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4398 Palabras
25 "Llamada para abordar vuelo Aerovías Nacionales número 925 con destino Cali, señores pasajeros favor pasar a abordar el avión HK 1401 por el muelle nacional, puerta número cuatro", se escuchó a través de los parlantes del aeropuerto. En los corredores reinaba el desorden. Los cuarenta jóvenes músicos, acompañados por tres de sus padres, se encontraban rodeados de maletas, maletines y de toda clase y tamaño de estuches que contenían instrumentos musicales. Aunque eran las siete de la noche y hacía frío, todos vestían ropas coloridas y livianas, recomendadas para su uso en climas cálidos, gafas oscuras, sandalias, cachuchas y sombreros, con la excepción de Arturo, quien mantenía su pinta de jeans oscuros y camisa negra de manga larga. Pasar desapercibidos entre los muchos pasajeros que a esa hora se encontraban en el terminal aéreo era imposible, y no faltó el niño o la jovencita que se acercaran a pedirle un autógrafo a alguno de los miembros de Los Cuarenta. Entre el director, Silvia, Ismael y Adriana se habían encargado de organizar a todo el grupo y de entregarle a cada m*****o su respectivo pasaje. Cuando escucharon el llamado para abordar, agarraron todas sus pertenencias y en un coordinado desorden, se apresuraron a pasar por la puerta de embarque. Para algunos de ellos, era la primera vez que se montaban en un avión, y no escondían los nervios ni la emoción que esta nueva experiencia les brindaba. Para algunos otros, como Esteban y Mónica, con más experiencia en las lides del transporte aéreo, significaba el comienzo de una nueva etapa, de un mundo que se abría ante sus ojos, y que gracias a su esfuerzo, pero también a su buena suerte, iban a tener la oportunidad de vivirlo y experimentarlo el uno al lado del otro. El avión despegó con la puntualidad que rara vez se veía en este tipo de transporte. Mónica, mirando por la ventanilla observaba cómo las luces de la ciudad se hacían cada vez más pequeñas y distantes, como su casa, su colegio, y el estudio del grupo iban quedando atrás, y recordó lo difícil que había sido el convencer a su padre de que la dejasen viajar sin la compañía de guardaespaldas alguno. "Acabas de salir de una horrible experiencia, y ya quieres andar por ahí sola como si no hubiese pasado nada", le había dicho su papá la noche en que fue escogida como la nueva integrante de Los Cuarenta. Su mamá había sido más comprensiva y en últimas había tenido la suficiente influencia para que, ni Jaime ni Orlando, sus habituales guardaespaldas, estuviesen sentados al lado suyo en ese momento, ocupando el lugar de su querido novio. Esteban, que después de varios días finalmente lograba sentirse tranquilo, no le soltaba la mano a su novia y recordaba los pocos ensayos que ella había tenido con el grupo antes de montarse en este avión con rumbo a su primer concierto. En la tarde que había sido elegida, Arturo le había dicho a Mónica que se encargara del piano. El ensayo había sido relativamente corto y se había centrado en la práctica de dos piezas del género salsa, y una de rock norteamericano. A pesar del cansancio acumulado debido al esfuerzo realizado durante la audición, Mónica no tuvo ningún problema con las partituras y estuvo a la altura de las circunstancias. Al día siguiente, en un ensayo un poco más prolongado, la volvieron a poner en su instrumento favorito, y el grupo se concentró en el repaso de piezas de los géneros disco y rock. Inclusive hubo un momento en el que Arturo le susurró al oído que si Patricia no lograba sacar adelante la canción "Hot Stuff" de Donna Summer, le daría la oportunidad a ella para que la interpretara en el concierto de Cali, pero afortunadamente para su nueva amiga, las cosas se le habían dado hacia el final de la tarde y había logrado perfeccionar su interpretación de aquella pieza. Adriana se paró de su silla, le pidió permiso a Melissa para pasar hacia el corredor de la aeronave, y se dirigió hacia la parte delantera con la idea de pedirle a una de las azafatas una pastilla para su dolor de cabeza. En el momento en que se estaba tomando la pepa, encontrándose de pie al lado de la cocineta del avión, Patricia salió de uno de los baños y se encontraron frente a frente. – ¿Te sientes mal, Adri? –preguntó Patricia, su entrecejo arrugado. –Tranquila, me duele un poquito la cabeza, por los nervios me imagino… – ¿Te da miedo volar? –preguntó Patricia. –No…, la verdad no, yo he volado muchas veces. – ¿Y entonces? –preguntó Patricia subiendo una de sus cejas. –Es que mi amiga se quedó muy triste… ––dijo Adriana torciendo los labios. – ¿Te refieres a Sandra? –Sí, quedó re mal, ella estaba muy ilusionada con este cuento… –Pobre, me imagino… pero igual quedó en la banca, como dice Arturito, y en cualquier momento entra al grupo. –Y tú si crees que con lo bien que nos está empezando a ir… ¿alguien se quiera salir? –Que se quieran salir… pues no, pero como siempre surgen cosas de fuerza mayor… –Sí, supongo que tocará esperar a que ese milagro ocurra –dijo Adriana bajando la mirada–, pero me siento súper mal por ella… Yo fui la que la trajo a la audición, le dije que era la mejor, que su presentación había estado súper… que seguro iba a estar conmigo en este viaje… ella estaba muy ilusionada… – ¿A ti te gusta ella, verdad? –preguntó Patricia mientras le dirigía una mirada comprensiva. – ¿A mí?, no sé por qué dices eso… a mí me gusta es Esteban…, al igual que a ti, al igual que a Mónica… en este maldito avión a todas nos gusta ese tipo –respondió Adriana con expresión desesperada. Patricia se sorprendió al oír las palabras de Adriana; no sabía que alguna persona en el grupo, aparte de Andrés, supiera que a ella le gustaba Esteban. –Esteban es diez puntos en todo, Adri, pero él ya está agarrado… y yo por lo menos ya lo estoy empezando a ver como a un amigo. – ¿Cómo a un amigo?, los amigos no sirven para nada… o por lo menos los churros, ¿yo qué saco teniendo a Esteban como amigo? Además tú al menos tienes a Andrés, que es otro churro… y que está botando la baba por ti. –Andresito es divino, pero tengo que mirar a ver qué hago… –comentó Patricia con una sonrisa maliciosa. –No te las vayas a tirar de artista porque por ahí va y te quedas sin el pan y sin el queso... –No sé, me toca analizarlo bien. –Y mientras tanto Mónica feliz, tiene al más churro de todos, entró al grupo que tiene más futuro en este país, y fuera de eso, como que en la audición se hizo amiga de Sandra… está hecha –dijo Adriana torciendo la boca. –Ni creas, puede estar feliz con Esteban, pero esa vieja tiene su trauma… – ¿Trauma?, ¿cómo así?, ¿qué trauma? –dijo Adriana subiendo las cejas. –No sé exactamente; a ella le pasó algo antes de entrar a Los Cuarenta, algo complicado, creo que hace poco… Andrés sabe qué es, pero no me lo ha querido contar. –Pues algo malo tenía que tener la niña… Anda con el tipo que todas queremos, es talentosa como ninguna, y divina por donde la miren… –Mmm, ¿entonces en serio no te gusta Sandra? Adriana no contestó y se quedó mirándola fijamente a los ojos hasta que fueron interrumpidas por las palabras de la azafata que se escucharon a través de los parlantes: "Damas y caballeros, estamos próximos a aterrizar en el aeropuerto internacional Palmaseca de la ciudad de Cali; favor regresar a sus asientos, abrocharse su cinturón de seguridad, poner el asiento en posición vertical, y no fumar. La hora local, las ocho y veinticinco minutos, la temperatura es de veintiocho grados. Les agradecemos su preferencia por volar con nosotros y esperamos volver a verlos en una próxima oportunidad". Adriana y Sandra no tuvieron más remedio que seguir las órdenes y regresar a sus respectivos asientos. – ¡Bienvenidos a la Sultana del Valle! –dijo el empresario, un hombre gordo y de muchas sonrisas, de alrededor de unos treinta y cinco años, mientras le daba un abrazo a Arturo y se dirigía a los demás mostrando su perfecta dentadura–. ¿Qué tal el vuelo? –Sin quejas. Salimos a tiempo, el avión casi no se movió, un vuelo muy tranquilo, todo el mundo feliz... –contestó Arturo, que peleaba con el empresario a ver cuál de los dos tenía la mejor sonrisa. – ¡Genial!, les cuento que los camiones con todo lo de ustedes llegaron al medio día y ya se está montando todo en el coliseo; para mañana temprano ya debe estar todo listo. – ¿Señor Rodolfo, sí llegaron los tres camiones al tiempo? –intervino Silvia mientras usaba su pava como abanico debido a la alta temperatura que reinaba en el aeropuerto–, porque me decían por radioteléfono que uno de ellos se había pinchado. –Sí, pero los otros pararon a ayudarle, y afortunadamente estuvieron aquí muy puntuales –dijo el empresario sin abandonar su contagiosa sonrisa. –Perfecto, siempre estaba un poquito nerviosa con ese tema –dijo Silvia sin parar de mover su pava. –No hay de qué preocuparse… –en ese momento el empresario se fijó en Mónica, que estaba en la parte de atrás del grupo–. ¡Caramba!, yo sabía que tenían unas niñas muy lindas en el grupo, pero nunca pensé que fueran a traer a "Miss Universo" a esta presentación. Arturo volteó a mirar hacia atrás y se dio cuenta de que el empresario se refería a Mónica. –Sí, ella es muy linda…, y muy talentosa. Se llama Mónica y es nuestra nueva pianista, acaba de entrar al grupo hace dos días. –Te felicito, te cuento que esa niña va a llamar mucho la atención cuando esté en el escenario… Pero vamos a recoger los equipajes que ustedes deben estar cansados, y ya les tengo listo un bus climatizado esperando afuera para llevarlos al hotel. –Siempre estamos retirados de la ciudad, ¿verdad? – preguntó Ismael. –Correcto, hasta la ciudad son entre veinte y veinticinco minutos, y de ahí al hotel… yo creo que otros veinte. –No se diga más entonces –respondió Arturo, y se volteó para dirigirse al resto del grupo–: muchachos, vamos abajo a reclamar el equipaje y después nos subimos en un bus que contrató Rodolfo para llevarnos al hotel –y dirigiéndose a Silvia –, ya hasta me cambió la forma de dirigirme al grupo, ¡es que este calorcito está muy bueno! – ¡Ay no!, yo sí estoy cocinada –le respondió Silvia–, y arrancó con rumbo al primer piso mientras el resto del grupo la seguía. Después de gastar algo más de cuarenta y cinco minutos en el recorrido entre el aeropuerto y el hotel, los miembros del grupo se acomodaron en sus respectivas habitaciones y un rato después bajaron al comedor a disfrutar de la cena. Aunque ya era un poco tarde, la mayoría estaban con hambre y disfrutaban del selecto menú que Rodolfo había ordenado servirles. Siendo uno de los mejores hoteles de la ciudad, el comedor era bastante elegante y la comida estaba a la altura del servicio cinco estrellas, el cual se podía apreciar por todo lado. Esteban compartía la mesa con Mónica, Andrés y Patricia. Todos se habían duchado y cambiado de ropa antes de bajar y lucían frescos y como nuevos. – ¡Delicioso este pescado!, hace rato no me comía algo tan rico –comentó Patricia mientras trataba de quitarle una espina a su mojarra. –Estuviste de suerte, Pati, porque mi mojarra si está como regularcita –dijo Mónica torciendo la boca. –Lo que pasa es que como tú debes estar acostumbrada a los mejores restaurantes habidos y por haber… ––adhirió Patricia mientras no apartaba la vista de su plato. Mónica, sin decir nada, pero con expresión de incomodidad en su rostro volteó a mirar a su novio. Esteban la miró y le sonrió tiernamente mientras le guiñaba el ojo. –Claro que este restaurante es bueno, pero a veces le toca a uno el plato malo. – intervino Andrés en tono conciliador. –Sí, a veces es difícil que todo sea perfecto –dijo Patricia. –Yo no estoy hablando de eso…, el sitio está uno A, lo que pasa es que mi mojarra me salió como vieja… – ¿No está fresca, Monina? –preguntó Esteban. –No mucho, nene, pero igual yo me la acabo porque tengo mucha hambre –le contestó a su novio, y enseguida volteó y se dirigió a Patricia–, porque yo sé lo que es pasar hambre. –Te felicito, entonces no soy la única –le respondió Patricia en tono sarcástico. Esteban y Andrés se miraron desconcertados. –Oigan, niñas, tranquilas, no vamos ahora a discutir por bobadas, y menos entre ustedes dos que tienen que compartir habitación… Además se supone que todos estamos del mismo lado –dijo Andrés. –Exacto…, mejor piensen en lo bien que la vamos a pasar este fin de semana –dijo Esteban mientras le cogía la mano a su novia y le sonreía a Patricia. –Tienen razón, perdónenme, es que estoy como estresada –dijo Patricia. – ¿Estás nerviosa por lo del concierto de mañana? –preguntó Esteban. –No, eso ya es rutina… –contestó Patricia. –Pues ni tanto…, es la primera vez que nos vamos a presentar por fuera de Bogotá –intervino Andrés. –Una presentación más… solo que en clima caliente –dijo Patricia y tomó un sorbo de su gaseosa. – ¿Entonces qué es lo que te estresa?, si se puede saber… –preguntó Mónica en tono serio. –Cosas que para ti serían imposibles de entender –respondió Patricia. Mónica se quedó en silencio y solo se le ocurrió empezar a jugar con su servilleta. –Pati, ¿podemos hablar ahora después de comer? –le preguntó Andrés. –Sí, claro…, es más, yo ya terminé –dijo Patricia poniéndose de pie–, si quieres te espero en el lobby, con permiso–, y se alejó hacia la puerta del restaurante. Los tres que quedaban en la mesa se miraron entre sí. –Qué le pasa a Pati? –preguntó Esteban. –Creo que tiene complejo de culpa –respondió Andrés. – ¿Complejo de culpa? –preguntó Mónica. –Sí, parece que se siente mal por estar aquí disfrutando de tanto lujo, mientras que su familia está pasando por momentos difíciles –dijo Andrés con tono de preocupación–, pero por favor no le vayan a decir nada. – ¿Siguen mal de plata? –preguntó Esteban. –Correcto, yo inclusive le regalé casi todo lo que nos pagaron por el concierto del otro día… solo dejé un poquito para comprarme una pinta para esta gira. En ese momento Mónica se puso de pie. –Niños, yo ahora vengo, terminen de comer con calma, no me demoro. – ¿A dónde vas, Monina? –preguntó Esteban. –Al baño, –respondió Mónica con una leve sonrisa, y salió con dirección al lobby del hotel. Esteban y Andrés se quedaron mirándola mientras salía del restaurante. – ¿Sí escuchó lo que dijo Rodolfo en el aeropuerto? –preguntó Andrés. –No, ¿qué dijo? –Que habíamos traído a "Miss Universo" para esta presentación. –Me imagino que se refería a Patricia… –Usted tan modesto… Se refería a su novia, y es que con esas pintas calentanas ya queda en once. – ¿En once? –Claro, como ya es diez sobre diez, pues con esa faldita y ese esqueleto queda en once. –Pues su cuasi novia no se queda atrás –dijo Esteban y se terminó lo que le quedaba de gaseosa. Mónica encontró a Patricia con los ojos humedecidos y mirando hacia el cielo. Estaba recostada en una de las sillas bronceadoras ubicadas al borde de la piscina, que a esa hora se encontraba sin bañistas. Se le acercó lentamente y se sentó frente a ella, algo que a la rubia la tomó por sorpresa. – ¡El cielo está divino!, no le cabe una estrella más –dijo Mónica. Patricia se volteó a mirarla directo a los ojos. – ¿Ya acabaste con tu rancia mojarra? ––a lo que Mónica respondió con una leve sonrisa. –Qué pena haberme levantado así –dijo Patricia mientras se pasaba el pelo para atrás. –No te preocupes, a veces necesitamos estar solas… Yo también los dejé allá sentados. –Van a pensar que andan con dos viejas histéricas –rio Patricia. –Que piensen lo que quieran… No mentiras… mi nene es divino. –Tienes suerte… –No para todo –dijo Mónica. – ¿Te parece que no? –Todos tenemos problemas… –Unos más que otros –dijo Patricia pegando las piernas contra el pecho. –Supongo… pero la mayoría se pueden solucionar. –Es fácil decirlo cuando se tiene plata. Mónica se quedó mirando las estrellas –ya estás como el esposo de una tía que dice que todo en el mundo se soluciona con plata. – ¿Y acaso no es verdad? –Ojalá fuera así, pero mira todas las enfermedades para las que no hay cura… –No te pongas tan trascendental, uno a los dieciséis no piensa en enfermedades. –Ni a los quince tampoco… solo era un ejemplo –dijo Mónica con una leve sonrisa. – ¿Tú apenas tienes quince? –Ya casi, los cumplo en mes y medio. –Increíble, pareces mayor. Mónica se quitó las sandalias y se recostó en su silla bronceadora – ¿Parezco de veintitrés? –bromeó Mónica. –Veintitrés por la forma como tocas el piano… pero físicamente… por ahí de mi edad. – ¿Así de cucha me veo? –preguntó Mónica en tono burlón. –Mejor que te veas mayor, con eso en los conciertos no van a pensar que este es un grupo que toca rondas infantiles. –Pues hasta sería bonito. –Ay no, yo todo eso ya lo dejé atrás. –Dicen que nunca hay que dejar de ser niños –dijo Mónica. –De pronto hasta tienen razón, no se preocuparía uno tanto. –Bueno, al menos en esta gira vamos a ganar bien, a ver si así nos dejamos de preocupar tanto. –Tú no te tienes que preocupar por eso, te daría igual si no nos fueran a pagar un peso –dijo Patricia mientras ponía las manos en la nuca. –Si quieres cambiamos de lugar… – ¿Está menos cómoda tu silla o qué? –No… mi silla está bien, digo que si quieres, tú coges mis problemas y yo cojo los tuyos. Patricia se recostó sobre la cadera, apoyó la cabeza sobre la mano y se quedó mirando a su amiga. – ¿Entonces ahora vamos a jugar al príncipe y el mendigo? –No es eso, Pati, pero mira que si pudiéramos hacer eso, te darías cuenta que no todos los problemas son de plata. – ¿Y tú cómo que problemitas tienes como para que yo los tenga que resolver? –Primero tú dime los tuyos y después yo te cuento los míos –dijo Mónica. –Mmm…, está bien, lo mío es muy sencillo, todo es por falta de plata. –Pero ya empezaste a ganar aquí con Los Cuarenta. –Sí, pero por ahora no es suficiente, no ves que mi papá está sin trabajo hace rato. –Entiendo… –dijo Mónica mientras seguía mirando las estrellas. –Y donde mi mamá trabaja no le pagan muy bien que digamos… Entonces a este paso nos va a tocar cambiarnos de barrio, de colegio, de todo… y yo aquí pasándola cinco estrellas mientras que mi familia allá en Bogotá bien vaciada. Mónica se apoyó sobre la cadera y quedó mirando de frente a Patricia –me haces acordar de alguien… – ¿De tus primos pobres, o qué? Mónica cerró los ojos, guardó silencio por un momento, y luego miró a su amiga. –De la señora que me cuidaba… – ¿Cuál de todas tus niñeras? –No, ojalá hubiese sido una niñera, eso fue hace poco. –Bueno, a tu edad ya no las llaman niñeras sino damas de compañía… ¿o esas son las fufas finas? –dijo Patricia riendo. Mónica sonrió y se quedó mirando el pelo de su amiga –tienes lindo el pelo, y se nota que no te lo tinturas. –Gracias, este pelo mono es lo último que me queda de distinción –bromeó Patricia–, pero no me cambies de tema, volvamos a lo de tu niñera. –Era una gente muy pobre… bueno, no estoy diciendo que tú lo seas ni nada de eso, o sea, era gente realmente en la olla. –Para donde voy yo… si no hacen más concierticos de estos… –Tampoco… y ella decía que alguna vez su familia había tenido plata… – ¿Tu dama de compañía? –interrumpió Patricia. –Sí, pues… no, no era mi dama de compañía, ni mi niñera… Era una señora que me cuidaba para que yo no me escapara. Patricia se enderezó y se sentó al borde de su bronceadora. – ¿Escapara?, ¿escaparas de dónde?, ¿o qué? –De la casita donde me tenían… – ¿Y es que así estaba de fea la casita, que te querías escapar? Mónica se rio y al igual que Patricia se enderezó y quedó sentada al borde de la silla. –Tú me haces reír, me caes bien –dijo Mónica. –Lo mismo, barby mediterránea. – ¿Barby mediterránea?, ese si está buenísimo –dijo Mónica riendo. –Es que eso es lo que pareces, pero bueno, no más piropos, sino voy a quedar como Adriana. – ¿Adriana la del comité? –La misma que canta y baila. –Pues yo solo la he visto tocar el bajo y la guitarra, no la he visto cantando ni bailando –dijo Mónica mientras reía–. Y ella tampoco me echa piropos. –Pero bueno, volvamos a lo de la casita fea –dijo Patricia. – ¿Y Adriana? – ¿Qué hay con Adriana? – ¿Por qué dices que no quieres quedar como ella? –Mmm…, lo que pasa es que a ella le gusta… adular a todo el mundo… –Es cepillera entonces… –Sí… cepillera, muy cepillera. –Ya, hay mucha gente así, que pereza… –dijo Mónica. –Sí, cantidades, ¿pero en qué quedó el cuento de la casita? – ¡Ay Patica!, eso fue tenaz. – ¿Patica?, patica la novia del patito feo, o esta patica que está cansada de caminar –Patricia pasó la mano por uno de sus muslos–, pero pensándolo bien, no sería el patito feo sino el patico feo –dijo Patricia en medio de su propia risa. –Pues mejor la patica que está cansada de caminar, porque esa no está nada fea, pero como tú dices, mejor no te hecho piropos porque quedo como Adriana –dijo Mónica sonriente. –Ah, no, mis paticas sí están lindas, eso lo dicen todos –dijo Patricia mientras se volvía a recostar y levantaba una de las piernas. –Y hasta de buen color. –Y natural, porque no es que haya estado en Cartagena últimamente, porque con esta situación no clasifico ni a Melgar, pero bueno, no me sigas cambiando de tema, ¿entonces al fin que pasó con la casita fea? – ¿En qué íbamos? –preguntó Mónica mientras se apoyaba nuevamente sobre la cadera. –En que la dama de compañía te cuidaba para que no te escaparas porque la casa estaba muy feíta, y que eso fue tenaz. –No, no es que estuviera feíta…, bueno, sí estaba feíta, pero no es que yo me fuera a escapar por eso, lo que pasaba Patica… es que yo… estuve secuestrada hace poco… Patricia se volvió a enderezar, abrió los ojos y la boca como nunca antes, mostrando una cara más expresiva que cualquiera que Mónica hubiese visto en sus casi quince años de vida. – ¡Nooo! ¿Estás hablando en serio?, yo sí decía… – ¿Decías qué? –preguntó Mónica mientras ella también se enderezaba en su silla. –Que no habías vuelto por el estudio, ni a visitar ni a nada, y Andrés diciendo que tu andabas por Europa… –No, qué Europa ni que nada, yo estuve un mes secuestrada, y me cuidaba una señora que alguna vez había tenido dinero, pero algo había pasado y ella y su familia se habían quedado en la olla, y por eso me estaba cuidando, para ganar algo de plata. – ¡Ay, Moni! No, mentiras, eso sonó como si quisiera decir que hay plata, pero en inglés… Pero plata no hay –dijo Patricia riendo–, pero tenaz… pobrecita tú –y terminó usando un tono condescendiente. – ¿Qué te puedo decir?... Y por eso te hablaba de que problemas hay muchos, yo sé que este era de plata, porque yo estoy aquí, no digo aquí en Cali, sino en este mundo, gracias a que hubo la plata para pagar mi rescate. –Seguro, pero si ves que también se solucionó todo con plata. –No todo, amiga, tú no sabes cómo queda uno después de algo así… –dijo Mónica volviéndose a recostar en la silla– y eso no se soluciona con plata. En ese momento llegaron Esteban y Andrés. –Hola, niñas –saludó Andrés– las estábamos buscando por todo lado, andaban perdidas…
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