Dorian
Cuando llegué al penthouse, lo primero que percibí fue un aroma cálido y tenue, una mezcla de mantequilla, pan y algo más que no supe identificar.
La puerta de la cocina estaba entreabierta, y desde allí lo vi:
Cam, con una camiseta blanca de una banda llamada Blur demasiado grande para su cuerpo, un pantalón de mezclilla desgastado y pantuflas con forma de pie de monstruo concentrado frente a la pantalla de su laptop, siguiendo paso a paso un video de cocina.
Sus cejas se fruncían con una seriedad casi infantil, y su voz, apenas un murmullo, repetía las instrucciones en voz baja:
“...ahora agregamos la harina... poco a poco…”
Sentí un nudo en la garganta.
Durante días había pensado en cómo pedirle perdón, cómo desandar el daño.
Y allí estaba él, intentando construir un pedazo de normalidad entre las ruinas que yo había provocado.
Fui al baño, me lavé las manos, me cambié de ropa. Me puse una sudadera gris y pantalones cómodos.
Al volver a la cocina, él levantó la vista, sorprendido.
—¿Vas a ayudarme? Estoy cocinando Raviolis rellenos de queso mozzarella, espárragos con mantequilla y langosta—preguntó con esa voz temblorosa que aún no sabía si era timidez o miedo.
—Claro —respondí—. Pero solo si me dejas cantar mientras cocino.
Puse una canción antigua; Elvis Presley llenó la habitación con Can’t Help Falling in Love.
Y entonces, sin pensarlo, me puse a imitarlo: el movimiento de las caderas, la voz grave, los gestos exagerados.
Cam estalló en una risa sincera.
Esa risa… hacía semanas que no la oía.
—Eres ridículo —dijo entre carcajadas.
—Soy tu ridículo favorito —contesté, acercándome a él con una sonrisa.
Terminamos cocinando los dos, chocando los codos, manchándonos de harina.
Por primera vez en mucho tiempo, el silencio entre nosotros no dolía.
Después, cenamos a la luz tenue del comedor.
Cam comió poco, pero comió. Y yo no insistí; no quería presionarlo, solo acompañarlo.
Fue él quien rompió el silencio.
Su voz temblaba, pero no de miedo, sino de un cansancio antiguo.
—Dorian… nunca te conté todo.
Bajó la mirada.
—Las personas que me adoptaron… no eran buenas. Me maltrataban. A veces… no me daban de comer. Y creo que… también hicieron otras cosas. No puedo recordarlo bien, pero… sé que algo pasó.
El aire se volvió pesado.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
Cam hablaba como si estuviera narrando la vida de otro, pero sus ojos… esos ojos estaban vacíos y dolidos.
—Ellos están en prisión —continuó—. Lo sé porque una trabajadora social me lo dijo cuando volví al orfanato.
Se encogió de hombros.
—Supongo que… eso es justicia.
No supe qué decir. Solo pude tomar su mano.
Era tan ligera, tan frágil.
Y entonces entendí.
Toda su vida había estado marcada por el abuso. Por el miedo.
Y yo, con mi ceguera, había repetido el patrón.
—Cam… —dije, con la voz quebrada—. Te juro que nunca más te haré daño. No volveré a ser eso. No volveré a confundirte el amor con control.
Él asintió, sin mirarme.
Solo apretó mi mano, como si esa promesa fuera suficiente… por ahora.
Después de cenar, encendimos la consola.
Jugamos un rato, reímos cuando perdimos, discutimos por quién había hecho trampa.
Era absurdo, pero también hermoso: sentir que el mundo podía ser tan simple como un juego compartido.
Más tarde vimos una película.
Cam se quedó dormido sobre mi hombro antes de que terminara.
Le acaricié el cabello con cuidado, temiendo despertarlo, y pensé que quizá, solo quizá, la redención podía empezar en lo más cotidiano: un plato de comida, una risa compartida, una promesa silenciosa.
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Cam
No recuerdo la última vez que alguien cocinó conmigo.
De hecho, no recuerdo la última vez que alguien me miró como Dorian lo hizo esta noche: sin rabia, sin órdenes, sin juicio.
Cuando se puso a imitar a Elvis, algo en mí se rompió y sanó al mismo tiempo.
Reí hasta que me dolieron las mejillas. Y por un instante, pensé que todo podía volver a estar bien.
Durante la cena, le conté cosas que había jurado no decirle a nadie.
No porque confiara del todo, sino porque sentí que necesitaba saberlo.
Que entendiera por qué a veces me quedaba quieto cuando levantaba la voz, o por qué temía que el silencio se volviera una amenaza.
Él no dijo mucho. Solo me miró, y esa mirada valió más que cualquier palabra.
Después jugamos, reímos.
Me sentí… normal.
Y esa normalidad era un regalo que no sabía que necesitaba.
Antes de dormir, escuché su respiración acompasada.
Pensé que tal vez el amor, ese amor que asusta y salva, no era perfecto, ni puro, ni libre de sombras.
Pero al menos, esa noche, fue real.
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