Cam
Desperté sin saber si había dormido o simplemente había cerrado los ojos para escapar de su voz. El cuarto estaba en penumbra, el aire olía a perfume caro y a algo metálico, como si el remordimiento tuviera olor. Me dolían los brazos, no tanto por fuera… más bien por dentro. Por lo que no podía decir.
Dorian dormía a mi lado, girado hacia mí. Tenía la respiración profunda y el ceño apenas fruncido, como si incluso en sueños siguiera defendiéndose de algo. Quise moverme, pero su brazo estaba sobre mí, pesado, posesivo.
Pensé en la chica del estacionamiento, en su sonrisa limpia y en cómo todo se torció tan rápido. No había hecho nada malo, lo sabía, pero en la lógica de Dorian las cosas no funcionaban con inocencia: solo con lealtad o traición.
Quise creer que todo lo hacía porque me amaba. Era más fácil pensar eso que aceptar la idea de que algo dentro de él podía ser cruel.
Dorian
Cuando abrí los ojos, Cam ya estaba despierto. Su rostro tenía esa expresión que me dolía mirar: miedo, sí, pero también algo más. Algo que me hacía sentir un monstruo. Me incorporé en silencio, la luz tenue filtrándose por la cortina dejaba ver que las marcas estaban ahí como vestigios de furia no controlada. Mi garganta se cerró.
Me arrodillé frente a él.
—Cam… —mi voz fue apenas un hilo— no quise… no así.
Él no dijo nada, solo me miró. Esa mirada me partió. No era odio. Era comprensión. Y eso me dolió más que cualquier reproche.
Me acerqué y pasé los dedos sobre su piel con una torpeza que me avergonzó.
—Te amo —dije—. No sé hacerlo bien, pero te amo.
Cam asintió, apenas un movimiento, y en ese silencio entendí que me estaba perdonando.
Y yo, egoísta, acepté ese perdón porque no sabía existir sin él.
Cam
Cuando Dorian me habló, su voz no era la del que grita, sino la del que se derrumba. Y aunque parte de mí quería alejarse, la otra, la más grande, la más herida, solo quería volver a abrazarlo.
No sabía si eso era amor o costumbre, si era miedo o ternura, pero lo quise igual. Lo quise con todo lo roto.
Esa mañana no hablamos más.
Solo nos quedamos así, en un de silencio espeso, con el sonido del mar y el tráfico matutino colándose desde la ventana.
El eco del silencio nos envolvía. Y aunque ninguno lo dijo, ambos supimos que algo dentro se había quebrado, quizás para siempre.
DORIAN
No supe en qué momento me convertí en aquello de lo que juré protegerlo.
La noche anterior todavía podía sentir el temblor de su cuerpo entre mis brazos; no por deseo, sino por miedo.
Y el miedo de Cam era algo que yo había sembrado con mis propias manos.
Soy un cabron, le supero en fuerza, el está recuperándose de un trastorno alimenticio y no está cien por ciento sano ni fuerte.
Esa mañana, al mirarme al espejo, no vi a un amante, ni a un hombre. Vi a un reflejo descompuesto por la rabia, una grieta hecha de celos y orgullo.
Falté a clase. No podía seguir fingiendo control.
Busqué el número del psicólogo que mi madre alguna vez me recomendó. No por ella, sino por mí. Porque si seguía así, terminaría destruyéndolo todo: a él, a mí, a lo que creía amor.
El consultorio olía a madera y café recién hecho. El hombre, de cabello canoso y voz profunda, me observó en silencio mientras yo hablaba.
Conté todo. No los detalles, solo la esencia: la necesidad de controlarlo, el miedo irracional de perderlo, el orgullo que se disfrazaba de amor.
Y cuando terminé, el silencio se hizo tan denso que me pesó respirar.
—¿Qué siente por él? —preguntó finalmente.
—Lo amo. Más de lo que debería.
—¿Y cree que el amor se demuestra dominando o liberando? ¿Cree usted que el amor es dañar? ¿Golpear o aterrorizar?. ¿Lo ama realmente o solo quiere tener a alguien a quien controlar para saciar su vanidad y sed de poder y demostrar su autoridad para alimentar el narcisismo?. Aún es usted muy joven, literalmente tiene poco de haber dejado de ser un adolescente y su cerebro aún no está terminado de madurar.
Aún está a tiempo de modificar y corregir ciertos hábitos y conductas que, de no tratarse van a afectar su calidad de vida y sus relaciones a futuro.
No supe responder, tenía razón... El viejo tenía razón.
El psicólogo me propuso vernos una vez por semana. No para “arreglar” algo, sino para comprenderlo.
Acepté, pero pedí que Cam no lo supiera.
No quería que lo interpretara como culpa.
Aunque lo era.
Salí del edificio al atardecer. Las calles empezaban a vaciarse y el viento traía ese olor metálico de la ciudad después de la lluvia.
Entonces lo vi.
Cam caminaba por la acera contraria, delgado, con las manos dentro de los bolsillos del abrigo.
Parecía una sombra a punto de disolverse en el aire.
Lo seguí con la mirada sin atreverme a llamarlo.
Vi cómo evitaba a las personas, cómo su cuerpo se tensaba cuando alguien se acercaba demasiado.
Giraba el rostro, bajaba la mirada, como si temiera ser visto.
Como si el mundo entero pudiera delatarlo… o castigarle.
Ahí comprendí.
El miedo que él sentía no era solo hacia mí; era hacia cualquier cosa que pudiera disgustarme.
Como si mi voz, mi enojo, mi presencia… lo acompañaran incluso en mi ausencia.
Quise correr hacia él, abrazarlo, pedirle perdón de rodillas.
Pero algo dentro de mí me detuvo:
él no necesitaba mi culpa.
Necesitaba mi silencio, mi distancia… y tiempo.
Así que me quedé allí, viendo cómo se perdía entre la multitud que él mismo evitaba.
Y juré que, aunque me doliera, iba a cambiar.
Por él.
Por lo que aún quedaba de mí.
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Cam
Desperté tarde. El cuerpo me dolía, pero no tanto como el alma.
Dorian no estaba, y en parte me aliviaba.
El aire del penthouse era espeso, como si guardara ecos de lo ocurrido la noche anterior.
Pensé en cocinarle algo. Últimamente me había empeñado en aprender; me gustaba imaginar su sonrisa si llegaba y la casa olía a pan o a sopa.
Quería hacerlo bien, compensar los errores que ni entendía.
Salí a comprar algunos ingredientes.
La ciudad se movía deprisa, y yo caminaba lento.
Sentía que todos podían ver lo que yo intentaba esconder: las marcas, la torpeza al andar, la vergüenza.
Cada ruido fuerte me hacía estremecer.
Cada rostro que se cruzaba con el mío parecía juzgarme, aunque nadie dijera nada.
No supe cuánto tiempo caminé.
Solo recuerdo el frío colándose entre mis dedos y la sensación de estar dentro de una película muda.
Había aprendido a pasar desapercibido.
Era más fácil ser invisible.
Compré lo necesario, regresé al penthouse y me puse a cocinar sin pensar demasiado.
El vapor empañó los cristales, y por un momento, el mundo pareció calmarse.
Imaginé que, cuando él regresara, vería la mesa servida y quizá… sonreiría.
Porque aún lo amaba.
Y si amar dolía así, entonces debía ser amor de verdad.
Y aunque mi experiencia con el amor de cualquier tipo se limitaba solamente a Dorian, empecé a comprender que esto que me estaba pasando no era normal.
No quiero dejarlo, pero estoy seguro que no puedo permitir que vuelva a repetirse lo de la noche anterior.