita, como la llama Juan Carlos. –Patricia me cae re bien, pero sí no le sale con nada, sí le va a tocar mirar otros frentes –dijo Esteban. –Ya depende de ella, yo ya puse mis cartas sobre la mesa. –Y a usted le va a tocar marcar el teléfono de Adriana, a ver si me ayuda a quitármela de encima –le dijo Esteban a Juan Carlos. –Es que si fuera un poquitico más querida, hasta le hacía… Afortunadamente todo el grupo caminaba a buen paso, y fue antes de llevar cuarenta minutos de camino, y gracias a que iban descendiendo, cuando finalmente divisaron la tan anhelada tienda de paredes blancas, techo de teja de barro, y puertas y ventanas de color verde oscuro. – ¿Cómo va ese dolor de cabeza, Moni? –le preguntó Patricia a Mónica, que se encontraba recostada en su puesto mirando por la ventana hacia el barranco. –Ya me ha bajado un poquito, es que yo creo que la embarré quedándome al sol justo al mediodía –dijo Mónica sobándose las sienes con las puntas de los dedos. –Qué pena yo me acomodo –dijo Patricia mientras se sentaba a su lado. –Sigue, con toda confianza. –Oye, barbie mediterránea, ya me estoy como empezando a poner nerviosa... – ¿Y eso? –preguntó Mónica. –Es que Andrés nada que me habla, inclusive se fue para la tienda y ni se despidió ni nada. –Se está haciendo el difícil… Ahora le tocó el turno a él. –Pero por semejante bobada… –Déjalo –le dijo Mónica exhibiendo una leve sonrisa–, apenas lleva como ocho horas de dignidad, por ahí después de nueve se le pasa, inclusive antes de que a mí se me pase este dolorcito tan inclusive. – ¿Y si no se le pasa? –Pues estaría perdiendo la oportunidad de cuadrarse con una linda rubia… –Gracias por lo de linda. –Es la verdad… – ¿Y si no me cuadro con él? –Entonces la linda rubia se estaría perdiendo la oportunidad de cuadrarse con un oji verde súper churro. – ¿Se te hace súper churro? –preguntó Patricia. – ¿Es que no lo has visto últimamente? –dijo Mónica arrugando la nariz. –Tan boba, pues no hago más que verlo. – ¿O es que estás esperando a que nuestra "amiga" de dudosa reputación decida que, en lugar de caerle a mi nene, decida irse por el churrito de los ojos verdes? –Tampoco es que sea de dudosa reputación, de pronto de dudoso género… –dijo Patricia riendo. –Eso, eso… Digamos que de género por definir… –Pero me encanta la personalidad que tiene. –Eso lo acepto, es toda una líder –dijo Mónica–, si Arturo algún día se va de esto, seguro que ella queda de directora. –No sé… yo creo que quedaría Silvia. –No creo mona, Silvia es pila y todo, pero es como muy secretarial, no tiene la energía ni la iniciativa que se carga la peli naranja. –Eso es verdad, pero le queda divino ese color de pelo –dijo Patricia. –Demasiado… para mi intranquilidad, y para más piedra es natural, no es que se lo pinte ni nada. –Yo no me preocuparía, se nota que Esteban está súper llevado, lo hubieras visto cuando tú no estabas… – ¿Durante mi s*******o? –Sí, casi todo el tiempo andaba mal, sólo lo vi medio bien en el concierto en Bogotá, y eso porque él se concentra resto en su batería, y parece que se le olvidara todo lo demás. –Me imagino que es su estrategia para poder tocar todo lo bien que toca, claro que a mí sí me mira mucho cuando está tocando… y siempre me sonríe. –Por eso te digo, él está muy, muy llevado por ti. –Por tiiii, contaría la arena del maaar…–se puso a cantar Mónica en tono jocoso. –Como que a la barbie ya se le está pasando el dolor de cabeza… –No me lo recuerdes, mona. Pero pobrecito mi nene, yo vi que él estaba cansado y sin embargo, se fue hasta esa tienda. –Es que yo lo noté muy preocupado por tu dolor. –Yo sé… Ojalá consigan aunque sea unos panes con gaseosa, o lo que sea… –Sí… sabes… Yo creo que Andrés se fue con ellos solo para evitarme… –dijo Patricia mirando hacia el techo del bus. –No sé, puede ser… ¿pero hasta cuando piensas estar así con él? – ¿Cómo así? –Pues como teniéndolo ahí en remojo… –Es que no sé, a mí me gusta resto, pero como te decía, no quiero que piense que me está comprando. –Yo no me preocuparía por eso, se nota que él es un tipo noble. –Una pregunta… ¿Sí tú no tuvieras a Esteban… te cuadrarías con él? Mónica sonrió y respondió con la mirada perdida. –Yo sí creo, es muy churro, buena gente, está en el grupo, se ve serio, no parece perro… En general, se ve muy bien. –Ya… Te voy a contar una cosa, pero no te vayas a poner brava conmigo… –Listo, cuéntame que yo no me pongo brava –dijo Mónica sonriendo. –Pero seguro… –Seguro. –A mí antes me fascinaba Esteban –dijo Patricia con una tímida sonrisa. – ¿En serio? –dijo Mónica soltando una risa un poco nerviosa–, bueno, es normal, mi nene es muy lindo… y muy buena gente… –Sí, a mí me gustaba más que Andrés. – ¿Y todavía te gusta más? –preguntó Mónica tratando de mostrar una expresión seria, la cula se notaba que en realidad no sentía. –No, ¿cómo se te ocurre?, por eso te lo estoy contando, ahora el que me gusta mucho es Andrés. – ¿Y en qué época era que te gustaba mi nene? –Pues… no hace mucho, como en la época en que tú estabas secuestrada… –respondió Patricia mirando hacia el piso del pasillo del bus. –Eso quiere decir que hace como un mes –dijo Mónica mientras recogía las piernas y se sentaba sobre los pies. –Más o menos, la verdad yo pensé que ustedes habían terminado. – ¿Y por qué? –Por lo que a veces tú ibas al estudio a recoger a tu novio y como no te vi durante todo ese tiempo… –Claro, y Andrés no te había contado lo que en verdad pasaba conmigo… –Para nada, como te dije el otro día, él se inventó que tú estabas de viaje por Europa y que por eso era que no habías vuelto, pero yo como que no le creía… Es que él no sirve para decir mentiras. –Ya, a la larga era como una mentira piadosa –dijo Mónica. –Exacto, me imagino que tu novio le habría dicho que no le contara a nadie. –Pues mejor, es que se me hace tenaz que todo el mundo te mire raro, o como a la pobre víctima o algo así… –Pero creo que los únicos que sabían eran Andrés y Arturo –dijo Patricia. –Sí, y Arturo sabía por lo que es el director de este cuento, entonces mi nene decía que era mejor que supiera por sí en algún momento tenía que salir corriendo de un ensayo o de un concierto. – ¿Pero después alguien más se habrá enterado? –Eso sí ni idea, yo sé que mi nene no le ha contado a nadie más. –Yo tampoco, pero no sabemos si Arturo o Andrés hayan abierto la boca –dijo Patricia. –Ojalá que no… –dijo Mónica volteando a mirar hacia afuera. – ¿Muy tenaz, barbie? – ¿Tenaz qué?, ¿que se entere más gente?, ¿o cómo lo pasé mientras estaba secuestrada? –Nooo, yo sé que debió haber sido terrible… Te pregunto que sí muy tenaz que más gente se entere. –La verdad es que yo estoy tratando de olvidar, de superar eso, entonces no quiero que mi cuento se vuelva el chisme de este grupo. –Te entiendo, barbie… Otra cosita, ¿a ti te molesta que te diga barbie? Mónica se sonrió y la miró. –Para nada, mona, total tú me dices barbie, el empresario me dice Miss Universo, mi nene me dice Monina, otros me llaman Moni…, eso que entren y escojan el apodo que más les guste… –Al menos todos son bonitos, no hay ninguno así que sea como… despectivo. –Afortunadamente… –Me hubiera gustado ir hasta la tienda con ellos, es que ya estoy aquí aburrida de esperar –dijo Patricia. – ¿Y por qué no fuiste? –Es que como Andrés anda todo mamón. –Te toca mirar eso bien, quien sabe cuanta paciencia tenga él, de pronto por ahí se cansa de esperarte… –Vamos a ver, ojalá cuando regrese de la tienda llegue buena gente. –Sí, y ojalá que traigan arto para comer y beber… El interior de la tienda era bastante oscuro. Solo recibía la iluminación que lograba entrar a través de la puerta que daba a la carretera. Aunque tenía otra puerta detrás del mostrador, esta daba a un pequeño corredor interior, igual de oscuro al resto del lugar. En una de sus esquinas se encontraban arrumadas varias canastas con botellas de cerveza. En la esquina opuesta se veían unos costales y algunas canastas de gaseosa junto a una vieja banca de madera. No era mucho lo que exhibía el mostrador. Algunos paquetes de chitos y papas fritas, un par de bolsas con mogollas, además de productos como jabones, crema de dientes y pomadas > para toda clase de dolores. De las paredes colgaban un pequeño cuadro del Sagrado Corazón y un calendario con publicidad de una marca de cigarrillos. El piso era de tierra y todo el lugar olía a vegetación mezclada con restos de cerveza. –Buenas tardes –dijo Adriana tratando de llamar la atención del dueño de la tienda, el cual no se veía por ningún lado. –Aquí como que no hay nadie –dijo Sandra sentándose en la banca. En ese momento apareció por la puerta de atrás una mujer de unos veinte años. –A la orden. –Buenas tardes, a ver si nos puede vender todo lo que tenga para comer y beber. –dijo Adriana. – Ya no queda mucho, con este taco ya casi todo se ha vendido –dijo la tendera. – ¿Cuántas gaseosas le quedan? –preguntó Esteban mientras miraba las canastas arrumadas al lado de los costales. La tendera le dio la vuelta al mostrador y se puso a contar el número de botellas llenas que le quedaban. –Todavía hay veinte. –Nos las llevamos todas –dijo Juan Carlos. – ¿Se las van a tomar aquí afuera o dejan la finca? –Estamos lejitos –dijo Adriana–, le dejamos toda la finca que quiera. La tendera sacó las veinte botellas y las puso sobre el mostrador. –¿Y no le queda cerveza? –preguntó Juan Carlos. –No, toda esa ya se vendió. –Perdone, ¿y usted no tiene agua que nos pueda vender? –preguntó Andrés. –No, señor, la que subimos esta mañana ya se acabó. – ¿Y de dónde la suben? –preguntó Ismael. –De la quebrada. – ¿Y está muy lejos? –preguntó Esteban. –Como a diez minutos bajando. – ¿Y si bajamos hasta allá? –propuso Andrés. –No creo, esa agua toca hervirla primero, si no la tomamos así no más, nos puede caer re mal –dijo Adriana. –Es vedad –dijo Esteban–, después terminamos es en la clínica en lugar de la plaza de toros. –Entonces, señora, por favor nos da todos esos paquetes de chitos y papas… y esos panes –dijo Ismael. – ¿Y no tiene más cosas por ahí de comer que nos pueda vender? –preguntó Sandra mientras la tendera regresaba a su puesto detrás del mostrador. –Como le digo, ya se llevaron casi todo, toca que den paso para que pueda llegar el camión a surtir. – ¿Y el camión de dónde viene? –preguntó Ismael. –Desde Medellín, generalmente –contestó la tendera mientras sacaba los paquetes de golosinas y de mogollas y los ponía sobre el mostrador. –Bueno, somos seis, cada uno tiene que cargar al menos tres gaseosas, cuatro para los más fuertes, y sin romperlas por favor… ¿Cuántos paquetes hay? –dijo Adriana. Esteban se puso a contar los paquetes. Seis de papas…, cinco de chitos…, y dos bolsas o paquetes de mogollas, y en cada uno hay seis mogollas, como quien dice doce mogollas en total. –Somos cuarenta y dos contando al papá de la gringa y al chofer del bus –dijo Juan Carlos. –Ella no es gringa, es canadiense… –dijo Adriana. –La misma vaina –dijo Juan Carlos. –Nunca, hay una diferencia de cielo a tierra –dijo Adriana. –Oigan, ¿ahora no nos vamos a poner a discutir por los orígenes de la r**a? –dijo Sandra. –Bueno, bueno, entonces somos cuarenta y tres si incluimos a este señor Carlos Mario que se ha portado muy bien con nosotros –dijo Adriana–, yo creo que toca darle a él también. –Eso quiere decir que toca dividir cada mogolla entre cuatro personas y sobra un poquito –dijo Esteban. –Sobraría una mogolla y la cuarta parte de otra –dijo Sandra. –Genial que todavía tengas cabeza para las matemáticas, yo a estas alturas ya no sé cuánto son dos más dos –dijo Andrés mientras le sonreía a Sandra y se sentaba a su lado. Adriana se quedó mirándolos y dijo: –Y de gaseosa serían… de a una por cada dos personas pero quedarían por fuera tres personas. –Esos tres son los que tienen que tomarse el agua –bromeó Juan Carlos. – ¿Ustedes quieren tomarse su parte ahora o cuándo regresemos al bus? –preguntó Adriana. –Yo digo que ya –dijo Juan Carlos. –Yo también –dijo Andrés. –Sí, mejor de una vez –fue la opinión de Sandra. – ¿Ismael y el nene qué dicen? –preguntó Adriana sonriéndole a Esteban. –Adri, lo de nene está reservado para una niña de ojos claros –dijo Esteban. – ¡Ah!, entonces yo clasifico… –dijo Sandra mientras reía. Adriana volteó a mirar a Sandra con una mueca en los labios mientras todos los demás reían. –No, en serio, ¿ustedes se la toman ya o esperan? –dijo Adriana. ––Pues que cada uno haga lo que le dé la gana y ya –dijo Juan Carlos––, qué verraca para ponerle misterio a las cosas. –Pues de una vez, que la sed está atacando desde temprano –intervino Ismael antes de que Adriana pudiera decir algo. –Entonces de una entonces –dijo Esteban. –Listo, como somos seis, por ahora cojamos de una botella para cada tres personas, ¿les parece? –dijo Adriana. –Propongo que también nos comamos nuestra parte de las mogollas –dijo Juan Carlos. –Estoy de acuerdo, necesitamos recuperar fuerzas para el regreso –dijo Ismael. A Esteban, que se había salido de la tienda junto con Ismael y Juan Carlos, nunca en su vida le había sabido tan bien una gaseosa, o por lo menos la tercera parte de una. A pesar de que el refresco se encontraba a temperatura ambiente, y que no era de su sabor preferido, pudo sentir como su cuerpo se lo agradecía. Ayudado también por el efecto de la comida, sintió que empezaba a recuperar algo de la energía necesaria para caminar los cuatro kilómetros de regreso hasta el bus, teniendo en cuenta que debía también cargar la bolsa con dos botellas, y algunos paquetes de comida que le habían sido asignados. Cuándo Adriana terminó su parte de refresco y de mogolla, se dirigió hacia el mostrador de la tienda y le preguntó a la tendera mientras pagaba la cuenta: –Señora, ¿usted vende curas? La tendera buscó en las vitrinas pero no encontró nada. –Parece que ya se acabaron. –Qué embarrada, es que por el afán me puse estos tennis sin medias y me están raspando la parte de atrás… Sobre todo del pie izquierdo –dijo Adriana mirando a Andrés y a Sandra que aún se encontraban descansando sentados en la banca. – ¡Nooo, eso sí que es mamón!, a mí me pasó exactamente la misma en Santa Marta el año pasado –dijo Andrés–, yo me puse una hojita de un árbol, pero eso se vivía saliendo. –Es que si no están acostumbrados a andar sin medias es mejor que no lo hagan, sobre todo con zapatos nuevos –dijo Sandra. –Pero tú tampoco te pusiste medias –dijo Andrés mientras miraba los tennis de Sandra. –Yo nunca uso medias, y menos en estos climas. –Bueno, vamos ya que se hace tarde, ya veremos cuánto aguanto… Mil gracias señora, que le vaya bien –dijo Adriana mientras agarraba su bolsa de provisiones y salía de la tienda.
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