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2344 Palabras
52          Al igual que veinticuatro horas antes, la luna se mostraba redonda y brillante sobre las montañas del Valle de Aburrá, acompañada por miles de estrellas que presentaban un espectacular cuadro  que hubiese sido el deleite de cualquier astrónomo. La piscina del hotel ya se había cerrado, pero eso no fue impedimento para que Esteban, Mónica, Andrés y Sandra decidieran sentarse en las sillas bronceadoras a disfrutar del fresco de la noche. Llevaban un poco más de cinco minutos apreciando la tranquilidad que una noche de domingo podía ofrecer, y hasta ese momento el común denominador entre las dos jóvenes parejas había sido el silencio que finalmente fue roto por las palabras de la niña de los ojos verdes.      –Dicen que cada uno de nosotros tiene su propia estrella.      –Pues con tantas que se están viendo esta noche, eso no me extrañaría –dijo Andrés sin apartar la mirada de lo que él pensaba eran Las Tres Marías.      – ¿Y qué puede uno hacer con esa estrella? –preguntó Esteban.      –Agradecer que la puede ver… –respondió Mónica.      –Hay muchas noches en que no las podemos ver, sobre todo en ciudades como Bogotá que siempre están nubladas –dijo Sandra.      –O hay veces que ni siquiera podemos salir a verlas… –dijo Mónica fijándose en las que se encontraban más cerca de la luna.      –Es que con ese frio de Bogotá, quién se va a poner en estas… –dijo Andrés.      –A veces no importa el frio, a veces lo único que importa es tener la libertad de poder salir a admirar algo como esto… –dijo Mónica.      –Yo creo que hoy tenemos que agradecer el privilegio que tenemos de estar aquí y de poder hacerlo… –dijo Esteban con su mirada fija en la estrella más brillante de la parte norte del firmamento.      –Ustedes tres son privilegiados…, la semana entrante van a estar en Cartagena en tremendo concierto, nuevamente…, mirando las estrellas, nuevamente… –dijo Sandra con la mirada concentrada en la luna.      –Y teniendo que hablar con periodistas estúpidos, nuevamente… –dijo Mónica.      –No estás obligada a hablar con ninguno de ellos –dijo Esteban volteándose a mirarla. Estaba acostada en la silla bronceadora en posición totalmente horizontal con los brazos cruzados debajo de la cabeza a manera de almohada, con una pierna estirada y la otra recogida. Aunque los faroles que rodeaban la piscina ya se habían apagado, las luces que llegaban de las ventanas de las habitaciones permitían que Esteban alcanzara a ver la perfecta figura de su novia, que, vistiendo un vestido azul ceñido a la cintura, dejaba apreciar el lindo color de sus piernas y sus brazos, los cuales poco a poco retomaban su tono natural después de haber pasado por un mes de poca luz y peor alimentación.      –Yo sé, pero como dicen que es lo mejor para tratar de promocionar el grupo –dijo Mónica.      –Pero hay treinta y nueve personas más que pueden hacer lo mismo –opinó Esteban, todavía con la mirada fija en su novia, quien a su vez no dejaba de apreciar el estrellado cielo de Medellín.      –Pero no todos van a tener el mismo efecto sobre la gente –intervino Sandra.      –En eso tiene razón Sandrita, la atracción que ejerce Mónica sobre la gente casi que no se puede comparar con lo que puede hacer algún otro m*****o del grupo –dijo Andrés.      –Pero antes de que ella llegara había gente que lo estaba haciendo… –dijo Esteban.      –Pero el grupo está creciendo, ya son otras dimensiones, ya no estamos hablando de los conciertos de mil quinientas personas en el Royal Plaza –dijo Andrés.      –Yo sé…, yo lo único que quiero es que no vuelvan a pasar cosas como las de anoche –dijo Esteban.      –Eso no va a volver a pasar –intervino Mónica.      –Es que no puede volver a pasar, absolutamente nada de lo que sucedió anoche puede volver a pasar –dijo Esteban.      –Tampoco todo, anoche pasaron cosas muy bonitas, y eso por no mencionar lo que fue el concierto –dijo Sandra mientras jugaba con las manillas de su mano izquierda.      –Sí…, anoche fue muy especial… –dijo Andrés tratando de encontrar nuevas constelaciones.      –Oye, Sandra, ¿tú cómo te sientes con el grupo? –preguntó Mónica.      – ¿Que cómo me siento con el grupo? Creo que me siento demasiado bien… ¿por qué preguntas?      –No sé, es que creo que tú deberías ser parte de Los Cuarenta todo el tiempo…, no solo por este concierto… –dijo Mónica.      –Gracias, Moni, yo daría lo que fuera por eso…      –Tampoco digas lo que fuera… –dijo Mónica.      –Bueno…, es un decir, pero sí me sentiría realizada.      –Pero no todo en el mundo es estar en este grupo… –dijo Mónica mirando nuevamente a las estrellas.      –Te noto como melancólica –le dijo Andrés a Mónica.      – ¿En serio? De pronto solo estoy cansada…      –Monina…, acompáñame porfa hasta mi cuarto que tengo que mirar una cosa –dijo Esteban mientras se ponía de pie.      – ¿Tiene que ser ahora? –preguntó Mónica torciendo la boca.      –Si quieres… –dijo Esteban mirándola a los ojos.      –No pueden ver a un pobre acomodado –dijo Mónica levantándose de su silla y calzándose las sandalias.      –Ahora venimos, no vayan a hacer nada malo en nuestra ausencia –dijo Esteban mientras agarraba de la mano a su novia.      – ¿Malo? –preguntó Sandra–, todo lo contrario, todo lo que vamos a hacer va a ser bueno…      Cuando quedaron solos, Sandra se paró de su silla y pasó a sentarse al lado de Andrés. Le cogió la mano y le dio un pico en los labios.      – ¿Cómo te has sentido? ––le preguntó.      – ¿Yo? Bien, algo más tranquilo después de tanto jaleo… –le respondió Andrés.      – ¡Qué bueno! Pero hoy te vi mirando todo el tiempo a Patricia…      – ¿En serio? –dijo él mirándola de reojo.      –Sí, en serio –dijo Sandra acariciándole el brazo.      –Es que no es fácil… –dijo Andrés.      –Yo te entiendo…, yo también me la pasé mirando mucho a Adri, se veía divina con ese conjuntico verde…, le contrasta bien con ese pelo –dijo Sandra.      –Sí, se veía linda… Como siempre.      – ¿Nunca te ha gustado?      –Sí me llamó un poquito la atención cuando arrancamos con el grupo, pero como ya sabes, ella se cuadró con Esteban…      – ¿Solo te llamó la atención un poquito?      –Sí, el pelo cobrizo no es de mis preferencias –dijo Andrés sonriendo–, sin embargo, tiene una cara muy linda.      –A mí sí me fascina ese color, de pronto un día me lo pinto así.      –Tú te ves perfecta con tu pelo, en cambio si te pones a experimentar con colores extraños quién sabe si te queden bien –dijo Andrés jugando con el pelo de su novia.      –Puede ser, no sé… –dijo ella con una leve sonrisa.      –Entonces hoy la pinta de Adri te tenía desconcentrada…      – ¿La pinta de Adri?, ¡ah!, sí, sí, totalmente…, y a ti la de Patricia…      –La que usó en el tour por la ciudad no tanto, pero la que tenía esta noche en el comedor… ¡Impresionante!      –Sí, muy bonita… y ella también te estaba mirando mucho…      – ¿En el comedor?      –Todo el día, y en el comedor también… –dijo Sandra.      –Estaban como peleados Mónica y Esteban… –dijo Andrés.      –No me cambies de tema…, sí los vi como mal, pero hablemos de nosotros, no de ellos.      – ¿Y qué quieres que hablemos de nosotros? –preguntó Andrés.      –Pienso que lo de anoche fue lindo, inolvidable… –dijo Sandra con su linda sonrisa.      –Pero… –interrumpió Andrés exhibiendo una pequeña mueca.      –Pero yo creo que ninguno de los dos está muy seguro de esto… –dijo Sandra acomodándose los anillos de la mano derecha.      – ¿Lo dices por lo de las miradas?      –Sí, yo anoche en ese balcón, estando contigo, me sentí tan, pero tan bien, y aquí sentada junto a ti lo sigo sintiendo…, pero igual hay dos cosas…      – ¿Dos cosas?      –Sí…, yo sé que la traga que uno ha tenido por alguien durante largo tiempo no se va a pasar de un día para otro, y en realidad yo creo que tú estás como en esa posición.  Yo sé que tú llevabas mucho tiempo detrás de Patricia, y pues ahora ella como que te quiere dar la oportunidad, según lo que ha dicho y ha hecho en estas últimas horas…, entonces eso es lo primero…, y lo segundo…, supongo que se trata de Adri. Yo hoy la veía por ahí y no le podía despegar la mirada…, y no se me hace justo tenerte a ti como plan B… ¿sí me entiendes? –acabó de decir Sandra mordiéndose el labio.      –Sí, te entiendo perfectamente –dijo Andrés mientras se le aguaban los ojos–, lo que pasa es que yo también te quería hablar de eso…, y es como si tú me hubieras leído la mente…      –No te leí la mente, pero te leí los ojos –dijo Sandra mirándolo fijamente.      –Tú me gustas mucho, es en serio…, pero no he podido sacar a Patricia de mi mente, es como tener el corazón dividido en dos…      –Yo te entiendo, porque a mí me pasa lo mismo…, pero no quiero que tú te pierdas la oportunidad de cuadrarte con ella solo por andar con alguien como yo… –dijo ella mientras le consentía la cabeza.      – ¿Alguien como tú?, eres la mujer casi perfecta…      –Pero todo esto va en contra de la naturaleza, de mi naturaleza por lo menos, y no quiero que mañana o pasado mañana yo me levante y ya no te quiera ver más, y para más piedra te haya hecho perder tu oportunidad con Patricia o que yo termine perdiendo cualquier chance que pueda llegar a tener con Adri…      – ¿Entonces esto terminaría siendo uno de los noviazgos más cortos en la historia del ser humano?      –Ni siquiera veinticuatro horas, apenas van a ser las diez –dijo Sandra mirando su reloj.      –Lástima, hubiéramos podido llegar a ser una linda pareja.      –Yo sé…, de pronto más adelante, si logramos alejar esos fantasmas que nos están rodeando…      –No sé qué decir…, ni qué pensar…, tú eres tan especial… –dijo Andrés acariciándole la oreja.      –No digas nada…, ni pienses nada…, solo dame un último beso y ya –dijo ella antes de besarlo en los labios.      Al apartarse se quedaron en un silencio que fue interrumpido por el murmullo de voces provenientes de la puerta que daba hacia el interior del hotel. Pocos segundos después vieron a Arturo acompañado de Silvia, Adriana, Ismael y Sergio que caminaban en dirección hacia ellos.      –El comité en pleno –le dijo Andrés a la que ahora se había convertido en su exnovia.      –Hola, señor y señorita…, los estábamos buscando hace rato –dijo Arturo con su acostumbrada sonrisa.      –No pensamos que estuvieran aquí, como esto ya está cerrado –dijo Adriana mientras se sentaba al borde de una de las sillas bronceadoras.      –Estábamos dedicados a la astronomía –bromeó Andrés.      –Esto está mejor que el observatorio de Arica –dijo Sergio mirando hacia el cielo.      –Atmósfera bastante romántica –dijo Silvia sonriéndole a su novio.      –Ni mandada a hacer… –comentó el director del grupo.      –Parece noche chocoana…, miles y miles de estrellas –dijo Ismael.      – ¿Y a qué debemos su agradable aparición? Señores…, y señoritas –preguntó Sandra imitando la manera y el tono de hablar que usualmente usaba Arturo.      –A que te figuró alistar tu bikini para Cartagena –le respondió Adriana mostrando su blanca sonrisa.      – ¿En serio? ¿Y es que Luisa tampoco va a estar en ese concierto?      –No sabemos si va a estar o no, seguramente que sí, pero … –dijo Arturo mirando a todos los del comité con una leve sonrisa y luego a Sandra directo a los ojos–, te queríamos decir…, o mejor dicho, te queremos decir que a partir de hoy te has convertido en la m*****o número cuarenta y uno de Los Cuarenta.      – ¿Cómo así? –dijo Sandra abriendo los ojos.      –Tal y como lo oyes, amiga –dijo Adriana–, ahora haces parte del grupo, ya no como reemplazo ni nada de eso, sino como m*****o permanente.      – ¡No, ustedes me están tomando del pelo!      –Generalmente no nos reunimos todos los del comité para tomar del pelo –dijo Ismael–, eso lo hacemos de manera individual.      –Así que bienvenida al grupo –dijo Silvia.      –Alguien con tanto talento no se podía quedar por fuera… –adhirió Sergio.      – ¡No lo puedo creer! –dijo Sandra abalanzándose sobre Andrés para darle un pico en la mejilla y después sobre Adriana para darle un muy fuerte abrazo.      –Y tranquila, de ahora en adelante todos los viajes los vamos a hacer en avión, ya no vas a tener que volver a caminar ocho kilómetros en busca de provisiones –dijo Ismael con una sonrisa que brillaba en la oscuridad.      –Así me toque irme caminado hasta Cartagena, o hasta la Patagonia… ¡Esto es lo mejor que me ha pasado en toda mi vida! –dijo Sandra antes de que decidiera ponerse de pie, salir corriendo y echarse vestida a la piscina que ya a esa hora se encontraba fuera de servicio.    
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