Nota de la autora:
"Estimado (a) lector (a), espero la novela te esté gustando, de ser así podrías hacermelo saber en la caja de comentarios.
A partir de este capítulo notarás dos estilos de narrativa.
Primera persona y tercera persona, alternando entre narrador y las perspectivas de cada personaje.
Habiendo dejado claro este detalle te dejo continuar con la historia.
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Cam se había vuelto silencio absoluto.
Nadie notó cuándo empezó a apagarse, pero su ausencia se volvió rutina: ya no hablaba de manera definitiva, apenas sonreía, y su cuerpo —delgado, casi translúcido bajo la luz de los pasillos— parecía desvanecerse más cada día. En clase, sus ojos vagaban hacia la ventana; en los descansos, desaparecía. Dorian intentaba acercarse, pero cada vez que lo hacía, Cam encontraba una excusa: un trabajo, una llamada, una urgencia ficticia.
Dorian lo observaba sin comprender cómo había pasado de ser su sombra a convertirse en un espectro inalcanzable. Aquella indiferencia le dolía más de lo que se habría permitido admitir. Intentaba racionalizarlo, decirse que era lo mejor, que esa distancia lo protegía. Pero algo dentro de él —algo que no tenía nombre— le ardía cada vez que lo veía esquivarle la mirada.
Los rumores seguían. La supuesta novia —una chica brillante de ingeniería— sonreía demasiado en los pasillos colgada de su brazo y llamando la atención de todos, y Dorian no encontraba forma de deshacerse de ella sin levantar sospechas. Cam, por su parte, había entendido todo al revés: pensaba que si se alejaba, le haría la vida más fácil a Dorian. Creía que él era la mancha, el error que podía arruinarle el futuro.
Por las noches, Dorian repasaba las últimas conversaciones entre ellos, buscando en su memoria el punto exacto en que lo había roto.
A veces lo veía salir del campus, con un abrigo demasiado grande y las manos metidas en los bolsillos. Supo que trabajaba en una pequeña cafetería de la ciudad. Empezó a ir, sin avisarle. Se sentaba en una esquina, solo para verlo servir mesas, hablar con los clientes, moverse como si no existiera el pasado entre ellos.
Hasta que una tarde lo vio reír —no con él, sino con otro.
Un chico del local, alto, con una sonrisa fácil y una mirada que se detenía demasiado tiempo en Cam.
Dorian sintió algo parecido a una punzada. No era enojo. Era miedo.
Miedo de haberlo perdido por completo.
Esa noche no pudo dormir.
Pensó en los meses de silencio, en todo lo que había hecho mal. Pensó en cómo había dejado que el miedo a los demás definiera lo que sentía. Y al amanecer, con los ojos rojos y las manos temblorosas, decidió que ya no soportaría la mentira.
A la mañana siguiente, en la universidad, cuando alguien le preguntó —entre risas y rumores— si era cierto que tenía una novia nueva, Dorian simplemente dijo:
—No.
Hubo un silencio breve.
—¿Entonces? —insistió alguien.
Y Dorian, sin dudarlo, los miró a todos y añadió:
—Estoy enamorado de Cam.
El murmullo que siguió fue un trueno.
Cam, que estaba cerca y lo había escuchado todo, se quedó inmóvil, sintiendo cómo el suelo se volvía líquido bajo sus pies. No supo si debía huir o acercarse.
Solo lo miró.
Y por primera vez, Dorian no apartó la mirada.
Cuando Dorian pronunció su nombre frente a todos, el murmullo de los pasillos se volvió una marea insoportable. Voces, risas nerviosas, susurros. “¿Escuchaste lo que dijo?”, “¿Era cierto entonces?”, “¿Él y Cam?”.
Cam lo miró solo un instante, con una mezcla de pánico y tristeza, antes de girar sobre sus talones y marcharse.
No corrió.
Solo caminó con una calma forzada que dolía más que cualquier palabra.
Dorian quedó rodeado de miradas que lo diseccionaban. Algunos lo felicitaban con una falsa admiración; otros lo miraban como si acabara de confesar un crimen. Le preguntaban cosas absurdas, personales, invasivas.
“¿Desde cuándo te gustan los chicos?”
“¿Y tu novia?”
“¿Fue Cam quien te convenció?”
Al principio intentó ignorarlos, pero la insistencia se volvió un enjambre.
Se dio cuenta, con una claridad helada, de lo crueles que podían ser las personas cuando algo escapaba a su entendimiento.
Y en medio de aquel ruido, de aquella sobreexposición absurda, solo pudo pensar en Cam.
Horas después, decidió buscarlo.
Sabía dónde encontrarlo.
La cafetería estaba casi vacía. El aire olía a café recién molido y a invierno. Dorian entró con el corazón desbocado, dispuesto a disculparse, a explicarle, a decirle que todo lo que había hecho era por él.
Pero lo que vio lo desarmó.
Cam, detrás del mostrador, estaba quieto.
Y frente a él, su compañero de trabajo —el chico de sonrisa fácil— se inclinaba hacia adelante y lo besaba.
Dorian se quedó helado.
Un segundo después, la ira lo dominó. No pensó, no midió, no razonó.
Solo sintió un fuego primitivo subiéndole por el pecho mientras se abalanzaba sobre el otro.
El estruendo de las sillas cayendo rompió el silencio del local.
—¡¿Qué diablos haces?! —gritó, sujetando al chico por la camisa.
Los golpes llegaron rápidos, impulsivos, torpes por la rabia. El otro trató de defenderse, pero Dorian lo derribó antes de que alguien se atreviera a intervenir.
Cam los miraba, paralizado, sin entender del todo lo que estaba pasando.
—¡Basta, Dorian! ¡Por favor! —su voz sonó rota, débil.
Dorian se giró hacia él, con la respiración entrecortada y los ojos inyectados de ira.
—¿Por qué, Cam? ¿Por qué hiciste eso? —le gritó.
—Yo… no lo hice —susurró él, temblando—. No fue… no fue mi culpa.
Entonces el otro sujeto intentó atacarme por la espalda con una jarra de cristal aprovechando que yo estaba distraído.
Pero Cam me empujó y la jarra terminó estrellándose en su cabeza.
Cam dio un paso atrás. El color se le había ido del rostro.
De pronto, el mundo comenzó a girar. Las luces se distorsionaron y sintió que las piernas ya no lo sostenían.
El último sonido que escuchó fue la voz de Dorian llamándolo antes de caer al suelo.
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El hospital olía a desinfectante y a culpa.
Dorian permanecía sentado al borde de la cama, con la cabeza entre las manos. Había pasado horas esperando, intentando comprender cómo habían llegado a ese punto.
Un médico le explicó con voz seria:
—Tiene un cuadro de desnutrición. Si no empieza a alimentarse, tendremos que colocarle una sonda gástrica para que recupere peso.
Además el golpe que recibió fue bastante duro. Necesita descansar.
El corazón de Dorian se hundió.
Cuando Cam despertó, su piel parecía de papel.
—Lo siento —dijo Dorian sin mirarlo—. No tenía derecho a gritarte.
Cam giró apenas el rostro. Sus labios estaban secos.
—No fue mi culpa —repitió, casi en un hilo de voz—. Él… me besó. Yo no…
Dorian lo interrumpió suavemente.
—Lo sé. No tienes que explicarlo. Ya lo entiendo.
El silencio que siguió fue largo, casi reparador.
Dorian tomó aire.
—Cam, no quiero que pases las fiestas solo. Ven conmigo, a casa.
Cam negó con la cabeza.
—No puedo.
—Por favor —insistió Dorian, con un tono que rozaba la súplica—. No te estoy pidiendo que me perdones. Solo quiero que descanses, que comas, que estés bien.
Cam lo miró, dudando, con esa vulnerabilidad que lo hacía aún más frágil.
—No quiero ser una carga.
—Nunca lo fuiste —respondió Dorian.
Y por primera vez en mucho tiempo, sonrió.
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Afuera, empezaban a caer los primeros copos de nieve.
Dentro, el monitor cardíaco marcaba un ritmo lento, constante.
Dorian permaneció junto a él, observando cómo dormía, con la silenciosa promesa de no volver a soltarlo.