23
Cuando Esteban llegó al lobby, se encontró de frente con Adriana, quien venía saliendo de la oficina. Trató de ignorarla y seguir derecho, pero su exnovia le puso la mano en el brazo y lo detuvo.
–Parece que tu "princesa" se arrepintió, de pronto se dio cuenta de que solo iba a perder su tiempo.
–Parece que fueras la mala de una telenovela, ¿a cómo te pagan la hora por amargarle la vida a los demás? –le dijo Esteban con tono de rabia.
–Si yo no he hecho nada, cariño, inclusive… hasta estaba dispuesta a votar por ella –le respondió Adriana con los ojos muy abiertos y una sonrisa de oreja a oreja.
–No me abras los ojos que no te voy a echar gotas, y deja de decir mentiras, tú serías la última en darle un buen puntaje a Mónica.
–Uno nunca sabe, ¿acaso no dicen por ahí que dizque es una pianista fuera de serie?
–No solo pianista, es sobresaliente en todo, absolutamente todo, lo que tú nunca vas a llegar a ser –dijo Esteban casi que con ira.
Adriana se puso seria, bajó la mirada y se le aguaron los ojos; inclusive le brotó una lágrima que rodó por su mejilla.
–Yo no tengo la culpa de que ella no haya llegado como para que me trates así…
Esteban sintió un poco de remordimiento. En realidad sentía mucha rabia por lo que estaba pasando, pero también tenía los nervios de punta, sentía susto, frustración, pero su exnovia no tenía nada que ver con todo eso. Era una niña linda, de la que había estado muy tragado, y con la que había pasado dos semanas inolvidables. Inclusive habría podido llegar a ser su primer amor si el gringo aquel no se hubiese atravesado. Y seguramente no se merecía ser tratada de esa manera. Lógicamente estaba celosa, se notaba que después de casi dos años no lo había podido superar. Si no estuviera Mónica, podría llegar a existir la posibilidad de volver con ella. Pero su novia existía, era muy real, era muy linda, era espectacular en todo sentido; aunque últimamente lo estuviese poniendo a sufrir mucho más de lo presupuestado.
–Perdóname, Adri, no fue mi intención, es que estoy muy nervioso, en realidad no quise decir eso –y abrazándola le dio un beso en la mejilla por la que aún rodaba una de sus lágrimas.
–Muy bien, señores… y señoritas –dijo Arturo dirigiéndose a todo el grupo–, ahora vamos con la penúltima participante de hoy. Se trata de… –volteó a mirar a Silvia.
–Sandra Vega, violinista y pianista –complementó Silvia.
–Perfecto, como todos los anteriores –dijo mientras dirigía su mirada a Sandra–, tienes un total de quince minutos para tus tres piezas; aprovéchalos… y buena suerte.
Sandra se puso de pie, violín en mano, y se ubicó en la mitad del escenario. Esperó a que las luces se apagaran y cuando todo el estudio quedó a oscuras, con la excepción del spot que la iluminaba solamente a ella, se acercó al micrófono y dijo:
–Buenas tardes… Primero que todo, quiero agradecer a todos ustedes por permitirme estar aquí… pero también quiero darle las gracias a mi amiga Adriana… a quien quiero muchísimo, por haberme avisado acerca de esta audición. He estado practicando mucho todos estos días, y espero que les guste lo que voy a tocar, muchas gracias.
El encanto, la belleza y la vestimenta de Sandra, dejaron a casi todos boquiabiertos. Irradiaba simpatía por todos los poros, su sonrisa era inigualable, la forma como miraba, la manera como se paraba frente al micrófono. Con mucha propiedad puso el violín en su hombro, su quijada sobre la barbada, sonrió una vez más al público, y con un suave movimiento del brazo colocó el arco sobre las cuerdas, lo empezó a mover suavemente, y las notan que brotaron a partir de ese momento hicieron que Adriana se felicitara a si misma por haber tenido la maravillosa idea de invitar a su vieja amiga. En realidad, era todo un espectáculo ver cómo, aplicando un tempo más rápido, transformaba el "Adagio en G menor" de Albinioni en una pieza que irradiaba mucho dinamismo y energía. Se podía apreciar que tenía un dominio absoluto sobre su instrumento. Después de un par de minutos de excepcional presentación del género clásico, saltó a lo folclórico con la interpretación de una pieza de música celta bastante dinámica y divertida, y finalmente decidió terminar, después de cinco minutos de presentación, con algo típico del oeste norteamericano. Según el ambiente que se percibía entre los miembros del grupo, se podría decir que todo estaba definido. Sandra, con la sola presentación en el violín, superaba con creces a cualquiera de los anteriores participantes. Si lo que había hecho Héctor en el escenario era muy bueno, el acto de esta niña había sido excelente. Esteban, al igual que los demás, no le había quitado los ojos de encima. Pensó que la amiga de Adriana era una fuerte, y muy seria competencia para Mónica, si es que su novia aparecía algún día por esos lares y lograba mostrarle al mundo entero todo lo que era capaz de hacer.
Cuando la vio sentarse al piano, pensó que era imposible que esta ojiverde superara a su Monina. Podría ser muy buena en el violín; pero el piano estaba reservado para una sola persona en este mundo, y esa persona se llamaba Mónica Márquez.
Sandra, tal y como lo había hecho antes de empezar su presentación con el violín, se volteó y le dedicó una sonrisa al público. Debido a la oscuridad del recinto no podía distinguir a ninguno de los presentes, pero sabía que gracias al spot que la iluminaba, todos ellos si podían observarla perfectamente. Puso las manos sobre las teclas y arrancó con el conocido tema de rock, "Baba O´Riley" de The Who, acompañando los ritmos que salían del instrumento, con un enérgico movimiento de cabeza de atrás hacia adelante. Parecía que estuviese bailando con el piano, que fuese su parejo preferido; los pies en los pedales, las manos en las teclas, su movimiento de caderas, hombros y cabeza ayudaban a complementar la escena perfecta. Su manejo del instrumento era muy bueno, se notaba que había pasado mucho tiempo practicándolo, y que podía tocarlo tan eficientemente como tocaba el violín.
Fue en ese momento cuando Esteban sintió pasos de animal grande. No sabía si en el piano Sandra sería buena con el género clásico, pero definitivamente en el moderno, no se quedaba atrás. Faltaba ver si su voz era igual, o de pronto algo mejor que lo que había mostrado con el violín y el piano.
Al terminar su segundo acto, Sandra se puso de pie para recibir los aplausos de los que podrían ser sus futuros compañeros. Se desplazó hacia el centro del escenario, y guiada solamente por el spot que se mantenía encima de su figura, agarró el micrófono, le sonrió nuevamente al público, y esperó a que la pista de su canción elegida sonara por los parlantes. Cuando las primeras notas de piano con que empieza "MacArthur Park", de Donna Summer, empezaron a sonar, cerró los ojos, se concentró y algunos segundos después empezó a cantar suavemente sin moverse de su sitio. En el momento en que el ritmo de la canción se aceleró, desprendió el micrófono de su base, empezó a caminar aceleradamente por el escenario, brincó, se arrodilló, se sentó y se volvió a parar, todo esto con la perfección de una bailarina profesional y siempre siguiendo el ritmo de la música.
– ¿Sabías que esta vieja es medio rara? –le susurró Patricia a Andrés, mientras su mirada no se apartaba de la actuación de Sandra.
– ¿Cómo así? –la miró Andrés con los ojos bien abiertos–, semejante vieja tan chusca y tú vienes a levantar chisme ahora… ¿Rara en qué sentido?
–La vi muy abrazadita de Adriana en el baño –dijo Patricia esgrimiendo una pícara sonrisa.
–Si las viejas se viven abrazando, hasta se cogen de la mano para pasar una calle; además esas dos son amigas, Adri fue la que la trajo para la audición.
–Yo sé, pero esto era diferente… la posición en que estaban, ¡ya casi se iban a dar un beso cuando yo entré al baño y las sorprendí!
– ¡No te lo puedo creer! Pero si Adri fue novia de Esteban hace como dos años… Inclusive terminaron porque ella le puso los cachos con un gringo.
–Yo sé, pero tú sabes que la gente cambia con el tiempo.
– ¿Y tú estás segura de lo que viste?
–Totalmente… igual esperemos a ver si se siguen delatando…
–Pues de confirmarse sería una lástima, porque ellas dos son muy bonitas… claro que no tanto como tú –dijo Andrés mientras le rodeaba la cintura con el brazo.
Unos minutos más tarde, Sandra terminó su presentación acostada en el piso, con las piernas apretadas contra el pecho, y los brazos estirados por encima de la cabeza. Casi todos los miembros del grupo se pusieron de pie para aplaudirla, al tiempo que Adriana le sonreía y se regocijaba por la brillante actuación de su amiga.
Al encenderse las luces, Arturo se acercó a Sandra, que ya se había puesto de pie, le dio un abrazo y la felicitó antes de voltearse y dirigirse al resto de asistentes:
–Perfecto, señores… y señoritas, por favor escriban sus puntajes… tómense su tiempo, y luego deposítenlos en la respectiva urna; después vamos a tomarnos un pequeño receso de cinco minutos –concluyó, mientras miraba a Esteban y le guiñaba el ojo.
El joven baterista se acercó hasta la urna y depositó su voto. Le había dado un ocho, aunque sabía que en realidad Sandra merecía un diez. Subió hasta el penúltimo escalón, se sentó, puso los codos sobre las rodillas y sumergió la cara entre las palmas de las manos. Ya había perdido cualquier esperanza de ver a su novia parada en el escenario. Ni siquiera valía la pena regresar al lobby en su búsqueda. Llevaba más de una hora de retraso; pensaba que un trancón no habría podido retrasarla más que quince o veinte minutos. Marcela había confirmado su salida de la casa con tiempo suficiente para llegar al estudio antes de las cuatro de la tarde. La posibilidad de un nuevo s*******o era difícil de creer, debido a que estaba acompañada por dos adultos armados. La única posibilidad que quedaba era la de un posible percance con el carro: que se hubiesen varado, estrellado o pinchado. El tiempo se había agotado, ya se habían presentado los otros cuatro aspirantes; todos ellos muy buenos, con excepción de la primera niña que había dejado mucho que desear en su presentación con el bajo. En cambio la última aspirante había estado por encima de cualquier expectativa, y muy seguramente terminaría reemplazando a Eduardo. Sabía que su Monina la hubiese podido superar, al menos en la parte musical. Tal vez no poseía las habilidades necesarias en materia de expresión corporal; de pronto no hubiese podido correr, brincar, y cantar al mismo tiempo, como lo había hecho la linda niña del atuendo rasta; pero su novia hubiese puesto a pensar muy seriamente a todos los demás acerca de quién debía ser el nuevo m*****o de Los Cuarenta. Tal vez en una próxima audición, cuando algún otro m*****o decidiera dejar el grupo, su novia estaría intentándolo nuevamente; a menos que ya no se encontrara en el país, que estuviera huyendo de los peligros, pero sobre todo de los malos recuerdos; que se encontrara tan lejos de él, que su noviazgo sería simplemente una hermosa experiencia del pasado. No quería mirar a nadie, no quería hablar con nadie, ni siquiera con sus buenos amigos, Andrés y Patricia, y mucho menos con Adriana. Su frustración era total, la tristeza, la rabia y la impotencia lo invadían. Pensaba que se había perdido una gran oportunidad, la de compartir sus mejores momentos con ella, los momentos que dedicaba a la música, al grupo, a crecer haciendo lo que más quería; y por estar sumergido en todos esos pensamientos, cuando la voz de Arturo sonó a través de los parlantes del estudio, aún permanecía con la cabeza agachada entre las manos.
–Muy bien, señores… y señoritas, después de una larga espera, y de haber escuchado a estos cuatro magníficos aspirantes, y siendo las cinco de la tarde y quince minutos… finalmente vamos a tener el gusto de… escuchar a nuestra última participante, pianista y arpista ella… por favor démosle la bienvenida a… Mónica Márquez…
Esteban levantó la mirada, no lo podía creer, ¿se trataba de una alucinación?, ¿o era realidad? Parada en la mitad del escenario estaba su Monina, tan linda y espectacular como siempre, vistiendo un traje color crema ceñido al cuerpo, que le llegaba a los tobillos, mirándolo directamente a los ojos con una tímida sonrisa. Se puso de pie y mientras le correspondía con una tierna sonrisa, se le escurrió una lágrima. Alcanzó a bajar un par de niveles antes de que las luces se apagaran y se vio obligado a sentarse en el primer lugar que encontró.
Mónica se posicionó detrás del arpa, tomó el micrófono con las dos manos y se dirigió a los miembros del grupo.
–Buenas tardes a todos, qué pena haber llegado a esta hora, les pido que me disculpen, en realidad no fue mi intención, fue algo de fuerza mayor –puso el micrófono en la base, inclinó la cabeza hacia atrás como mirando al cielo, se quedó en esa posición por tres segundos, y cuando volvió a bajarla sus manos se encontraron con las cuerdas del arpa. Para sorpresa de Esteban, su novia no arrancó con los ritmos paraguayos y mucho menos con el piano. Había preferido iniciar con el popurrí de ritmos llaneros que había estado practicando la tarde anterior. Tal vez por la amplificación a través de los parlantes, o por la emoción que sentía en ese momento, Esteban pensó que lo que su novia tocaba se oía y se sentía diez veces mejor a como lo había escuchado en la sala del piano. Nuevamente la fluidez en los movimientos de los brazos y las manos eran más que sorprendentes. Pensó que si entre los asistentes había alguna persona a quien no lo le gustara la música llanera, a partir de ese momento iba empezar a amarla. Se notaba la transformación en el rostro de su Monina; de cómo había pasado de una sonrisa tensa y nerviosa, a una genuina expresión de alegría y tranquilidad. No miraba las cuerdas del arpa, sus ojos recorrían la oscuridad del estudio, y en ellos se podían apreciar los sentimientos de paz y felicidad que la invadían. Solo volvió a fijar su mirada en el instrumento en el breve instante en que, sutilmente, abandonó los ritmos llaneros para adentrarse en las melodías del arpa paraguaya. Su rápida y alegre versión de "Pájaro Campana", le dejó ver a los treinta y nueve miembros del grupo, y a los otros cuatro aspirantes presentes en el estudio, que el talento musical de esta hermosa niña estaba por encima de cualquier cosa vista anteriormente. Y para subir aún más el nivel, concluyó su primera presentación con su inigualable versión de "Pájaro Chogüi", momento en el que la gran mayoría de los asistentes no esperaron hasta el final de la melodía para ponerse de pie y empezar a aplaudir.
Mónica se apartó del arpa en medio de los aplausos, hizo una venia de agradecimiento, y se acomodó en la butaca del piano. Colocó las manos sobre las teclas, pero antes de empezar a tocar volvió a echar su cabeza para atrás, tal y como lo había hecho antes de empezar su presentación con el arpa; miró hacía el techo del estudio por unos breves instantes, e inició su acto con la versión para piano de "Pompa y circunstancia" de Edward William Elgar. La fuerza que le imprimía a sus movimientos le daban un toque aún más categórico y ceremonioso a la ya de por sí selecta y refinada pieza del famoso compositor británico. Su mirada no se apartaba de las teclas, pero mantenía esa dulce sonrisa que, a esas alturas de su presentación, ya tenía a la mayoría de los hombres del grupo totalmente maravillados. Y con una alegre mirada al público, decidió pasar de lo ceremonioso a lo divertido, con la sutil transición que hizo hacia el ritmo caribeño de la composición de Moisés Simons, "El manisero", seguida por la interpretación de "El bodeguero" del compositor cubano Richard Egües. Concentrada en el movimiento de sus manos, volteó a mirar a su público y alcanzó a distinguir, en medio de la oscuridad reinante, como la mayoría de los asistentes había abandonado sus puestos y se encontraban bailando al ritmo del sensacional jazz latino que sus prodigiosas manos estaban produciendo. Sorprendida por el éxito que estaba teniendo, decidió acelerar el tempo de la composición, y no tardó en darse cuenta de que ella misma había perdido la formalidad de su postura, y se encontraba casi que bailando sobre la butaca.
Esteban, parado sobre su puesto, seguía el ritmo de la música dando pequeños pasos hacia adelante y hacia atrás, todavía sin salir de su asombro. ¿En qué momento había llegado su novia?, ¿qué le había sucedido para haber llegado así de tarde?, ¿por dónde había entrado al estudio?, ¿por qué no lo había saludado antes de iniciar su presentación? Eran todas preguntas que quedaban para más tarde; por el momento lo importante era que su Monina estaba realizando una audición impecable.
Juan Carlos, que se encontraba parado al lado suyo le preguntó:
–Oiga, maestro, ¿usted de dónde sacó esa novia?, ¡se ganó la lotería!
–Me la presentó una amiga en el bazar del colegio –respondió Esteban con una sonrisa.
–Va a tocar que invite a esos bazares –rio Juan Carlos.
–Seguro, cuando quiera…
–En serio lo felicito, esa pelada está divina, ¡y qué manera de tocar ese piano!
–Gracias, hombre, se nota que ha estado practicando, ¿o no?
Mónica terminó su presentación en el piano bajo una extensa ronda de aplausos, la cual no paró hasta minutos después de haberse levantado de la butaca y haber caminado hasta el centro del escenario. Hizo una venia, tomó el micrófono con las dos manos y cerró los ojos hasta el momento en que escucho, a través del sistema de sonido del estudio, las primeras notas de la pista de "I will survive" de Gloria Gaynor. Segundos después, con una voz impecable y con un inglés perfecto pronunció las palabras: "At first, I was afraid, I was petrified"–, y continuó cantando el resto de la canción que había escogido para su tercer acto, mientras caminaba por todo el escenario tratando de llevar el ritmo de la música a través de sus movimientos. No tenía la agilidad de Sandra, pero su voz y su tono eran impecables, y su belleza, junto con la dulzura que irradiaban sus ojos, más la expresión de su rostro, dejaron hipnotizados a todos los que se encontraban en el estudio. Terminó su presentación con la cabeza inclinada hacia atrás, los pies empinados, y los brazos rectos y estirados hacia arriba, bajo una calurosa y emocionada ronda de aplausos.
Al encenderse las luces, Esteban descendió rápidamente los escalones que lo separaban del escenario y corrió a abrazar a su novia. En el momento en que la sintió entre sus brazos, y percibió el aroma de su perfume, fue cuando realmente se dio cuenta de que no se trataba de un sueño ni de una alucinación; de que su preciosa Monina en realidad estaba junto a él, y que acababa de hacer una inigualable presentación para los treinta y nueve miembros del grupo Los Cuarenta.
–Me siento muy orgulloso de tener esta clase de aspirantes tan talentosos, felicitaciones Mónica – le dijo Arturo, y después se dirigió a todos los miembros del grupo––, por favor escriban su puntaje, y como siempre, deposítenlo en la urna para poder proceder con el conteo.
Esteban tomó a Mónica de la mano y la llevó hacia la parte superior del estudio. Cuando llegaron al lobby la abrazó nuevamente y le dio un tierno y prolongado beso. Después de algo más de un minuto, y de manera intempestiva, se separó de ella.
–¡Monina, espérame aquí, tengo que ir a votar por ti!, ya vengo –y salió corriendo rumbo a la puerta que daba hacia el interior del estudio.
Mónica se quedó sola y lo único que se le ocurrió hacer fue sonreírles a sus dos guardaespaldas, los cuales se encontraban parados frente a la puerta que daba hacia la calle. De pronto sintió pasos a sus espaldas y al voltearse se encontró de frente con Andrés y Patricia.
– ¡Moni, te felicito, estuviste genial! –exclamó Andrés con una amplia sonrisa.
– ¿Genial?, yo diría ¡espectacular! –dijo Patricia.
–Ya votamos por ti, tienes que quedar en el grupo –dijo Andrés, dueño de una amplia sonrisa.
Mónica se limitaba a sonreír y a tratar de agradecerles con la sonrisa.
–Te pusimos la máxima puntuación, diez sobre diez, yo estoy súper segura que vas a ganarle a todos –dijo Patricia.
–Es que te lo mereces, fuiste la mejor, inclusive mejor que Sandra, yo creo que esto ya está definido a tu favor –dijo Andrés.
–Mil gracias… ya me hicieron poner roja con tanto halago –dijo Mónica con una tímida sonrisa.
– ¿Pero si te acuerdas de nosotros?, ¿verdad? –preguntó Andrés mientras le pasaba el brazo por encima del hombro a Patricia.
–Me acuerdo bien de ti, tú eres Andrés, amigo de Esteban, pero de ti… –dijo Mónica dirigiéndose a Patricia–, no estoy muy segura…
–Patricia, Patricia Ulloa, yo sí me acuerdo de ti… tu eres la novia de Esteban –dijo Patricia extendiéndole la mano.
–Yo si te había visto aquí, cuando vine a ver unos ensayos hace como… dos meses, pero no me acordaba de tu nombre –dijo Mónica mientras le estrechaba la mano a Patricia.
– ¿Y ya estás lista para viajar a Cali? –preguntó Andrés.
– ¡Estoy más que lista!, pero esperemos a ver qué pasa –respondió Mónica.
–La verdad, al menos para nosotros, tú fuiste la mejor, si al caso la que pasó antes de ti te podría competirte un poco, y hasta de pronto Héctor, pero el resto nada que ver –dijo Patricia.
–Sí, eso está entre ti, Sandra y Héctor, fueron los tres mejores –añadió Andrés.
Esteban regresó al lobby, y al encontrar a su novia reunida con sus dos amigos, pensó que la serie de preguntas que tenía que formularle iban a tener que esperar para más tarde.
–Ya están acabando de votar, ¿ustedes ya fueron? –le preguntó Esteban a sus dos amigos.
–Fuimos los primeros en darle diez puntos a esta linda niña –contestó Andrés.
–Nene, perdóname por haberme demorado –dijo Mónica mientras le cogía la mano a su novio.
–Esteban ya estaba con los pelos parados, todo estresado porque tú no llegabas –dijo Patricia.
–Sí, me imagino, yo estaba peor, es que imagínense que nos pinchamos como a cinco cuadras de aquí, y cuando el conductor fue a cambiar la llanta…
– ¡La llanta de repuesto estaba pinchada! –intervino Andrés con anticipación.
–Ojalá… ¡qué les parece que no había llanta de repuesto!
– ¡Uy, tenaz! –dijo Patricia–, ¿y entonces qué hicieron?
–Pues Jaime, el conductor, tuvo que coger un taxi y llevarse la llanta hasta una bomba en la séptima para que la despincharan, y se demoró un montón por allá.
–Claro, me imagino… con todos esos trancones –comentó Andrés.
– ¡Ay, amor! –dijo Mónica dirigiéndose a Esteban–, yo miraba el reloj y este Jaime nada que regresaba, y entonces le dije a Orlando, mi gua… o sea, el señor que me acompaña, que nos viniéramos caminado, que estábamos cerquita, pero él dijo que no, que por seguridad me tenía que quedar dentro del carro, que esas eran las órdenes de mi papá; y yo con esos nervios… pensando que no iba a alcanzar.
– ¿Y al fin qué hiciste, Monina? –preguntó Esteban.
–Nene, yo rogándole a Orlando para que nos viniéramos entonces en un taxi o algo así, pero él me decía que no podía dejar el carro solo, que tenía que esperar a Jaime…
–Mejor dicho no te daban ninguna opción… –comentó Esteban moviendo su cabeza para los dos lados.
–No, mi nene, yo ya estaba casi que llorando, yo miraba el reloj y ya eran como las cuatro y media, y se suponía que tenía que estar aquí a las cuatro por tarde.
– ¿Y al fin apareció el chofer con la llanta o qué hiciste? –preguntó Patricia.
–Sí, como faltando veinte para las cinco llegó, cambiaron la llanta súper rápido y nos vinimos.
En ese momento los interrumpió Melissa, quien apareció en la puerta que daba al estudio.
–Que por favor todo el mundo regrese, manda a decir Mr. Director, que ya casi tienen los resultados de los puntajes.
Adriana no sabía qué hacer. La competencia había sido bastante reñida. Por un lado estaba Héctor con su maravillosa voz y su destacado desempeño en la marimba y la batería; y por el otro lado, la sobresaliente presentación que había hecho la noviecita de Esteban. Al principio se le habían notado un poco los nervios, pero después había puesto a bailar a todo el mundo. Los dos primeros que habían pasado eran buenos, pero no estaban a la altura de los tres últimos. Pensaba que su querida amiga, la carismática Sandra, había sido la mejor, pero era consciente de que eso no sería suficiente. La cara de dulzura e inocencia de Mónica, sumado a que era una hermosa niña, eran armas muy fuertes para convencer a gran parte de los miembros del grupo, principalmente a los hombres. Y si algún día quería volver a tener a Esteban a su lado, el hecho de tener a su novia en Los Cuarenta lo haría casi que imposible. Pensó que para elegir al nuevo m*****o no se utilizaba el sistema de conteo de una elección de políticos, en la que se podían cambiar los resultados y cometer toda clase de fraudes. Además, aunque en ese momento Esteban la estuviera percibiendo como la mala del paseo, ella sabía sobre sí misma que era una persona recta y honesta, y que el hecho de haber cometido un error al haber salido con el gringo de intercambio, no la convertía en la bruja mala, dispuesta a hacer lo que fuera necesario con el fin de conseguir sus objetivos. Lo último que quería, era repetir el típico papel de la mala de las telenovelas mexicanas o venezolanas, en las que esa clase de personajes nunca salían triunfantes, y por el contrario, terminaban ganándose el desprecio del protagonista. Tal vez lo mejor era jugar a ser la niña buena, además porque a la hora de la verdad, ella se sentía buena. Se había dado cuenta de que Esteban andaba con una niña buena, que ese ere el estilo de mujer que le gustaba, entonces lo mejor sería volverse más buena que la niña buena. Pero también estaba Sandra. ¿Qué iba a pasar con ella? ¿La había usado?, ¿la había manipulado? Pensaba que en realidad no lo había hecho. Se sentía muy bien por haberla traído a la audición, era una música fuera de serie y por encima de todo, se merecía esta oportunidad, y era ella la que se la estaba brindando. Si entraba al grupo en lugar de Mónica, le facilitaría las cosas con Esteban, pero al mismo tiempo tendría a una amiga que en realidad quería ser más que eso, más que una simple amiga. ¿Podría ella llegar a volverse como Sandra? Se dio cuenta de que sentía cierta atracción por ella, era una niña muy atractiva, ¿pero hasta qué punto podía llegar esa atracción? Recordó que hasta hace poco tiempo, Sandra había estado tragada de algunos hombres de su colegio y de su barrio, y que de un momento a otro había cambiado, y que por esa razón había terminado alejándose de ella. Pero el día que la había vuelto a ver, para contarle sobre la audición, había sentido algo diferente, algo raro. Ya no era esa repulsión que la había llevado a alejarse de ella, era todo lo contrario, era cierta atracción, cierta admiración hacía la belleza de su amiga, pero no solo hacia su belleza, sino también hacia su personalidad, su forma de ser, y para acabar de completar, por su llamativa forma de actuar en el escenario, por su admirable forma de sentir la música.
–Bueno, señores… y señoritas –les dijo Arturo a todos los aspirantes–, ha sido una excelente audición, los felicito a todos, se nota que hicieron su mejor esfuerzo. Nos gustaría tener cupo para todos ustedes, pero lamentablemente, y como ustedes ya lo saben, el día de hoy solo disponemos de una plaza por llenar. Todos ustedes son muy talentosos y si esta vez no se les da, estoy seguro que en un futuro no muy lejano llegarán a ser parte de este grupo.