La noche había caído en la casa de Amelia, y el aire fresco de Mérida parecía envolver cada rincón de la cabaña en un silencio que solo resaltaba la cercanía entre ambos. Alan y Amelia se encontraban en la cabaña de atrás, un lugar que había sido testigo de tantos momentos y que, ahora, sería también el escenario de su despedida. Al entrar, Alan le pasó un brazo por la cintura a Amelia y la atrajo hacia él, dejando un beso suave en su frente. Amelia apoyó la cabeza en su pecho, respirando profundamente, como si quisiera grabar el olor y la sensación de aquel abrazo en su memoria. Cerró los ojos mientras su corazón latía al compás del de Alan, sintiendo una calma que contrastaba con el torbellino de emociones dentro de ella. Cada inhalación traía consigo la seguridad qu

