A la mañana siguiente, el sol apenas comenzaba a despuntar cuando ambos se despertaron. El momento había llegado, y la despedida estaba cada vez más cerca. Amelia se vistió en silencio, tratando de contener las lágrimas, mientras Alan le entregaba un sobre con una gran cantidad de dinero y le daba un último beso lleno de amor y despedida. El amanecer teñía el cielo de tonos suaves cuando Amelia y Alan salieron de la cabaña, sus pasos lentos y pesados, como si cada uno estuviera tratando de aplazar el inevitable adiós. En la distancia, un leve canto de pájaros anunciaba el comienzo del día, mientras el aire fresco y silencioso llevaba consigo un aroma a tierra húmeda. Las primeras luces del sol se filtraban entre los árboles, proyectando sombras alargadas que parecían

