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2520 Palabras
40 Faltaban pocos minutos para las seis de la tarde y la gran mayoría estaban sentados en sus respectivos puestos. Aunque la temperatura había descendido con el final del día que se acercaba, el clima seguía siendo agradable, más no para los miembros del grupo que debido a la falta de suficiente alimento, no tenían las calorías necesarias para que sus cuerpos se pudiesen sentir confortables, lo que los obligó a buscar refugio en el interior del bus. –Nene, me siento súper mal contigo. Esteban, que se encontraba dormitando, abrió los ojos, miró a su novia y le agarró la mano. – ¿Por qué, Monina? –Porque me tomé toda la gaseosa que me trajiste. –Pues para eso era… –Sí, pero yo tuve doble ración gracias a ese señor del tracto mula, y tú que venías todo cansado no tomaste nada… –Es que yo ya había tomado mi parte allá en la tienda. –Yo sé, pero igual te tocó caminar de regreso y yo no te di ni un sorbito. –Tranquila, Monina, igual con la lluvia me pude refrescar bastante. – ¿Me perdonas? –dijo Mónica con cara de ternero degollado. Esteban la abrazó fuertemente y la llenó de picos. –No hay nada que perdonar, amor, la idea es que tú salieras de tu estado de deshidratación. –Gracias, mi nene, lo que trajiste me ayudó muchísimo. –Monina, yo no voy a dejar que te pase nada malo en este viaje. –Yo tampoco voy a dejar que te pase nada malo a ti –dijo Mónica antes de abrazarlo y darle un tierno beso. En la parte delantera del bus, Adriana se encontraba sentada sobre el apoya brazos del puesto ubicado al otro lado del pasillo del puesto de Arturo. –Ya está empezando a oscurecer y esto no se quiere mover –le dijo Adriana al director. –Según los amigos de Carlos Mario, ya en cualquier momento deben dar paso. –La verdad, no creo que alcancemos a llegar puntuales. –Ya no, pero igual no pasa nada si empezamos la presentación un poquito más tarde. –Arturo, en las condiciones en que nos encontramos todos no creo que podamos presentarnos –dijo Adriana. – ¿Qué quieres decir? –preguntó Arturo con gesto de preocupación. –Yo creo que es obligatorio parar en algún lado a comer y a tomar algo. –Pero no tenemos el tiempo, Adri. Adriana se puso de pie y con un tono algo más fuerte dijo: –¿Es que tú no entiendes que si salimos a tocar en estas condiciones no vamos a durar más de media canción antes de que alguien se desmaye? –Mira, si paramos en un restaurante o algo así vamos a perder por lo menos cuarenta y cinco minutos. –Y si no paramos vamos a perder a varios miembros por desmayo colectivo. – ¿Entonces qué quieres exactamente que hagamos? –preguntó Arturo. –Se me ocurre que para agilizar, podemos parar en alguna parte a comprar algo, pero que nadie se baje del bus, solo tres o cuatro personas que pidan rápido para todo el mundo. –No sé, igual sería bastante demorado…, es que somos demasiados. – ¿Tú si estás pensando, Arturo? –Adri, si no llegamos a esa bendita plaza de toros nos van a clavar la cláusula de cumplimiento y ahí sí jodidos todos…, ya de por si vamos a llegar tarde… –Pero es que tú estás pensando más en el tal contrato que en tus compañeros–, Adriana se frenó de seguir hablando al escuchar el ruido de unos motores. Se volteó para mirar a través del parabrisas y vio a dos policías en sus respectivas motos que pasaban lentamente, con su mirada enfocada, primero en el bus, y luego en el tracto mula de Carlos Mario. –Parece que este es –le dijo uno de los policías a su compañero mientras señalaba con la mano el bus de Los Cuarenta. El que había hablado se bajó de la moto y caminó hasta la puerta del bus, la encontró abierta y subió la escalerilla hasta quedar al lado del puesto del conductor. –Buenas tardes, ¿este es el bus de Los Cuarenta? –le preguntó el policía a Adriana, que era la persona que estaba más cerca de la puerta en ese momento. –Sí, señor agente, nosotros somos Los Cuarenta. –Buenas tardes, señor agente, yo soy Arturo Cañón, director del grupo, ¿en qué le podemos ayudar? –dijo Arturo poniéndose de pie. –Buenas tardes, don Arturo, el señor Rodolfo Gómez solicitó que los escoltáramos hasta la plaza de toros de Medellín, entonces necesito que por favor el conductor encienda el motor y nos siga. – ¿Y ya van a dar paso? –preguntó Arturo con una sonrisa que se le salía de la cara. –Sí, señor, ya en cinco minutos, entonces para que nos rinda necesito que cojamos inmediatamente el carril en contravía hasta el sitio del derrumbe, aprovechando que los demás vehículos siguen parados, y de ahí para arriba va a ser rapidito por lo que está todo despejado. – ¿Entonces vamos a ser los primeros en pasar? –preguntó Adriana. –Sí, señorita, pero tenemos que arrancar ahora mismo. – ¡Ay, gracias, señor!, no sabe todo lo que llevamos esperando este momento –le dijo Adriana al policía, quien sorpresivamente se vio abrazado por ella. – ¿Y cómo hizo para descubrir que este era nuestro bus? –le preguntó Arturo al policía. –Por la placa del tracto mula que está aquí atrás, me dijeron que ustedes estaban justo delante. –Menos mal a Rodolfo se le ocurrió hacer esto –dijo Arturo– – ¿Y cuánto nos demoramos hasta allá, señor? –preguntó Adriana. –Un poquito más de dos horas, pero arrancando ya, antes de que den paso y se nos atraviese todo el mundo. –Entonces hacerle –dijo don Antonio mientras ponía el motor en marcha y el policía descendía rápidamente del bus. No se alcanzaron ni a despedir de Carlos Mario. Ante la sorpresa de la gente que estaba en los alrededores, el bus de Los Cuarenta arrancó detrás de las motos de la policía invadiendo el carril contrario. Y aunque todos los jóvenes músicos se encontraban cansados y sin mayores fuerzas, la algarabía, los chiflidos y los aplausos invadieron todos los espacios. Con el bus en movimiento, Adriana buscó el puesto que había venido ocupando durante toda la jornada, al lado de Sandra, pero se encontró con la sorpresa de que este ya se encontraba ocupado por Andrés, quien compartía animadamente con la niña de los ojos verdes. –Te veo bastante cómodo –le dijo Adriana a Andrés. –Qué pena contigo, Adri, pero presiento que te figuró sentarte en el que era mi puesto –dijo Andrés. – ¿Y eso como en qué parte es? –dijo Adriana mirando hacia la parte trasera del bus. –Penúltima fila, costado derecho, ahí en donde está una pelada mona, o sea rubia, para mayor claridad… ––dijo Andrés sin poder frenar una expresiva sonrisa. –Veo que estás de muy buen humor. – ¿Y quién no lo va a estar si por fin nos movemos después de casi doce horas de trancón? – ¡Ay, Adri, qué pena! –dijo Sandra. –Tranquilos –dijo Adriana sonriendo–, yo me iré a sentar en dónde el destino lo disponga. Al sentarse al lado de Patricia, Adriana no tardó en darse cuenta que la linda rubia, que permanecía con la mirada clavada en la ventana, no estaba pasando por su mejor momento. Inclusive, ni siquiera había volteado a mirar en el momento en que ella se había sentado. Pensó que lo mejor era dejarla en paz y más bien tratar de entablar conversación con Esteban y Mónica, quienes se encontraban al otro lado del pasillo. –Casi no salimos de esta… –Seguro… ¿y a qué debemos el honor de tenerte por aquí? –dijo Esteban. –Resulta que cogieron mi puesto… –dijo Adriana. – ¿Quién?, ¿Andrés? –preguntó Mónica. –Así es, ahora andan de compinches… –dijo Adriana volteando a mirar a Patricia, que seguía con la mirada enfocada en la ventana. –Eso sí está como raro… –dijo Mónica. – ¿Por qué raro? –preguntó Esteban. –No…, por nada, supongo que se hicieron amigos cuando ustedes fueron hasta la tienda –dijo Mónica. –Bueno, pero de ahí no puede pasar eso –de repente dijo Patricia mientras se volteaba a mirarlos. – ¡Resucitaste! –dijo Adriana volteando a mirar a Patricia. – ¿Y por qué no puede pasar de ahí? –preguntó Esteban. Mónica y Patricia se miraron fijamente mientras Adriana miraba a Esteban. –Yo pensé que tú eras mi amigo –le dijo Patricia a Esteban. –Pati, yo soy tú amigo, solo estoy preguntando por qué dices que eso no puede pasar de ahí… –dijo Esteban. –Oigan, yo creo que nos estamos metiendo en algo que no nos corresponde –dijo Adriana–, yo creo que eso es problema de ellos. –Pero también es de Patricia –dijo Mónica. –Bueno, pueda que sea de ellos tres, pero el resto no tenemos nada que ver ahí. –dijo Adriana. –Adri, yo no estaría tan segura de eso –dijo Patricia clavándole la mirada a Adriana. – ¿Tú que quieres decir con eso? –preguntó Adriana. –Pues… tú eres la que trajo a Sandra al grupo… –dijo Patricia. –Tienes razón, pero yo no le estoy diciendo a ella con quien se debe meter y con quién no –dijo Adriana. –Mejor dicho…, tú sabes lo que yo quiero decir, pero no lo voy a decir delante de todo el mundo –dijo Patricia. Esteban, haciendo una mueca y levantando los hombros volteó a mirar a su novia. –Mira –le dijo Silvia a Arturo, estamos pasando el Alto de Minas. –Sí, otro de los famosos premios de montaña del ciclismo colombiano. –Yo no sé cómo hacen esos tipos para subir esto en bicicleta…, y con ese frio. –Amor, yo creo que a ellos no les hace frio con todo ese ejercicio que vienen haciendo –dijo Arturo. – ¿Amor? –preguntó Silvia sonriendo. – ¿Qué? ¿No te puedo decir amor? – ¿Eso quiere decir que esto es en serio? –Para mí sí, ¿y para ti? –preguntó Arturo. –Para mí también –respondió Silvia, se recostó contra su nuevo novio y lo besó. –Tú besas rico, amor, lo que me hace acordar que tengo un filo –dijo Arturo. – ¿Y qué tiene que ver lo uno con lo otro? –Que me siento tan bien contigo…, entonces veo que lo único que me hace falta en este momento es comer alguito –dijo Arturo. –Tú eres muy cómico; pero bueno, yo también tengo hambre. –Es que no sé qué hacer, tenemos el tiempo justo para llegar a la presentación, así sea con casi una hora de retraso, pero todo el mundo está muy cansado y con hambre, entonces no sé si deberíamos parar en algún sitio como dice Adriana. –Pero igual los policías van adelante y tocaría avisarles de alguna manera para que también paren. –Amor, el problema no son los policías, es el tiempo… –El tiempo… y la energía del grupo, que creo que está por el piso. Faltaban diez minutos para las ocho de la noche y el bus se aproximaba a la población de La Estrella. Después de pasar el sitio del derrumbe, el tráfico había estado relativamente fluido y la colaboración de las motos de la policía permitía que nada ni nadie se atravesara en su camino. Lentamente el cansancio y agotamiento de los miembros del grupo se iba transformando en ansiedad a medida que se acercaba la hora de la presentación. –… y el día en que cumplí cinco años llegó mi tío Luis y me regaló un tiple –le estaba contando Andrés a Sandra. – ¿Y entonces, básicamente, ese fue tu primer instrumento? –Sí, Sandrita, y como no se lo podía dejar por ahí agarrando polvo, mi mamá me metió a clases de tiple en una academia que quedaba como a tres cuadras de mi casa. –Bueno, al menos te quedaba cerca –dijo Sandra. –Sí, la muchacha del servicio me llevaba todas las tardes, de cinco a seis, me acuerdo… – ¿Y de ahí fue que pasaste al conservatorio? –Exacto, había un profesor ahí que le dijo a mi mamá que yo tenía mucha aptitud para la música, que me llevara al conservatorio de la Nacional, que había que aprovechar mi talento desde temprana edad y que tales… –Menos mal ese profe se dio cuenta… –Sí, y pues ya en el conservatorio empecé con la guitarra y el saxofón, primero la guitarra y como un año después con el saxofón. – ¿Y qué pasó con el tiple? –También seguí por los laditos, pero me concentraba más en los otros dos, además porque después empecé con lo del canto, entonces ya casi no me quedaba tiempo para nada. –Mejor dicho, andabas súper ocupado –dijo Sandra. –Demasiado, y a parte estaba el colegio…, pero bueno, todo eso hizo posible que Juan me escogiera para el grupo. – ¿Él daba clases en el conservatorio, verdad? –Sí, con él empecé en la parte del manejo de la voz. – ¡Súper!, qué suerte la tuya haber estado ahí –opinó ella. –Supongo que sí… –dijo Andrés mientras observaba los lindos ojos de su amiga. Ella le sonrió y leyendo el pensamiento de su vecino de puesto le dijo: –Tú también tienes unos lindos ojos verdes. –Gracias…, sabes que…, me fascinaría que estuvieras siempre en el grupo –dijo Andrés. –A mí también, aunque esto ha sido tan accidentado, pero siento que este es mi lugar. –Toca hacer todo lo que sea necesario para que te quedes. –Voy a poner todo de mí esta noche, vas a ver… –Ojalá te vaya súper bien… ¿y al fin en cuántas piezas vas a participar? –Por ahora solamente en tres, la de "Souvenirs" con Mónica, Adriana y Patricia…, Arturo quiere que cante "Mc Arthur Park", que fue la que canté en la audición, y que esté en el violín con "Siembra" de Rubén Blades. – ¡Buenísimo!, todas esas son poderosas…, yo estoy en los coros de "Siembra", al menos vamos juntos en una. – ¿No estás en las otras dos? –No, desafortunadamente la música disco no hace mucho uso del tiple –dijo Andrés mientras los dos soltaban la carcajada.
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