*Advertencia CONTENIDO EXTREMADAMENTE GRAFICO, SI DECIDES CONTINUAR ES BAJO TU PROPIA RESPONSABILIDAD.
La casa dormía.
Los relojes respiraban con su tic-tac monótono y el viento agitaba las cortinas con un murmullo de mar distante.
Dorian no podía dormir.
Tenía los ojos abiertos, clavados en el techo, con la mente en otro lugar: la habitación de invitados, al final del pasillo.
Durante la cena, había observado cómo Cam hablaba con sus padres, cómo su timidez se confundía con una especie de nobleza natural.
No necesitaba demostrar nada; era el tipo de elegancia que nacía del silencio, de la forma en que sostenía un libro o apartaba el cabello de su rostro y eso, ni todo el dinero del mundo lo podía comprar.
Y sin embargo, Dorian sentía una punzada de deseo incontrolable.
No era solo atracción: era un hambre de ternura, un anhelo de reparar algo en él.
Se levantó.
El suelo de madera crujió suavemente bajo sus pies descalzos.
Abrió la puerta, avanzó despacio, con el corazón latiendo como si escapara de una jaula.
Frente a la habitación de Cam dudó un segundo.
Tocó la puerta apenas, con los nudillos.
La voz de Cam se oyó desde adentro, baja, somnolienta.
—¿Dorian?
El muchacho entró.
La habitación estaba bañada por la luz tenue de la luna.
Cam estaba sentado en la cama, con el cabello despeinado y humedo, recién bañado y los ojos llenos de esa inocencia desarmante que tanto lo confundía.
—No podía dormir —susurró Dorian.
—Yo tampoco —respondió Cam, con un hilo de voz.
Se quedaron en silencio, mirándose.
Había algo suspendido en el aire, una tensión invisible que ninguno se atrevía a romper hasta que Dorian se acercó lentamente.
Sus manos temblaban.
Cam bajó la mirada, sonrojado, sin apartarse.
—Nunca… —murmuró Cam, apenas audible—. Yo... Nunca he estado con nadie. Ni con hombres, ni con mujeres. No sé… qué hacer.
Dorian sonrió, con ternura.
—Entonces te enseñaré...
El beso fue lento, inseguro al principio, luego profundo.
Una exploración torpe y hermosa, hecha de respiraciones entrecortadas y promesas silenciosas.
Las palabras se disolvieron en la piel, en los dedos que rozaban apenas la tela de una camisa, en la sensación de que el tiempo había dejado de existir.
No hubo prisa.
No hubo miedo.
Solo la certeza de que estaban aprendiendo a ser uno, con cuidado, con respeto.
Dorian contempló por primera vez el delicado cuerpo desnudo de Cam, su pálida piel, los afilados huesos de la pelvis, las lineas rectas en la cadera, su abdomen plano y firme, bien definido, los pectorales dibujados casi con timidez, los pequeños y rosados pezones esperando anhelantes por ser lamidos y mordisqueados.
Dorian sintió como su boca se hacía agua y tragó saliva con dificultad, luego bajó la mirada al miembr* de Cam, que para su sorpresa era más grande de lo que imaginaba.
Ya había visto a otros chicos desnudos en las duchas luego de los entrenamientos y partidos de rugby, pero ninguno le había llamado la atención.
Pero es que ninguno era Cam.
Tenía sentido el tamaño de la hombría del chico, teniendo en cuenta que prácticamente media el metro noventa y aunque Cam era diez centímetros más bajo que el, Dorian sonrió con suficiencia.
Cam observó también el impresionante ejemplar masculino que tenía frente suyo, los músculos bien trabajados y definidos, las venas que se veían a simple vista por todo el abdomen y brazos de Dorian.
Luego miró espantado aquel miembr* endemoniado que palpitaba desesperado por estar dentro suyo.
—Su-supongo que eres activo.
Murmuró Cam evidentemente asustado.
Dorian asintió lentamente sin romper el contacto visual y observó el rostro de espanto del joven.
—Me va a doler muchísimo.
Aseguró Cam cada vez más asustado.
Dorian asintió de nuevo en silencio.
—Pero haré que lo disfrutes—Aseguró Dorian muy tranquilo y con voz ronca y lo puso de pie frente suyo mientras el permanecía sentado al borde de la cama.
Cam entonces hizo una mueca extraña mientras que para su sorpresa, Dorian estaba tocándole las nalgas con ambas manos amasandolas con fuerza.
—Date vuelta Cam.
Ordenó Dorian con voz autoritaria y actitud experta.
—¿Que me quieres hacer?...
Preguntó el joven con temor.
Dorian lo giró lentamente y le dijo:
—Cierra los ojos y disfruta—Ordenó Dorian para luego separar las firmes nalgas de Cam con ambas manos y empezó a lamer aquel sitio tan privado y oculto en el joven, Cam abrió mucho los ojos sobresaltado, espantado y a la vez muy confundido y excitado.
Dorian observó aquella abertura estrecha y rosada unos segundos, luego de nuevo atacó con su lengua y empezó a acosar aquel sitio sin tregua.
Los gemidos de Cam rebotaban por los altos techos de la habitación, luego Dorian decidió que la lengua no era suficiente así que introdujo con mucho cuidado el dedo medio al interior del muchacho quien soltó un grito de sorpresa.
—¿Sientes rico?—Preguntó Dorian sonriendo triunfal al ver cómo el otro alzaba la cadera hacia atrás exponiéndose más ante él.
Asintió en silencio.
Dorian introdujo un dedo más haciendo que Cam se echara para atrás buscando algo más grande, Dorian sonrió abiertamente fascinado.
—Quien diría que serías tan glotón—Dijo para luego darle un fuerte mordisco en el glúteo izquierdo—¿Que quieres Cam?.
El muchacho entre jadeos solo respondió con un débil "No sé".
Entonces Dorian se puso de pie e hizo al otro subirse a la cama y quedar expuesto al quedar con las cuatro extremidades sobre el colchón.
—Alza el culo y pon el pecho en la cama.
Ordenó Dorian mientras el otro obedecía.
—Waters... Pero que preciosa vista tengo de ti. Definitivamente está parte de tu cuerpo es ahora mi parte favorita, tienes el culo más hermoso que he visto jamás...
Cam se sonrojó al sentirse expuesto.
Dorian ladeó la cabeza ligeramente a la izquierda y luego se posicionó en la estrechisima entrada de Cam, vio que estaba muy lubricado por la saliva, aún así Dorian escupió otro poco más de saliva para lubricar más.
Entonces sujetó la cadera de Cam con ambas manos con fuerza y lentamente se fue abriendo paso en el interior del joven, quien soltó un grito ahogado por el dolor intenso y punzante y empezó a removerse inquieto intentando zafarse del poderoso agarre de Dorian.
Pero fue en vano, Dorian no lo soltó y al ver que el otro quería huir, inmediatamente se abrió paso de manera definitiva dentro de Cam, hundiéndose hasta el tope del muchacho, saboreando la sensación de estrechez, de suavidad y presión que sentía en su miembr*.
—Ay Cam... Eres tan... delicioso...
Dijo Dorian con voz quebrada y ronca.
El muchacho no dijo nada, permaneció inmóvil sintiendo en su interior la poderosa erección y magnitud del otro.
Entonces en un acto de deliberada crueldad, Dorian empezó a meter y sacar lentamente, mientras Cam mordía una almohada y reprimía o ahogaba sus gemidos que en ese momento eran de dolor.
Dorian siguió con el bombeo profundo, poderoso y lento, pero al pasar de los minutos las estocadas se volvieron más rápidas y violentas mientras Cam empezó a dejar de sentir dolor y una extraña sensación de sumisión, el sentirse vulnerable al estar siendo penetrado, provocó una excitación y placer renovados.
—¿Te gusta esto putito?.
Le dijo Dorian, insultándolo por primera vez.
Por alguna razón Cam se excitó al escuchar al otro insultarlo y denigrarlo de esa manera tan vulgar.
Cam empezó a moverse con confianza, buscando aquel miembr* de tamaño espectacular
Dorian se quedó quieto observando con morbo, como era el mismo Cam quien se estaba moviendo de manera espantosamente deliciosa y al mismo tiempo empezaba a masturbarse.
Dorian observó la imagen que el reflejo del espejo les ofrecía, una escena llena de lujuria y sadismo.
Dorian empezó a aumentar de manera violenta la potente penetración, que conforme pasaban los minutos se empezó a tornar cada vez más rápida, desordenada y cruda.
Dorian estiró el brazo derecho y sujetó con fuerza el cabello de Cam a la altura de la nuca y con la mano izquierda sujetaba la cadera del joven sin dejar de bombear con furia.
Cam estaba como en trance, poseído por el placer y el morbo, jamás se había sentido tan vulnerable y el otro jamás se había sentido tan poderoso.
Luego de casi veinte minutos de potentes embestidas, Cam empezó a tener violentos espasmos y terminó eyaculando sobre las blancas sábanas de seda.
Al notar que Cam ya se había venido, Dorian sintió que el también lo haría pronto así que inmediatamente se salió del interior del joven y vio como su miembr* tenia un poco de sangre ante la penetración que acababa de lacerar aquella delicada zona, luego giró rápidamente a Cam y le ordenó con voz autoritaria.
—Arrodillate ante mi y abre la boca.
Cam obedeció al instante y eso hizo.
Dorian empezó a masturbarse y luego de unos segundos su abdomen se contrajo y empezó a eyacular violentamente en la boca de Cam quien observaba todo totalmente consternado.
—Tragalo.
Ordenó Dorian.
Cam cerró la boca y paladeó el agridulce sabor del semen y la espesa textura, luego tragó todo, sintiendo como el sabor quedaba en su lengua y detrás de ella a la altura de la garganta.
Dorian sonrió al ver que el chico no tuvo arcadas.
—¿Estás bien?.
Le preguntó.
Cam asintió confundido.
—Venga, vamos a la bañera un rato para asearnos.
Le sugirió Dorian mientras le tomaba la mano y ayudaba a ponerse de pie.
Así pues una vez en la bañera con agua caliente, Dorian empezó a limpiar el cuerpo de Cam con extrema cautela, luego le dio un masaje y después se fueron a acostar tras haberse secado los cuerpos.
Ya pasada la madrugada y el cielo ya clareaba tras las cortinas.
Cam dormía con el rostro vuelto hacia la ventana, respirando con calma, y Dorian lo observaba en silencio, con una mezcla de ternura y culpa.
Nunca antes había sentido algo tan verdadero.
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Los días siguientes en la mansión Dupont pasaron con la lentitud propia del invierno.
Cam parecía más tranquilo, aunque aún frágil.
Dorian, obsesionado con cuidarlo, se encargaba de que comiera, de que descansara, de que nada le faltara.
Le preparaba el desayuno, le dejaba notas en la bandeja, lo seguía con la mirada cada vez que sonreía.
—Eres como un muñeco de porcelana —le dijo un día, mientras estaban en el vestidor.
—¿Por qué? —preguntó Cam, divertido.
—Porque todo te queda bien. Elegirte la ropa es como vestir a una especie de Barbie celestial.
Cam se sonrojó y rió por primera vez en mucho tiempo.
Fueron al pueblo cercano a comprar ropa.
Dorian insistió en escogerlo todo: abrigos largos, bufandas de lana, camisas suaves al tacto, pantalones oscuros que realzaban su figura delgada.
—Quiero que todos vean lo que yo veo —dijo Dorian, ajustándole el cuello de un suéter.
Cam lo miró con gratitud silenciosa, con ese brillo en los ojos que mezclaba amor y vulnerabilidad.
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A los pocos días, la casa se llenó de gente.
Tíos, primos, los abuelos Dupont.
La llegada de los parientes trajo consigo una avalancha de miradas curiosas, susurros, juicios disfrazados de cortesía.
Cam se mantuvo discreto, educado, siempre un paso atrás de Dorian.
Pero algo cambió.
Los abuelos —una pareja de porte aristocrático y ojos de hielo— fueron los primeros en rendirse ante él.
Descubrieron en sus gestos una elegancia que no era aprendida, sino innata.
Una clase silenciosa que ni siquiera la riqueza podía imitar.
Durante una conversación sobre música, Cam habló de Vivaldi, de cómo L’inverno le recordaba los días en que el mundo le parecía ajeno y el frío era su único acompañante.
Los abuelos lo escucharon en absoluto silencio, y cuando terminó, la abuela dijo simplemente:
—Qué alma tan hermosa tiene este muchacho.
Aquel fue el inicio del cambio.
Uno a uno, los Dupont comenzaron a ver en Cam no a un extraño, sino a alguien que le devolvía a Dorian la serenidad que nunca habían visto en él.
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Las noches se hicieron más suaves.
Cam y Dorian pasaban horas en la terraza, envueltos en una manta, compartiendo historias que solo podían contarse en voz baja.
El deseo persistía, sí, pero ahora tenía algo más profundo: una ternura que los unía sin necesidad de palabras.
Dorian, con la cabeza apoyada en el hombro de Cam, susurró:
—No sé cómo lo haces… pero cuando estoy contigo, todo parece tener sentido.
Cam lo miró, con una calma que rozaba lo sagrado.
—Porque tú también lo tienes, solo necesitabas que alguien te lo recordara.
Y bajo la luz pálida de la luna, se besaron otra vez, sin miedo, sin culpa.
Como si, por fin, el invierno hubiese terminado.