CAM
La habitación se había vuelto un refugio de silencios y respiraciones contenidas. Cada pared blanca parecía observarme, recordándome mi aislamiento. Desde que Dorian Dupont comenzó a cambiar entre el desdén y la atención, todo en mi vida había adquirido un peso insoportable. Cada interacción en clase, cada comentario irónico, cada mirada provocativa era una herida que no cerraba.
No comía. Apenas probaba el desayuno, ignoraba el almuerzo y muchas noches me acostaba sin cenar. Cada hueso en mi cuerpo se marcaba con claridad, mis hombros eran estrechos, mis costillas visibles, los muslos delgados como ramas secas. Intentaba vestirme rápidamente cuando Dorian no estaba cerca, escondiendo mi delgadez bajo capas de ropa, evitando que viera la fragilidad que crecía a cada día que pasaba.
Aun así, no podía escapar de su presencia. Aunque él no estuviera, mi mente estaba llena de su imagen: su altura perfecta, su cabello rubio húmedo, su mirada azul que podía helarte y encenderte al mismo tiempo. Evitaba mirarlo directamente, incluso dentro de nuestra habitación compartida. Me alejaba, me escondía en los rincones, pero no podía evitar que él percibiera cada pequeño signo de mi caída.
---
DORIAN
Entré a la habitación y lo vi, sentado frente a la computadora, los hombros encorvados, el cabello oscuro pegado a su rostro. Mis ojos recorrieron cada curva de su cuerpo y un nudo se formó en mi garganta. Estaba más delgado de lo que jamás había notado antes, y de pronto comprendí con horror que todo lo que había hecho, cada comentario cruel, cada burla, cada desprecio público, estaba contribuyendo a esto.
Me quedé en el marco de la puerta, paralizado, hasta que escuché su voz, suave y temblorosa, hablar por teléfono.
—Sí… hola, quería… quería darme de baja de la universidad —dijo, conteniendo las lágrimas—. Sí… hoy mismo… gracias…
Mi corazón se detuvo. La mano que sostenía la puerta se tensó hasta que los nudillos se pusieron blancos. Baja definitiva. Todo esto… yo lo estaba llevando al límite.
Me acerqué lentamente y noté algo más: su computadora abierta mostraba horarios de trenes. Junto a ella, algunas maletas abiertas, ropa cuidadosamente doblada. Cam estaba planeando irse. Desaparecer de este lugar. Tal vez desaparecer de mí.
La realidad me golpeó como un puñetazo. Mi acoso escolar, mis bromas, mis desprecios calculados… lo estaban empujando a escapar de todo. Y yo lo estaba perdiendo. Lo estaba destruyendo sin tocarlo, solo con mis palabras, mi presencia, mi indiferencia.
---
DORIAN (interior)
Nunca antes había sentido algo parecido. Una mezcla de miedo, culpa y deseo que me quemaba desde el pecho hasta la garganta. Cada palabra, cada gesto mío tenía peso. Podía destruir una vida, literalmente. Y yo lo estaba haciendo con él, Cam Waters, el chico más hermoso, frágil y brillante que había visto en mi vida.
Sentí pánico. Pánico real. La idea de que él se fuera, de que desapareciera de mi mundo, me hacía temblar. No podía permitirlo. Tenía que detenerlo, pero ¿cómo podía pedirle que confiara en mí después de todo lo que le había hecho?
Me senté frente a él, la respiración agitada, intentando encontrar las palabras que no sabía si podía decir.
—Cam —dije con voz baja, temblorosa—. Por favor… detente.
Él me miró por un instante, con los ojos grandes, oscuros y húmedos, y apartó la mirada de inmediato.
—Dorian… —su voz era un hilo—. No entiendes… No entiendes lo que he soportado.
—Sí lo entiendo —respondí—. Y estoy empezando a comprender por primera vez lo que significan las palabras, lo que puede hacer el desprecio y la crueldad en la mente de alguien. Te he hecho daño, Cam… demasiado daño.
Sus labios temblaron. Sus hombros se encogieron, como si intentara hacerse aún más pequeño para desaparecer.
—No sabes nada de lo que es estar solo —dijo, apenas un susurro—. Ningún familiar, nadie… solo yo y mis recuerdos… y ahora tú…
—Sí sé —dije, con un nudo en la garganta—. Y juro que no voy a dejar que esto continúe. No puedo perderte. No puedo.
---
CAM
No quería mirarlo, pero su voz tenía algo que me obligaba a levantar la vista. Sus ojos azules estaban cargados de algo que no podía definir: arrepentimiento, miedo, deseo… Y por un momento, dejé que todo se mezclara dentro de mí.
—¿Y qué puedes hacer tú? —pregunté, intentando sonar fuerte, aunque mis hombros se encogieron—. Ya estoy cansado… de todo… de ti… de mí… de la universidad…
—Puedo intentarlo —dijo, acercándose más—. Puedo empezar de nuevo contigo… aunque sea un poco cada día. Déjame intentarlo.
Sus palabras me hicieron vacilar. Todo en mí quería alejarse, pero otra parte necesitaba creer que podía confiar en él.
---
DORIAN
Durante los días siguientes, cambié. No podía borrar su dolor, pero podía intentar mitigarlo. Lo defendí de los comentarios en clase, de los murmullos de los compañeros. Cada vez que alguien lo miraba con desprecio, yo estaba allí, sosteniendo su mirada, diciéndole sin palabras que no estaba solo.
Y entonces, ocurrió. Una tarde, cuando la habitación estaba en silencio salvo por la lluvia golpeando la ventana, me acerqué a él lentamente. Cam estaba sentado sobre la cama, los hombros tensos, los ojos evitando los míos.
—Cam —susurré, sentándome a su lado—. Sé que he sido un idiota. Sé que te he hecho daño. Pero no voy a dejar que te vayas.
Él me miró, y por primera vez hubo un destello de algo más que miedo: duda, curiosidad… quizá deseo.
—Dorian… —murmuró, casi sin aliento.
—Shh —dije, inclinándome—. Confía en mí.
Y lo besé. No fue un beso ligero ni juguetón. Fue un beso cargado de arrepentimiento, deseo, miedo, de protección y necesidad. Sus labios temblaban contra los míos, y sentí cada estremecimiento, cada pequeño movimiento de su cuerpo como si lo absorbiera entero.
Cuando nos separamos, sus ojos almendrados estaban húmedos, brillando con una mezcla de confusión y alivio. La tensión s****l y emocional era palpable, como una tormenta contenida que había explotado finalmente entre nosotros.
—No me dejes —susurró, la voz temblando—. No puedo…
—Nunca —respondí, sintiendo cómo un fuego se encendía en mi pecho—. Nunca dejaré que te vayas.
Y por primera vez, Dorian Dupont entendió de verdad el peso de las palabras, de los gestos, de la indiferencia. Y también, por primera vez, sintió un miedo absoluto: miedo de perder a Cam Waters para siempre.