Capitulo 9. "Ven conmigo".

975 Palabras
El viaje comenzó al amanecer, cuando la ciudad aún bostezaba entre la niebla y los postes de luz titilaban con un cansancio pálido. Cam iba en el asiento del copiloto, mirando por la ventana el paisaje que se deslizaba como una cinta interminable. Dorian conducía en silencio, sin atreverse a encender la radio. Por momentos, el viento llenaba el coche con el sonido de algo que parecía un suspiro. Cam llevaba una bufanda vieja y un abrigo prestado de Dorian, que le quedaba un poco grande. Tenía las manos cruzadas sobre las rodillas, como si se protegiera de algo invisible. —No tienes que venir si no quieres —dijo Dorian, sin apartar la vista del camino. —Lo sé —respondió Cam—. Pero… no tengo a dónde más ir. Dorian giró un poco el rostro, sorprendido por la sinceridad en su voz. —¿Y tu familia? Cam sonrió, apenas, sin humor. —No tengo. Fui adoptado, y… ellos están en prisión. Los demás... no existen. Su tono era sereno, pero había una grieta en cada palabra. Durante varios kilómetros ninguno habló. Dorian pensó en todo lo que no sabía de él. En la forma en que Cam había aprendido a sonreír para disimular la soledad. —Cam —murmuró, bajando la velocidad del auto—, no quiero que sigas cargando eso solo. Cam lo miró, con los ojos ligeramente enrojecidos. —No sé hacer otra cosa. Dorian estacionó el coche a un lado de la carretera, donde el campo abierto olía a pino y tierra húmeda. Por un momento, ninguno se movió. Solo el sonido del motor y el frío filtrándose por la rendija de la ventanilla. Entonces Dorian se inclinó hacia él y lo besó. Fue un beso contenido demasiado tiempo. Hambriento, desesperado, pero tierno en la forma en que ambos se sujetaron el rostro como si temieran que el otro se desvaneciera. El frío desapareció. El aire, por un instante, se volvió cálido. Cuando se separaron, Cam lo miró con una expresión extraña, entre miedo y alivio. —No sabes lo que haces, Dorian —susurró. —Sí lo sé —respondió él—. Por primera vez en mucho tiempo, sé exactamente lo que quiero. --- La casa de los Dupont estaba decorada con luces doradas que colgaban de los balcones como hilos de miel. Dorian respiró hondo antes de tocar el timbre. Cam se mantenía unos pasos atrás, con las manos dentro de los bolsillos, nervioso. La madre de Dorian abrió la puerta. Era una mujer elegante, de mirada firme y sonrisa calculada. —Así que tú eres Cam —dijo con un tono amable pero distante. —Sí, señora —respondió él, con una leve inclinación. El padre de Dorian observó en silencio. No había hostilidad, pero sí una evaluación silenciosa. El chico que acompañaba a su hijo no era lo que esperaba. No era de su mundo. Y sin embargo… había algo en su presencia que lo desarmaba: una belleza casi irreal, un equilibrio entre fragilidad y nobleza. Durante la cena, Cam apenas probó bocado. La madre de Dorian notó su delgadez, aún no parecía un esqueleto pero si se veía débil y ligeramente enfermo y se sintió incómodamente preocupada. No por su origen, ni por su condición, sino por la tristeza que parecía habitarle los ojos. Los hermanos de Dorian, en cambio, parecían fascinados. Uno de ellos le preguntó sobre sus estudios, y Cam respondió con una elocuencia que dejó a todos en silencio. Habló de física cuántica, de teoría de juegos, de simetrías rotas. Hasta que el padre, intrigado, mencionó a un viejo amigo que trabajaba en el Centro Espacial Kennedy, en Florida. —Justamente viene de visita, no tarda en llegar —dijo el padre, como si se tratara de una coincidencia sin peso. Y tal cual había anunciado Philipp, el hombre llegó. Se llamaba Richard Lang. Ingeniero en sistemas de navegación aeroespacial. Era un hombre canoso, que rondaba los cincuenta y tantos, con voz grave y una curiosidad que no ocultaba. Cuando Cam se presentó, Richard arqueó una ceja. —¿Tú estudias física también? —No formalmente, en realidad estudio matemáticas, pero pienso hacer una segunda carrera al terminar esta, específicamente en física cuántica y posteriormente una maestría en termodinámica atomica—respondió Cam, con humildad—. Solo leo por mi cuenta. Richard sonrió. —¿Qué opinas del teorema de Bell? Cam parpadeó, sorprendido, pero enseguida respondió. En cuestión de segundos ambos estaban sumergidos en una conversación que dejó al resto completamente fuera de lugar. Ecuaciones, hipótesis, referencias a Einstein, Bohm, y la conjetura de Poincaré. Richard tomó una servilleta y empezó a garabatear fórmulas; Cam lo siguió, corrigiendo y ampliando las ideas. La madre de Dorian los miraba sin entender una sola palabra, pero fascinada por la pasión con la que aquel muchacho hablaba. El padre, que había empezado la velada con cierto recelo, se inclinó hacia Dorian. —Tu amigo es brillante —murmuró—. No exagero si digo que podría estar en Princeton mañana. Dorian sonrió, con un orgullo que no trató de ocultar. Cam levantó la mirada un momento y sus ojos se cruzaron. Por primera vez en mucho tiempo, Dorian vio en ellos una luz distinta: no tristeza, sino asombro. --- Cuando la casa quedó en silencio y las luces se apagaron, Dorian acompañó a Cam hasta la habitación de invitados. Antes de despedirse, Cam habló en voz baja. —Tu familia es… increíble. —No más que tú —dijo Dorian. Cam sonrió débilmente. —Nunca pensé que alguien podría… defenderme así. Dorian se acercó, despacio. —Entonces acostúmbrate —susurró—, porque no pienso dejarte otra vez. Cam bajó la mirada, y por un instante, su rostro —tan perfecto, tan frágil— pareció libre de toda sombra.
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