38
–Logré hablar nuevamente con Lina María, la hija de Carlos Mario –le dijo Arturo a Silvia, quien trataba de disfrutar del paisaje de las montañas, sentada al borde de la carretera.
– ¿Y qué te dijo? –preguntó Silvia poniéndose de pie.
–Que llamó nuevamente al hotel.
– ¿Y sí lo encontró?
–No, que ya no estaba, pero que dejó dicho en la recepción que si ella o alguien del grupo lo llamaba, que iba a estar de regreso a las cinco, que a esa hora lo podían llamar.
–Ya son las dos y media –dijo Silvia mirando su reloj de pulso–, como quien dice, todavía no está enterado de que no vamos a alcanzar a llegar a las pruebas de sonido.
–Yo me imagino que él ya debe estar en contacto con la policía de carreteras o algo así… –dijo Arturo mientras agarraba una pequeña piedra y la lanzaba al vacío.
– ¿Y qué sacamos con eso?
–Lo que sacamos es que va a estar mejor enterado de todo este desastre.
–Bueno, al menos…
–Les va a tocar a los de luces y sonido hacer todas las pruebas sin nosotros –dijo Arturo sentándose en el pasto.
Silvia hizo lo mismo.
–Yo ya no doy más, ¿tú crees que en este momento tengo fuerzas para soplar esa trompeta?
–Nadie tiene aliento de nada, todo es por la falta de comida… y de líquido, por supuesto –dijo Arturo.
–No podemos volver a caer en estas.
–Yo sé, la vaina es ese contrato…
–Pero es que esto ya se vuelve un caso de fuerza mayor, nosotros hemos hecho todo lo posible, pero no tenemos la culpa de que los malditos pilotos de esa aerolínea estén en huelga o de que se haya venido media montaña abajo –dijo Silvia.
–Tienes razón, toca mirar con lupa los contratos de ahora en adelante.
–Es que yo te digo una cosa: si la huelga sigue, olvídate que vamos a viajar por tierra hasta Cartagena… Es que el solo hecho de pensar en el regreso por tierra mañana domingo ya me está matando.
–No creo que vayamos a hacer eso, antes de salir de Bogotá le dije a Gladis que consiguiera pasajes de regreso para todos en Cóndor Air.
–Ojalá los consiga, entonces…
–Me tomé la libertad de decirle que si no conseguía para el domingo, entonces que los cuadrara para el lunes.
–Pero bueno, no creo que nadie en este grupo vaya a estar ansioso por regresar mañana mismo –dijo Silvia.
–Para esta gente entre más clases capen mejor –dijo Arturo con su acostumbrada sonrisa.
–El caso es que toca mirar muy bien lo del transporte aéreo para los próximos conciertos.
–Eso está más que claro, lo que me afana es que esta noche, si es que llegamos al concierto, la gente no va a tener la energía para tocar ni dos canciones.
–Se supone que nos presentamos a las ocho; ahora… ¿qué pasa si se corre para las nueve?, lo digo para tener al menos más tiempito de descanso –dijo Silvia.
–No sé, no creo que pase nada grave, total la mayoría de los conciertos de la otra gente siempre empiezan con retraso, nosotros somos los únicos puntuales.
–Pues por eso, además no sacamos nada si vamos a tener más de un desmayado por ahí.
–Exactamente, por ahí Claudia andaba mal de la tensión y Mónica andaba mal por el dolor de cabeza –dijo Arturo con la mirada concentrada en la pequeña casita que se divisaba kilómetros abajo de la montaña.
–Yo no tengo nada del otro sexo, pero te digo que yo nunca había visto una vieja tan linda como ella.
– ¿Como Melissa? –dijo Arturo bromeando.
Silvia se atacó de la risa y dijo:
– Noooo, como Mónica, tú sí…
–Yo sé –sonrió Arturo––, todo el grupo anda tramado con esa pelada, hombres y mujeres por parejo… Quiero decir que las mujeres a su manera…
–Lógico, pero mira que si tú le quitas las gafas a Melissa, la loca no está nada mal. –dijo Silvia.
–Tiene el efecto "mujer maravilla" –dijo Arturo en medio de su risa.
–No, pero en serio, detállala y verás.
–Sí yo sé, ¿o es que crees que por andar de director no me fijo en las mujeres de este grupo?
–Como todos los hombres, pero bien, lo tenaz sería si te estuvieras fijando en los otros hombres –dijo Silvia mientras reía.
–Me fijo en cómo tocan sus instrumentos y en cómo cantan, pero no más.
– ¿Y en las feítas como yo… sí te fijas?
–Tú no eres fea –dijo Arturo mirándola directo a los ojos–, para nada.
–Tú siempre tratando de quedar bien con todo el mundo…
–Seguro, Sylvie, yo te lo digo como hombre que soy…
– ¿En serio eres hombre? –interrumpió Silvia poniendo su mano en la rodilla de Arturo.
– ¿Es que quieres que te lo demuestre? –dijo Arturo exhibiendo su amplia sonrisa.
–Cuando quieras… –dijo Silvia devolviéndole la sonrisa.
Arturo le agarró la mano suavemente.
– ¿En serio crees que yo no soy fea? –Silvia se mordió el labio inferior.
–Que no eres fea, eres una pelada muy atractiva.
–Pero no como la Miss Universo…
– ¿Y quién quiere ser como ella?
–Muchas mujeres, por no decir todas –dijo Silvia.
–Es que Sylvie, tú no te puedes poner a hacer esas comparaciones… Estas niñas, Mónica, Adriana, Patricia, Luisa y ahora Sandra, son de reinado de belleza, yo a veces pienso que se equivocaron de profesión, esas viejas deberían andar de modelos o algo así, en cambio tú… tú eres una pelada bonita, normal…, normal pero bonita.
– ¿Y tú crees que si no fuera por su belleza, Juan las habría escogido para el grupo?
–Juan era…, como su nombre lo indica, un "Don Juan", pero igual era demasiado viejo para cualquiera de ellas… Pues para las que él alcanzó a conocer antes de irse, pero igual todas ellas son supremamente talentosas; pero él era muy serio a la hora de ver con quién trabajaba. Yo sé que no hubiera arriesgado un proyecto como el de este grupo solo por tener unas caras lindas –dijo Arturo mirando las oscuras nubes que empezaban a invadir el cielo, justo encima de ellos.
– ¿Y si a ti te tirara pelota una de estas modelos?, ¿te cuadrarías con ella?
Arturo la miró tiernamente, le agarró suavemente la quijada por un par de segundos, luego bajó la mano a su rodilla mientras que con la otra le agarró el cuello y la atrajo hacia él hasta que sus labios se juntaron con los de ella.
–Yo no quiero ninguna modelito en mi corazón –le dijo Arturo cuando sus bocas se despegaron.
Mónica descendió del bus en compañía de Patricia con la idea de estirar un poco las piernas.
–Yo no sabía que Arturo y Silvia eran novios.
–Ve, yo tampoco… Esto se está poniendo interesante… –dijo Patricia.
A las dos y cuarenta y cinco minutos, el grupo de Esteban avanzaba de regreso, no sin algo de dificultad. Aunque el cielo se seguía nublando y la temperatura había descendido, el hecho de ir caminando cuesta arriba, sumado al cansancio acumulado, empezaban a afectar a los seis miembros de la expedición. La bolsa que llevaba cada uno, con tres botellas de gaseosa y un par de paquetes de golosinas o de pan, no hubiesen significado mayor lastre en condiciones normales, pero para ellos, empezaban a convertirse en una verdadera y cada vez más insoportable carga. A parte de eso, Adriana seguía quejándose por su problema en el pie izquierdo, y aunque había seguido el consejo de Andrés, acerca de ponerse una pequeña hoja de árbol entre el talón y el zapato, la idea no había dado mayores resultados puesto que cada veinte pasos la susodicha hoja terminaba saliéndose del zapato. Después de recorrido un poco más de un kilómetro el problema había llegado al punto de que el pie le había empezado a sangrar. Decidieron tomar un descanso, y mientras Adriana y Sandra se sentaron en una piedra al borde de la carretera, los demás trataron de conseguir una cura entre los vehículos que se encontraban detenidos en esa parte de la carretera. Pero algo que sería tan sencillo de encontrar en una tienda de barrio de cualquier pueblo o ciudad, resultó prácticamente imposible de conseguir entre los vehículos atascados en la carretera. "Es que se me quedó el botiquín en la casa", "la última que tenía se la puse a la niña que se raspó la rodilla esta mañana", fueron algunas de las disculpas que escucharon de la gente. Esteban pensó en cómo una situación que lentamente tendía a volverse complicada, iba produciendo la clase de cambios en la gente que solo se esperarían en el caso de situaciones realmente extremas. Se empezaban a aferrar a cualquier cosa por pequeña que fuera, pensando que podría llegar a ser necesaria más adelante en el camino, y de alguna manera se iba perdiendo la solidaridad que en algún momento hubiese podido existir. Sabía que Adriana era una persona fuerte, y que si se estaba quejando y había decidido parar a descansar, solo significaba que la molestia, el ardor y el dolor tendrían que ser intensos. Sí hubiese sido su Monina la que se encontrase en esa situación, no habría dudado en recorrer los casi tres kilómetros que les faltaban de recorrido con su novia a cuestas. Pero a pesar de darse cuenta de que el dolor de su exnovia era real, independientemente del efecto escandaloso que produce cualquier gota de sangre, tenía miedo de mostrarse demasiado compasivo hacia ella dado que le producía miedo que su actitud pudiese llegar a ser interpretada de manera equivocada, no solamente por la niña de cabellos naranja, sino también por los demás miembros del grupo, y en especial por su amada Mónica.
–Decidamos qué vamos a hacer, porque ya van a ser las tres y de pronto no demoran en dar vía –le dijo Juan Carlos a sus compañeros, quienes con caras largas por el cansancio, rodeaban a las dos niñas que continuaban sentadas al borde de la carretera.
–Pero deja de afanar que no eres tú el que está mal del pie –le dijo Adriana a Juan Carlos.
–Pero es que si te vas a quedar ahí quejándote todo el día… –dijo Juan Carlos blanqueando los ojos.
–Entonces sigan ustedes… Yo veré qué hago.
–Ahora no te las vengas a tirar de víctima por una raspadita chimba –dijo Juan Carlos.
–Oye, Juanca, pero es que le está saliendo sangre… –intervino Sandra.
–Todos hemos tenido esa clase de problema alguna vez, y en verdad no es para armar semejante película –dijo Juan Carlos.
– ¿Pero por qué te pones así conmigo? –le preguntó Adriana a Juan Carlos.
–Es que tú chillas más que un costalado de pollos.
–Pero es que me está doliendo resto… –dijo Adriana con los ojos aguados.
– ¿Y si esperamos aquí y cuando den paso le decimos a alguien que nos acerque hasta donde está el bus? –propuso Ismael.
–Si no fueron capaces de vendernos una cura, mucho menos van a montar a seis personas, además no sabemos si en realidad den paso a las tres… y tenemos a todo el mundo allá esperando por nosotros –dijo Adriana secándose una lágrima que le rodaba por la mejilla.
–No tanto por nosotros, más bien por este proyecto de almuerzo –dijo Sandra mientras levantaba su bolsa de provisiones.
–Así es, Sandrita, al menos nosotros ya comimos algo, pero toda esa gente aún sigue en dieta –dijo Andrés sonriéndole a su compañera.
– ¿Y tú qué opinas? –le dijo Adriana a Esteban mientras le agarraba la mano.
Al sentir la suavidad de la mano de su compañera, y verla sentada en esa piedra con su linda cara que ahora reflejaba dolor, cansancio, tristeza y rabia, Esteban sintió que no podía retirarle la suya como generalmente lo hacía. Se notaba que necesitaba del apoyo de todos y especialmente del suyo, por encima del de los demás.
–Adri, no sé, ¿en verdad estás muy mal para seguir así?
–Con estos zapatos no puedo seguir, estaba pensando en quitármelos y seguir descalza, pero es que siempre falta bastante…
–Pues inténtalo a ver –dijo Sandra–, total este asfalto no es que sea tan duro.
–Decídanse rápido en todo caso porque parece que se va a venir el agua y yo no me pienso lavar por culpa de nadie –dijo Juan Carlos mientras miraba hacia las nubes que a medida que pasaban los minutos se mostraban más amenazantes y oscuras.
–Bueno, al menos vamos a poder tomar agua lluvia –dijo Ismael sonriendo.
–Listo, no se diga más –dijo Adriana, que sin soltarle la mano a Esteban, usó la otra para quitarse los zapatos, agarrar su bolsa, y ponerse de pie–, arranquemos ya a ver si estamos antes de las ocho en Medellín.
A Sandra lo único que se le ocurrió, al ver que su amiga empezaba a caminar agarrada de la mano de Esteban, fue recogerle los tennis que había dejado al borde de la carretera, sonreírle a Andrés que estaba esperando por ella, y empezar a andar detrás de la persona que, al parecer, había decidido tenerla únicamente como segunda opción.
Cuando empezó a llover, lo primero que hizo Mónica fue echar la cabeza hacia atrás, abrir la boca y tratar de que las gotas cayeran dentro de su boca. Lastimosamente, la lluvia no era lo suficientemente fuerte como para que alcanzara realmente a ayudar a saciar la sed que traía desde tempranas horas. Sin embargo, el agua que estaba mojando su ropa le empezaba a dar una sensación refrescante. Cuando bajó la cabeza y miró a su alrededor, vio cómo varios de sus compañeros estaban haciendo lo mismo, e inclusive cómo algunos de ellos trataban de llenar botellas y toda clase de recipientes. Al cabo de algo menos de cinco minutos, la mayoría decidieron regresar al interior del bus y únicamente Mónica y Patricia se quedaron disfrutando del preciado líquido por un rato más.
–Esas locas van a terminar enfermas si se siguen mojando de esa manera –le dijo Silvia a Arturo mientras observaba, desde la comodidad de su puesto, a las dos amigas que brincaban y jugaban bajo la lluvia como si fuesen niñas de siete años.
–Dejarlas que se refresquen un poco… Toca es que se cambien de ropa apenas decidan regresar al bus.
–Pero don Antonio no se va a bajar a abrirles la bodega de las maletas antes de que escampe…
–Seguro, ya les toca quedarse así un rato hasta que escampe.
–Ojalá lo del derrumbe no se empeore con esto –dijo Silvia.
–Dios quiera, menos mal que no está lloviendo tan duro.
–Mira que ya son las tres y ni dan paso, ni han regresado los que fueron a la tienda.
–Más vale que regresen antes de que den paso, si no, vamos a trancar aquí a todo los otros carros.
–Toca que nos pasen por un ladito porque no los podemos dejar botados –dijo Silvia.
–Lógico –dijo Arturo, y le dio un beso a Silvia.
–Tú ya no estás concentrado en las cosas del grupo… –dijo Silvia con una complaciente sonrisa.
– ¿Pero qué más podemos hacer?, no somos dioses ni súper héroes, entonces mejor nos relajamos, disfrutamos de la mutua compañía, y esperamos a que Adriana y el resto regresen… y que después nos den paso –dijo Arturo cogiéndole la mano a Silvia.
–Tienes razón, pero ojalá consigan algo de comer, si no… graves…
– ¡Qué delicia de agua! –dijo Mónica mientras extendía los brazos hacia arriba y hacia los lados.
– ¡Estamos empapadas!, nos va a tocar llegar así al concierto –dijo Patricia mientras saltaba alrededor de su amiga.
–Vamos a hacer "El Show de las Mojadas"… –dijo Mónica en medio de la risa que compartía con Patricia.
– ¿Sabes una cosa? –dijo Patricia dejando de dar vueltas y mirando fijamente a su amiga.
– ¿Qué cosa?
–Acabo de decidir que a partir de hoy… es más… de esta misma tarde, Andrés va a dejar de ser un hombre soltero.
– ¡Me parece una excelente idea!, ¡Yujuuuu! –gritó Mónica y empezó a dar vueltas alrededor de Patricia.
Adriana no podía contener la risa:
–Estoy mojada hasta los huesos, con hambre, con sed, cansada, descalza en el medio de la nada, teniendo que tocar dentro de cinco horas… Pero todo bien…
Habían caminado más de tres kilómetros y ella y todo su grupo se encontraban totalmente empapados. Aún iba agarrada de la mano de Esteban, quien a su vez estaba convencido que de esa manera le estaba brindando algo de apoyo, debido a la herida que traía en el pie, pero más que todo debido a la discusión que había tenido con Juan Carlos. La lluvia continuaba; los había acompañado durante el último kilómetro de recorrido, pero esto no había sido motivo suficiente para que se detuvieran a buscar refugio. A esas alturas lo único que les importaba a todos era llegar al bus lo más pronto posible, entregar a sus compañeros lo poco que habían podido conseguir, cambiarse de ropa, y poder seguir en su ruta hacia Medellín.
–Yo ya me había dado cuenta de lo linda que eres, pero con ese pelo mojado te ves súper… –le dijo Andrés a Sandra, mientras caminaban de últimos en el grupo, a unos pocos metros de distancia de Esteban y Adriana, quienes a su vez seguían de cerca a Juan Carlos e Ismael.
–Gracias –dijo ella sin poder ocultar una fugaz expresión de timidez.
–Pero con esa cara que pones, parece que nunca te lo hubieran dicho.
–Dos cositas… –dijo Sandra mostrando una pícara sonrisa–, así de mojada, como estoy ahora, no me lo habían dicho, pero sí me habían pasado una toalla… y segundo: eso jamás me lo había dicho alguien tan chusquito como tú…
–Me encanta haber sido el primero… y ojalá pudiera pasarte una toalla para poder invitarte a salir.
–Pero me puedes invitar sin necesidad de la toalla –dijo Sandra mientras reía y ponía su mano sobre el hombro de Andrés–, pero que la invitación incluya alguito de comer, así sean unas papitas fritas.
–Si quieres te llevo al mejor restaurante de Medellín –dijo Andrés.
–Al que sea, con tal de que sirvan alguito de comer… y de tomar, lógicamente.
–Esta noche después de que nos presentemos te llevo a donde quieras.
–De una, lo único es que no vayamos a estar muy cansados –dijo Sandra mientras cambiaba su paquete de provisiones de una mano a la otra.
– ¿Quieres que te ayude con tu bolsa?
–Tranquilo, tú ya tienes suficiente con la tuya.
– ¿Entonces en qué te puedo colaborar? –preguntó Andrés sin ocultar una enorme sonrisa.
–En que mantengas tu promesa para esta noche…
–Menos mal que está lloviendo –dijo Adriana.
–Sí, de una vez quedamos bañaditos y listos para esta noche –comentó Esteban sarcásticamente.
Calculaban que ya deberían estar relativamente cerca al bus. Llevaban algo menos de media hora caminando, y aunque el ritmo era más lento que el que habían llevado en el camino hacia la tienda, creían que no les podían faltar más de veinte minutos de caminata. Esteban y Adriana todavía caminaban en la mitad del grupo, y aunque en varias ocasiones él había tratado de soltarle la mano a su exnovia, ella se lo había impedido con el argumento de que su apoyo continuaba siendo estrictamente necesario. En ese momento, lo único que Esteban sabía era que adoraba a su novia, pero que debido a las extremas circunstancias de la situación, su comportamiento, al igual que el de los demás, se estaba viendo profundamente afectado. Seguramente la falta de alimento y de bebida, de alguna manera no estaba permitiendo que su cerebro lograra ponerle algo de lógica a las cosas. Eso se lo tendría que preguntar a algún psicólogo. Lo que sí tenía muy claro era que si llegaba hasta el bus agarrado de la mano de Adriana, sería el fin de su relación con Mónica, de eso no le cabía la menor duda.
– ¿Y por qué es que te alegra tanto que esté lloviendo?
–Mucho más refrescante, sin tanto calor, y hace que la carretera se sienta más suave para mis piecitos.
–Pero has venido caminando bien, como si no tuvieras ningún problema –dijo Esteban.
–Gracias a tu apoyo, porque no te imaginas lo difícil que hubiese sido regresar desde esa tienda sin tenerte a ti a mi lado –dijo Adriana mientras le apretaba fuertemente la mano.
–Ahora me vas a decir que una persona tan capaz como tú no puede hacer las cosas si no tiene a alguien a su lado…
–Generalmente sí, pero en este caso… no.
– ¿Y qué tiene de especial este caso?
–Parece que no te dieras cuenta de nada…
–Pues sí me doy cuenta de que todos estamos cansados, que no hemos comido casi nada desde anoche, que estamos más mojados que un pescado, y que quien sabe si lleguemos a Medellín a tiempo para el concierto… ah… y que tú estás algo grave de tu pie izquierdo.
–Tengo mucha tensión acumulada, fuera de eso anoche no dormí nada bien en ese bus, y a veces pienso que si a mí no se me ocurren las cosas… a nadie más se le van a ocurrir.
–Pero tienes que fresquiarte, tú no tienes la culpa de nada de lo que está pasando, y además está Arturo que es el director de esto, y también están los demás miembros del comité… no eres tú sola.
–Pero no te digo que a veces parece que a nadie más se le ocurrieran las cosas –dijo Adriana–, y para más piedra viene Juan Carlos a hacerme sentir culpable de que no podíamos regresar rápido, como si no se diera cuenta…
–No le pongas cuidado, yo lo que pienso es que en el fondo al tipo le fascinas y no sabe cómo comportarse.
–Yo que le voy a gustar a ese tipo, si me trata peor que a la muchacha del servicio.
––No sé, a mí me da esa impresión.
––Estás loco, además si eso fuera cierto, el tipo estaría perdiendo su tiempo –dijo Adriana.
––¿Tanto lo detestas?
––No es que lo deteste, es que tú no entiendes… ––dijo Adriana dando un pequeño salto para pasar por encima de unas pequeñas piedras.
––¿No entiendo qué?
–Que yo no quiero andar con nadie que no seas tú –dijo Adriana mirando hacia el piso.
–Yo sí te creo…
– ¿Por qué no me perdonas?
–No es de perdonar, Adri. Mejor dicho, yo ya te perdoné hace rato, y te juro que si yo no estuviera con Mónica… no dudaría un segundo en volver contigo…
– ¿Pero qué tiene ella que no tenga yo?
–Yo no sé, Adri, no sé, tú también eres divina, eres de una personalidad increíble, resto de cualidades… tú y ella… Mejor dicho las dos son insuperables…
– ¿Sabes una cosa? Nunca me voy a cansar de esperarte, y tampoco voy a hacerte daño, ni a ti ni a tu novia.
–Gracias por entender las cosas, tú en realidad vales la pena, ojalá fuera otra la situación.
–Sí, ojalá… Pero mira que ya está escampando, a ver si se me secan un poquito estos jeans que ya están como muy pesados –dijo Adriana mirando hacia el cielo.
–Claro, con toda el agua que han recibido… Menos mal yo sí me vine en bermudas.
–Bueno, mejor te suelto la mano, ya vamos a llegar y no te quiero meter en problemas.
–Gracias nuevamente, Adri, tú eres…, no sé lo que eres, pero gracias en todo caso –dijo Esteban y le dio un beso en la mejilla.