Habían pasado, ocho meses desde que las pequeñas habían muerto, deberíamos estar feliz, pero Dios decidió que no era nuestro momento, contra eso no podíamos luchar, Dios era el dueño de nuestro destino. Estaba teniendo unos días difíciles, me sentía un poco mal, los vómitos, los mareos y la puta ansiedad, no me dejaban vida, habíamos decidido buscar un nuevo bebé, sabíamos que esto no cambiaría nada, pero queríamos formar una familia grande, así que empezamos con el trabajo, tampoco era que nos costaba mucho, Edder no podía alejarse de mí, éramos dos conejos en acción. Tenía miedo de hacerme la prueba de embarazo, no quería alegrar a Edder por nada, pero tampoco podría quedarme con la duda, así que me fui directo a la consulta con el doctor Méndez, me lo habían recomendado mucho, así que

