El lunes por la mañana ambos se encontraban en el estudio de Laura. Agustina llevaba sus zapatillas acordonadas, un jean gastado y una remera blanca, que si bien resaltaba sus generosas curvas, sólo transmitía simpleza. Cuando la puerta del despacho se abrió una mujer alta y delgada, con el pelo recogido en un prolijo rodete y con un collar de perlas en su cuello los miró por encima de sus lentes de lectura. Era justo como la había imaginado. Tan elegante como Federico, tan seria que hacía imposible descifrar lo que en verdad estaba pensando, tan perfecta que verla al lado de quien pensaba podía ser su hombre, la hizo sentir tan equivocada que bajó su mirada como si estar allí fuera algo ridículo. Laura los invitó a pasar y les explicó con detalle lo mismo que Federico le había dicho.

