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1462 Palabras
50 Patricia sabía que era prácticamente la última oportunidad que tenía para tratar de reconquistar a su compañero. Estaba poniendo los últimos toques de maquillaje en su rostro, y a sabiendas de que sus piernas eran una de sus más poderosas armas de conquista, se había cambiado el jean que había usado durante todo el día por una atractiva minifalda de color n***o que contrastaba perfectamente con el bronceado natural que estas lucían y con la blusa de tono crema y sin mangas que había comprado para este viaje. Se encontraba sola en la habitación dado que Mónica había decidido arruncharse con su novio a mirar televisión en el cuarto de este. Sabía que Andrés la estaba esperando en el lobby del hotel, aprovechando que Sandra había decidido tomar una siesta antes de bajar a cenar. Se aplicó un poco de brillo en los labios, se puso una esclava dorada alrededor del tobillo izquierdo, se calzó unas abuelitas negras y salió de la habitación con rumbo al ascensor. Cuando llegó abajo no tardó más de tres segundos en ubicar a Andrés, quien se encontraba sentado en una de las poltronas del lobby. Se acercó y se sentó a su lado, no sin antes darse cuenta que él también había dejado su jean y su camiseta verde, tipo polo, por una camisa y un pantalón de tonos negros, estos un poco más formales. –Estás vestido como Arturo…, pero te ves lindo –le dijo mientras le daba un pico en la mejilla. –Tú si eres la embarrada –fue lo que ella recibió por saludo. – ¿Cómo así? –dijo ella sintiendo cómo el corazón se le aceleraba. – ¡Estás preciosa! Esa pinta te queda divina… – ¿Y por eso soy la embarrada? –preguntó ella con una amplia sonrisa. – ¡Ay, mi Pati! Ven y vamos allí a la esquina que hay un cafecito como bonito –dijo levantándose de su silla. Se sentaron en la mesa de un acogedor café ubicado a dos cuadras del hotel. De las ocho mesas del lugar, únicamente tres de ellas se hallaban ocupadas por jóvenes parejas. Estaba decorado con tonos tierra, y varios cuadros de escenas del otoño europeo y norteamericano colgaban de las paredes. Se escuchaba rock de los sesentas y la mesera les había traído jugo de mandarina y pastel de zanahoria para él y jugo de maracuyá y pie de limón para ella. –En serio, Pati, estás divina…, como ya te dije, me fascina tu pinta… –Gracias…, me hubiera gustado llevar esto en otras circunstancias… –le dijo ella con la mirada fija en sus verdes ojos. – ¿Por qué te demoraste tanto? –preguntó él sin apartar la mirada de sus grandes ojos ámbar. –Tú sabes porqué…, no quería que pensaras que yo soy una gasolinera –dijo ella recordando la conversación que había tenido con Esteban. – ¿Pero cómo se te ocurre? Sí tú eres la niña más decente y más noble que yo conozco… –le dijo él con su mejor sonrisa. – ¿Y de qué sirve eso? Igual saliste corriendo apenas se te presentó la oportunidad… Hasta ese momento ninguno de los dos había probado bocado de lo que les habían servido. –Pati, yo juré que yo no te interesaba. Tú sabes que llevaba mucho tiempo detrás de ti… –sus ojos no se apartaban de los de ella. –Siempre me has interesado…, o por lo menos desde hace rato, pero se habían atravesado cosas… –dijo ella mientras jugaba con los anillos de sus manos. – ¿Qué cosas? –Hace un tiempo yo pensaba que yo no te llamaba para nada la atención, tú eras todo apartado, casi ni me hablabas, todo compinche con Luisa…, y aunque tú sí me llamabas la atención… y arto…, también me sentía atraída por Esteban, por el tipo este del autódromo…, y pues resulté saliendo con él… – ¿A ti te gustaba Esteban? –preguntó Andrés mientras arrugaba el entrecejo. –Me fascina esa canción –se escuchaba "Let It be" de los Beatles–, pero sí, también me llamaba la atención… –dijo ella buscando la ubicación de los bafles del café. – ¿Y por qué no le caíste? – ¿Caerle? –dijo Patricia abriendo los ojos. –Bueno…, no caerle pero… ¿nunca le diste como una pequeña seña? –Que seña ni que nada…, no ves que él había estado cuadrado con Adriana y después empezó a salir con Mónica…, y yo respeto todas esas cosas. –Pero entre Adriana y Mónica pasó mucho tiempo… –Igual yo siempre pensé que ese par iban a volver…, entonces tocaba respetar. –Sí, muy lindo y noble de tu parte –dijo él mientras le miraba las manos. Ella se dio cuenta y las escondió debajo de la mesa. –Tienes unas manos lindas –dijo Andrés. Patricia las volvió a poner sobre la mesa a lo que él reaccionó agarrando su mano derecha por los dedos. Se quedaron así por unos segundos hasta que ella las apartó nuevamente. –Anoche te vi en el balcón del hotel con Sandra, y hoy no te despegaste de ella en todo el día… – ¿Me viste en el balcón? –Sí, muy agarradito de ella… –Lo siento… –dijo él bajando la mirada. – ¿Tú te cuadraste con ella? –preguntó Patricia mordiéndose el labio. –No sé… –dijo él mirándola a los ojos. – ¿Cómo así que no sabes? –preguntó ella blanqueando los ojos. –Pues…, es que tú sabes cómo es ella, que también le gustan las mujeres y todo eso…, pero me dijo que yo era el primer hombre que le había llamado la atención en su vida y que quería tratar de que las cosas funcionaran conmigo… –Entonces básicamente está experimentando contigo… –dijo Patricia poniendo la quijada sobre las manos. –Yo no sé…, la verdad no sé, yo estaba muy seguro de todo, es decir…, muy seguro de que tú me fascinabas…, y me sigues fascinando…, pero viene esta vieja y se atraviesa –la cara de angustia de Andrés hubiese servido como prototipo de máscara de Halloween–, y me dice todas esas cosas y me atrapa con esa mirada y ese…, estilo, y toda buena gente y querida… – ¿Entonces de nada sirvió el beso que te di durante el concierto? ¿No captaste lo que te quería decir con eso? –Supongo que sí, pero como yo te veía toda indecisa…, entonces no sentía mucha seguridad, en el fondo no sabía qué era lo que tú querías... – ¿Y entonces andando con una lesbiana sí sientes esa seguridad? –preguntó Patricia con la quijada todavía apoyada sobre las manos. –No sé…, creo que en eso puedes tener razón…, yo no sé qué hacer… –dijo Andrés soltando una lágrima que rodó por su mejilla izquierda. – ¿Yo todavía te gusto? –preguntó ella mientras le secaba suavemente las lágrimas con su mano derecha. –Pues claro que todavía me gustas, tú eres divina, eres súper querida, tú me fascinas… ¿tú crees que de un día para otro se me puede olvidar todo lo que siento por ti? – ¿Y todavía te quieres cuadrar conmigo? –preguntó ella enfocando su mirada en el punto medio entre sus dos ojos. –Me fascinaría… ¿Y tú te cuadrarías conmigo? –Si no quisiera cuadrarme contigo no estaría aquí sentada en este momento… –dijo ella cogiéndole suavemente la mano. – ¿Y qué hago con ella? –La despachas… –dijo Patricia con sonrisa de oreja a oreja. – ¿Así no más? –Puedes volver a ese balcón con ella y decirle que te vas a cuadrar con una mujer de verdad. – ¿Qué plazo tengo? –preguntó él torciendo la boca. –Como veinte minutos –dijo ella mirando su reloj de pulsera. – ¿En serio veinte minutos? –preguntó Andrés abriendo los ojos más que de costumbre. –Que no pase de hoy en todo caso –dijo Patricia sonriendo–, porque después me puedo arrepentir… – ¿En serio me vas a querer? –Yo ya te quiero, toca es oficializar esto –dijo ella cogiéndole la mano. –Está bien…, yo hablo con ella esta noche después de la comida… –dijo Andrés exhibiendo una leve sonrisa. Patricia se inclinó hacia adelante y le dio un pico en los labios. –Bueno, entonces ahora sí comámonos esto, porque se ve delicioso – y los dos pusieron su atención en los pasteles que habían pedido.
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