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Esteban abrió el closet, sacó su maletín rojo y empezó a llenarlo con la ropa que iba a llevar a Medellín. Habían pasado dos años desde su última visita a esa ciudad, durante un paseo familiar que había incluido también a Manizales y Pereira. Aunque no hacía tanto calor como en Cali, pensó que en el momento del concierto lo mejor sería llevar algo fresco, sobre todo si iba a estar la mayor parte del tiempo en la batería.
Eran las cinco de la tarde, lo que le daba una hora antes de que Mónica pasara a recogerlo, en compañía de Jaime, para dirigirse hacia el aeropuerto. Pensaba que era bastante conveniente tener una novia con chofer a su disposición. De lo contrario hubiese tenido que coger un taxi o arreglárselas de alguna otra manera, ya que sus padres trabajaban hasta las últimas horas de la tarde y les quedaba imposible hacerle ese favor. Cuando oyó sonar el teléfono, pensó que se trataría de Mónica avisándole que ya estaba a punto de salir hacia su casa. Al agarrar el auricular y escuchar la voz de Adriana, pensó que su exnovia no se iba a detener por nada en su intento de reconquistarlo.
–Hola, Adri, ¿qué me cuentas?
– ¡Tenaz!, imagínate que los pilotos de la aerolínea entraron en huelga hoy al medio día… –dijo Adriana al otro lado de la línea.
– ¿Cómo así?
–Pues que no hay vuelos, los cancelaron todos.
– ¿Y si cambiamos de aerolínea?
–Arturo y Silvia ya trataron, pero no hay suficientes cupos; somos cincuenta y tres personas, contando tres papás, la gente de sonido y luces, y eso que algunos ya arrancaron en los camiones con los equipos…
–Qué embarrada, pero si tenemos que estar en Medellín mañana por la tarde…
–Yo sé, pero nada que hacer, toca vernos todos en el estudio dentro de una hora, la idea es irnos por tierra –dijo Adriana.
– ¿Por tierra?
–No hay de otra, mira, ayúdame a avisarle a tu "princesa" y a Andrés y Patricia. Te dejo porque me toca seguir llamando gente, a las seis y media nos vemos, besos…
A esa hora llovía sobre Bogotá. Los cuarenta miembros del grupo, tres papás que los acompañaban, y diez miembros del equipo de luces y sonido se encontraban reunidos en el interior del estudio. El desorden reinaba gracias a que todos estaban rodeados de maletas, maletines, morrales y estuches.
–Señores… y señoritas… no hay de otra –dijo Arturo dirigiéndose a todos–, nos toca viajar por tierra, no se sabe cuánto va a durar la huelga de pilotos y necesitamos estar allá mañana al medio día para las pruebas de sonido.
–Ya debe venir para acá el bus que se contrató para llevarnos hasta Medellín –dijo Silvia–. Tiene un cupo para cuarenta y un personas, eso quiere decir que solo uno de los papás va a viajar con nosotros. A los otros dos papás, y a los diez miembros del equipo de luces y sonido logramos conseguirles cupo en Aerocóndor para mañana a las siete de la mañana; la idea es que ellos lleguen antes para que le ayuden a la gente de los camiones con todo lo del montaje.
– ¿Y cuánto se demora el viaje? –preguntó Andrés.
–Si nos va bien, deberíamos estar llegando mañana temprano, son más o menos doce horas de carretera –dijo Silvia, a lo que siguieron comentarios y cuchicheos en voz baja.
–Siempre es demorado… –dijo Esteban.
––Tranquilo… tú vas bien acompañado, eso se te pasa en par boleones –bromeó Carolina provocando la risa de todos.
–Es que nos toca bajar hasta Ibagué, pasar el alto de La Línea, después Armenia, Pereira y Manizales… –dijo Arturo.
–Debería haber una ruta más directa… –dijo Juan Carlos.
––Y debería haber gente menos cansona en este grupo –dijo Adriana mirando a Juan Carlos.
– ¿Y queda muy difícil aplazar ese concierto, Mr. Director? –preguntó Melissa.
–Imposible, Meli, tenemos firmado un contrato con una póliza de cumplimiento. Si no nos presentamos mañana en la noche en Medellín… podemos irnos despidiendo de todo –dijo Arturo.
– ¿Cómo así despidiendo de todo? –preguntó Patricia.
–Nos aplicarían la póliza y el grupo tendría que pagar un poco de plata… Básicamente nos quedaríamos sin un peso y además tendríamos que entregar este estudio –dijo Arturo, a lo que siguieron cuchicheos y expresiones de alarma.
–No tenemos otra opción, toca subirse a ese bus apenas llegue –dijo Sergio.
– ¿Y dónde está el empresario?, ¿él ya está enterado de todo esto? –preguntó Esteban.
–Sí, él está en Medellín desde anteayer cuadrando todo, yo hablé con él hace como una hora –respondió Arturo.
– ¿Y él qué dice? –preguntó Juan Carlos.
–Que en Silvania podemos parar a comer –dijo Silvia, comentario seguido por una carcajada general.
Eran las seis y media de la tarde cuando el bus último modelo, de colores verde y blanco, apareció frente al estudio de Los Cuarenta. En medio de la lluvia, y con el desorden propio de las cosas improvisadas, todos los integrantes del grupo, más el papá de Melissa, abordaron el único medio de transporte que garantizaba tenerlos en Medellín a tiempo para el concierto. Podrían dormir en el bus y llegar al hotel a descansar hasta la hora del almuerzo. A las dos de la tarde tendrían que estar en la plaza de toros La Macarena para realizar las pruebas de sonido. El concierto estaba programado para las ocho de la noche y las quince mil entradas se habían vendido en su totalidad.
Esteban y Mónica se acomodaron en la penúltima fila del bus, y Andrés y Patricia se ubicaron cerca de ellos al otro lado del pasillo. Algunos usaban sus estéreos personales mientras que otros charlaban animadamente y algunos más trataban de dormir. En la salida de Bogotá, Arturo, que iba en la parte delantera conversando con el papá de Melissa, se puso de pie y le avisó a todo el grupo que tal y como lo había sugerido Rodolfo, se iban a detener en Silvania a comer algo. Pasaron por el Alto de Rosas y cuando empezaron a descender hacia Silvania eran las ocho y diez de la noche.
–Otra vez mi mamá me volvió a salvar la vida –dijo Mónica, que llevaba la cabeza recostada contra el hombro de su novio.
– ¿Y esta vez por qué? –dijo Esteban.
–Apenas se enteraron de que nos teníamos que venir por tierra, mi papá puso el grito en el cielo.
–Sí me imaginé que algo así podía pasar.
–Empezó con la perorata de siempre… que la inseguridad, que los bandoleros, que bla, bla, bla…
–Yo a la larga lo entiendo, pobre… se preocupa por su "princesita" –dijo Esteban dándole un pico en la mejilla.
–Yo sé, ¿pero te imaginas si no? Pues yo no hubiera venido…
–Sí… a veces pienso que estamos madurando biches…
– ¿Tú crees?
–Sí, Monina… Nosotros con todos estos compromisos de gente grande, viajando, haciendo planes sin tener en cuenta lo que dicen nuestros papás, ganando plata en esto, tomando decisiones importantes…
–Tienes razón, lo que pasa es que yo siempre he pensado… bueno, no siempre… pero desde que entré al grupo he pensado que esto es para gente especial, o sea, aquí todos somos casi que súper dotados, no digo que seamos los más inteligentes, ni los genios, pero lo que estamos haciendo con la música, eso no lo hace cualquiera…
–Yo lo sé, Monina…
–Si tú miras esos grupos juveniles de tipos… muy famosos y todo pero… ¿qué son ellos?
–Son cantantes –dijo Esteban.
–Sí, puede que sean cantantes, pero te apuesto a que muchos de ellos no tocan ni un solo instrumento, y mucho menos dos o tres como lo hace todo el mundo aquí en este bus.
–Pero son niños bonitos con buena voz…
–Sí, son divinos, pero no tienen la educación musical que todos tenemos aquí –dijo Mónica–. Te apuesto a que en unos años la mayoría de ellos no va a seguir con la música, por ahí van a terminar de actores o presentadores de noticias.
–En realidad no sé qué tanto sepan de música…
–Si supieran algo no saldrían simplemente cantando y bailando.
–El saber cantar es parte de todo esto, Monina.
–Claro que lo es, nene, pero en serio que yo dudo que esos tipos hayan estado metidos en el cuento de la música desde los cinco años. Todos los que estamos aquí hemos pasado por conservatorios, clases particulares, en el colegio, hemos vivido toda la vida con esto.
–Yo sé, estar en este grupo no es para cualquiera, toca saber mucho de música, y de inglés también para poder cantar todo lo que hacemos de rock y disco, pero en verdad no sabemos nada sobre la educación musical de esos piscos… Solo sabemos que cantan y que son exitosos.
–Sí, son súper exitosos, pero yo creo que si supieran algo de música al menos saldrían tocando un instrumento durante sus presentaciones…
–En eso puedes tener razón, mi Monina linda –dijo Esteban abrazándola y dándole un largo beso.
Ya había parado de llover en el momento en que se detuvieron para cenar en un restaurante de carretera a la entrada de la población de Silvania. La mayoría de las tiendas alrededor del restaurante se encontraban llenas de hombres que disfrutaban de cerveza o aguardiente. No había sido fácil para Antonio, el rechoncho conductor del bus, encontrar un lugar adecuado que pudiera atender a las cuarenta y una personas que estaba transportando. Dado que en ese momento eran las nueve de la noche, el sitio escogido no ofrecía gran variedad en el menú. Se tuvieron que conformar con la sopa del día, y un plato de arroz con una pequeña presa de pollo dorado y papas a la francesa. Muchos aprovecharon para ir al baño dado que Arturo había advertido que no se detendrían nuevamente durante el resto de la noche. "Si nos va bien, antes de las ocho de la mañana tenemos que estar entrando a Medellín", había dicho Antonio mientras disfrutaba de su plato de sopa de pasta.
–Este arroz está delicioso, igualito a como lo hacía una empleada que tuvo mi mamá hace como un año –dijo Mónica, que se encontraba compartiendo mesa con Esteban, Andrés, Patricia y Sandra.
–Menos mal había pollo –dijo Sandra–, porque yo no como nada de carnes rojas.
–Yo con que me llene el estómago quedo contento –dijo Andrés.
– ¿Por qué no comes carnes rojas? –le preguntó Patricia a Sandra.
–Te suben el ácido úrico.
–Pero eso le pasa es a los viejos –dijo Esteban riendo.
–Toca empezar a cuidarse desde joven… –dijo Sandra sonriendo.
–Eso es verdad, nene, si no entonces llegas a los treinta con una panza más grande que la de don Antonio –dijo Mónica.
–Cosa peligrosa… –dijo Andrés.
–Bueno, niños, vamos terminando que ya toca que nos subamos al bus, acuérdense que el camino es culebrero –dijo Adriana al pasar caminando junto a la mesa.
–Aquí ya no dejan disfrutar de la comida gourmet –bromeó Mónica mientras se levantaba de su puesto.
–Va a tocar que me empaquen lo que me quedó de sopa en una bolsa –dijo Patricia, a lo que todos respondieron con una carcajada.
Eran cerca de las diez de la noche en el momento en el que el bus volvió a encontrarse sobre la carretera. A Esteban le gustaba escuchar los cambios en el sonido del motor a medida que don Antonio metía los cambios necesarios para impulsar al vehículo, esto con el fin de lograr la suficiente fuerza para a****r el ascenso hacia la población de Fusagasugá. Era casi como una canción de cuna que lo hacía relajar y soltar los músculos. Al mismo tiempo se entretenía observando por la ventana las estrellas que en ese momento inundaban el firmamento. A su vez, Mónica, con la cabeza apoyada en sus muslos, empezaba a entrar en las primeras etapas del sueño. Al otro lado del pasillo, Andrés no apartaba la mirada del lindo rostro de Patricia.
–Andresillo, mil gracias nuevamente por ese préstamo –dijo Patricia.
–No es un préstamo, ya te lo dije, es un obsequio… como un regalo de cumpleaños adelantado.
–Pero apenas estamos en noviembre y yo cumplo en junio.
–Entonces tómalo como un adelanto de la navidad.
–En verdad que me salvaste… y que todo esto me está salvando. Lo que nos dieron de Bogotá, más lo de Cali, más lo tuyo.
–Me alegra que las cosas estén mejorando –dijo Andrés con una sonrisa.
–Mi mamá se puso feliz…
– ¿Y tú papá qué dijo?
–También, aunque disimula porque en el fondo le da pena, por aquello de que él es el desempleado.
–Claro, el orgullo herido… o algo así…
–Es que no es fácil, no hace más que pasar hojas de vida y no le sale nada.
–Sí, dicen que la cosa cada vez se pone más dura –dijo Andrés.
–Yo, mientras pueda ayudarlos… mientras pueda estar aquí…
–Me gusta tú forma de pensar, no eres la típica adolescente egocéntrica.
–Es que la adversidad te va madurando, no hay de otra –dijo Patricia mirando por la ventana.
–Eso es verdad… y cuenta conmigo para todo lo que quieras.
–Gracias –dijo Patricia mientras le cogía la mano a su amigo por dos segundos y se la volvía a soltar–. Pero nunca me contaste por qué no hiciste el saludo en el concierto de Cali.
–Me quedé sin aire, básicamente fue eso –dijo Andrés mientras volteaba a mirar a Mónica y Esteban, quienes sentados al otro lado del pasillo, ya se encontraban dormidos.
– ¿Cómo así?, ¿te falló la respiración?
–Sí, yo creo que la emoción de la canción, y ese calor tan salvaje… entonces sentí que no podía hablar, y mucho menos a diez y ocho mil personas…
–Pero es que también tu pinta no ayudaba, con jean y camisa de manga larga, ¿no estabas cocinado?
–Un poco, en verdad no pensé que fuera a hacer tanto calor. A mí cuando me hablan de calor pienso en la costa, o en Melgar o algo así… pero no pensé que Cali fuera tan caliente.
–Para la próxima toca que te pongas tus pantaloncitos calientes –dijo Patricia riendo.
–Espero que no sea así de caliente en Medellín…
–No creo, se supone que es más frio.
– ¿Entonces me puedo poner mi camisa de manga larga otra vez? –dijo Andrés sonriendo.
–Si quieres que tengamos Andrés al horno para la comida…
Los que todavía estaban despiertos a la media noche se dieron cuenta del momento en el que el bus pasaba por El Espinal. A partir de ese punto empezaron un leve ascenso de la cordillera en busca de la ciudad de Ibagué. Adriana, sentada en la tercera fila del bus, al lado de Sandra, ladeó la cabeza hacia el lado del pasillo para lograr tener una vista frontal de la carretera a través del parabrisas. No tenía sueño y se entretenía observando la forma en que don Antonio agarraba las curvas, aceleraba en las rectas y metía la palanca de cambios en los momentos en que era requerido. Mientras tanto, Sandra, sentada en el puesto de la ventana, escuchaba los éxitos de Bob Marley a través de sus audífonos. Tenía los ojos cerrados pero no dormía, sus dedos, tamborileando contra sus rodillas, llevaban el ritmo de la música mientras meneaba la cabeza contra el respaldo de la silla.
–Me gustó mucho tu idea para esa canción –dijo Adriana volteándose a mirar a su amiga.
Sandra, quitándose los audífonos preguntó:
–¿Qué dijiste?
–Que genial tu idea de que cantemos juntas esa canción…
–Si uno llega a algún lado debe ser para aportar –dijo Sandra.
–Eso sí, pero con tu sola presencia aportas mucho…
–No sé si ya te lo había dicho, pero gracias por haberme traído.
–No fui yo, fue la audición que tú hiciste la que hizo que te llamaran.
–Pero tú me llamaste.
–Sí, pero porque te habías ganado el puesto y porque era lo más lógico que yo te llamara, ¿o hubieras preferido que te llamara Mónica?
– ¿Celosa? –dijo Sandra con una sonrisa.
–Solo faltaría que la "princesa" también se me atravesara en esto…
– ¿En esto?
–En… en nuestro cuento… –dijo Adriana.
Sandra se arrodilló en su silla para quedar más alta, miró primero hacia adelante y luego hacia la parte trasera del bus. A excepción de Arturo y el papá de Melissa, quienes conversaban en el primer puesto, situado detrás de la puerta de acceso, parecía que el resto de la gente dormía o por lo menos llevaban los ojos cerrados.
– ¿Y qué exactamente se puede decir que es nuestro cuento?
– ¿No es lo que tú quieres? –preguntó Adriana.
–Lógico… solo es que tú te definas…
– ¿Que me defina?, ¿en qué sentido?
–En todos…
–Es decir… ¿tú lo dices por lo de Esteban?
–Por lo de Esteban y por lo otro…
– ¿Por lo otro?, es decir… ¿que supuestamente me gusten las mujeres?
–Algo así… –dijo Sandra.
–A mí no me gustan las mujeres, solo me gustas tú.
– ¿Solo yo?, eso está extraño…
–En serio. Por ejemplo, mira a Mónica, a Patricia o a Luisa, todas lindas, divinas, pero ninguna de ellas me produce un mal pensamiento, bueno… solo Mónica que me produce el mal pensamiento de quererla estrangular…
–En cambio a mí, Mónica me produce todos los malos pensamientos que tú quieras… pero tú me gustas más, tú tienes algo tan especial… –dijo Sandra con una sonrisa.
–Entonces yo no sé qué seré, me fascinan los hombres… y me fascinas tú… pero las demás mujeres… nada que ver.
–Con todo lo extraño que eso suena, igual te tienes que definir, Esteban o yo…
–Esteban está agarrado… por la que te produce todos los malos pensamientos.
–Sí, pero no te preocupes, ella sí está muy definida en todos los sentidos, su Esteban, los hombres, y absolutamente nada más –dijo Sandra.
–Pero si ella no fuera así, ¿le caerías?
–Esos son pensamientos inútiles… no sacamos nada suponiendo cosas que no son. Ella es muy linda, pero no está interesada en las mujeres, y ya.
–Supongo…
–Mira, yo sé que esto no es nada fácil, no te voy a presionar para nada, tú piensa las cosas y me cuentas. Yo mientras tanto me la estoy gozando aquí, siento que esto es lo mío, ojalá me pueda quedar en el grupo, seguir con este cuento de la música, aprovechar para aprender todo lo que pueda, y si por ahí algo contigo se puede dar, sería muy lindo… pero mientras tanto no me voy a preocupar… mucho.
–Me fascina que seas así de comprensiva.
–Cuando uno es así le toca volverse comprensiva, toca aguantar mucho, tapar mucho, entender mucho… y ceder mucho.
–Y tú me gustas mucho –dijo Adriana dándole un pico en los labios.
–Tómalo con calma, y cuando sepas bien lo que quieres… me invitas a una malteada y me cuentas.
–Así será –dijo Adriana exhibiendo una amplia sonrisa.