Al día siguiente, desperté muy temprano. Escuché un pequeño bullicio en la parte de abajo. No quería salir; me sentía cansada por todas las emociones que había tenido en tan poco tiempo. Escuché que alguien tocaba la puerta. —¿Sí? —me acomodé en la cama. —Soy yo, Augusto —dijo—. Ya está el desayuno, dormilona. —Me levanté de la cama para abrirle. —Buenos días, señor Augusto. Lo siento mucho, qué pena —me sonrojé—. Lo que pasa es que tuve una noche bastante mala y no pude dormir lo suficiente. —Él me sonrió y me acarició el pelo. —Eso es lo de menos. Ahora, por favor, baja. —Asentí, buscando un poco de ropa. Al bajar, vi que ya todos estaban sentados esperándome. No me gusta ser la última en llegar, porque todos te miran, incluyendo a Lucas. Aún recordaba sus confesiones de la madruga

