El avión descendía suavemente hacia el Aeropuerto Internacional de Miami, y Amelia miraba por la ventanilla, impresionada por la extensión de la ciudad que se desplegaba bajo sus pies. Desde esa altura, podía distinguir las intrincadas calles que parecían un mapa vivo, las hileras de palmeras que adornaban las avenidas principales y los rascacielos que reflejaban la luz del sol como espejos gigantes. Las aguas turquesas se mezclaban con el blanco de la espuma marina, y los barcos pequeños, como puntos en movimiento, completaban una escena que le robó el aliento. Miami, con sus altos rascacielos, playas doradas y aguas turquesas, era un paisaje vibrante y tan diferente de la acogedora ciudad de Mérida. A su lado, Carolina sonreía emocionada mientras ambas observaban la ciuda

