Capítulo 7. "Mentiroso".

966 Palabras
Dorian Hay días en los que juro que puedo controlar todo: mi reputación, mis gestos, incluso lo que la gente piensa de mí. Pero cuando Cam está cerca, ese equilibrio se desmorona como un castillo de arena. Al principio, pensé que bastaría con no provocarlo, con fingir que todo estaba bien, con sonreírle cuando nadie miraba. Pero en cuanto noté que mis amigos empezaban a observar de más, a murmurar entre ellos, algo en mí se cerró. El miedo a ser descubierto. A que supieran que él —ese chico delgado, callado, con una mirada que parecía atravesar las paredes— me importaba más que cualquiera de ellos. Así que me alejé. O al menos eso creí hacer. En público, actuaba como si apenas lo conociera. En el comedor, si se sentaba cerca, fingía revisar el teléfono. Cuando mis amigos lo señalaban o reían por su ropa gastada o su forma de hablar, yo simplemente sonreía. No decía nada. Y ese silencio era peor que cualquier palabra. A veces lo veía cruzar el campus con el cuello de su abrigo subido, el rostro pálido, los ojos hundidos. Parecía un fantasma. Me dolía verlo así, pero cada vez que intentaba acercarme, algo en mí se paralizaba. Una tarde, mientras esperaba en la biblioteca, lo vi pasar entre las estanterías. Su andar era lento, casi etéreo. Lo seguí con la mirada. Tenía un libro de matemáticas abierto, pero sus ojos no leían. Solo miraban al vacío. Ese vacío que yo le había dejado. Y aún así, no hacía nada. Cuando comenzaron los rumores sobre mí —sobre que me gustaban los hombres, sobre Cam— sentí que el mundo me pesaba sobre los hombros. Fue entonces cuando Claire apareció. Estudia ingeniería conmigo, tiene una sonrisa de revista y la habilidad exacta de hacer que todo parezca normal. Le pedí que saliéramos. Solo una vez. Solo para que los demás dejaran de hablar. Pero la mentira creció. Y mientras ella me tomaba del brazo, yo veía, al fondo del pasillo, a Cam con los libros pegados al pecho, fingiendo no mirar. La vergüenza me aplastó. Cam. El hambre es un animal dócil. Al principio ruge, exige, duele. Pero después, se calma. Y cuando se calma, deja un silencio que reconforta. Hace semanas que ya no desayuno. En el almuerzo, finjo estar lleno. Ceno café n***o o agua. Es extraño, pero el cuerpo aprende a obedecer al vacío. El vacío no te juzga, no te deja, no te dice “no puedo hablarte en público”. Dorian me prometió cambiar. Y lo hizo… un poco. Ya no se burla. Ya no me lanza frases crueles. Pero tampoco me mira cuando hay otros cerca. A veces siento que soy un secreto vergonzoso que debe esconder. Y sin embargo, cuando estamos solos, su voz se vuelve suave. Me pregunta si comí, si dormí bien. Me toca el cabello con cuidado. Ese contraste me confunde. A veces pienso que si no fuera por él, mi vida no tendría dirección. Y luego me doy cuenta de que, precisamente por él, he perdido la mía. Últimamente todos parecen reír cuando paso. Hablan del orfanato, de los Waters, de lo “raro” que soy. Dorian no dice nada. Y eso duele más que cualquier insulto. Mis notas siguen siendo buenas, pero mi mente no. He comenzado a saltarme clases. A dormir durante el día. A veces el cuerpo tiembla sin razón. El espejo me devuelve un rostro que no reconozco. Pómulos afilados, ojeras profundas, labios secos. Hoy, mientras caminaba hacia el aula, el mundo se volvió blanco. Luego n***o. Y ya no sentí el suelo. --- Dorian Recibí el mensaje en mitad de una práctica en el laboratorio: > “El estudiante Camil Waters fue trasladado al hospital universitario. Pérdida de conciencia. Estado estable.” El corazón me cayó al estómago. Corrí. No recuerdo cómo llegué al hospital. Solo el sonido de mis pasos y el aire cortándome los pulmones. Al principio no me querían dejar pasar al no ser familiar directo, pero luego le informé de manera déspota a la directora del hospital que mi padre era uno de los accionistas del hospital y que el que estaba internado era mi mejor amigo. "Mejor amigo" Esas palabras quedaron flotando en mi mente. "A los amigos no se les trata de esa manera" Pensé que me iban a echar pero milagrosamente me dejaron pasar. Cuando entré en la habitación, él estaba conectado a un suero. Pálido, con el cabello desordenado, los labios resecos. Parecía un niño. —Cam… —susurré, sin atreverme a tocarlo. No respondió. Solo respiraba lento, con el pecho apenas moviéndose. Y entonces, algo dentro de mí se quebró por completo. Todo lo que había hecho —las miradas, el silencio, la cobardía— había llevado a esto. A ese cuerpo tembloroso en una cama de hospital. A la culpa que me consumía. Me quedé toda la noche ahí, sentado a su lado, sin poder hablar. Solo mirando el goteo del suero y repitiendo en mi cabeza una frase que ya no servía de nada: > “Prometí que te iba a cuidar.” Intenté hablar con el después de clases, pero justo cuando iba a pronunciar su nombre el me empujó lejos con ambas manos. —¡DEJAME EN PAZ CABRON!. Bramó. Yo miré a todos lados para ver si había alguien, pero afortunadamente estábamos solos. —Quiero disculparme... —¿Disculparte?. ¡Pero si desde que empezamos a conocernos no haz hecho otra cosa que fastidiarme, jugar conmigo y pedirme perdón por tus putos cambios de humor! Escuchame bien, pendejo engreído... O decides que putas quieres conmigo o mejor ya déjame en paz. Apenas dijo aquello se dio media vuelta y me dejó ahí, solo, pensando en mi estupidez.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR