En el abrazo final frente al aeropuerto, Amelia y Doña Margarita compartían un silencio cargado de tristeza. La madre acarició suavemente el cabello de su hija, deslizando sus dedos por los suaves mechones como si intentara memorizar esa textura por siempre. Su voz, quebrada por la emoción, se alzó en un susurro cargado de amor y nostalgia, llenando el espacio entre ellas con una calidez casi palpable. — Hija, no olvides nunca quién eres y de dónde vienes. —Las lágrimas brillaban en los ojos de Doña Margarita mientras apretaba a Amelia contra su pecho. —Estoy tan orgullosa de ti... No solo vas a perseguir tus sueños, sino que también vas a conquistarlos. —Amelia asintió, sintiendo cómo se le hacía un nudo en la garganta. Miró hacia el cielo azul que prometía un b

