Capítulo 16. "Rotura radial".

1328 Palabras
Cam El sol empezaba a hundirse detrás de los edificios del campus, tiñendo el concreto de un naranja frío. Esperaba a Dorian apoyado en la defensa del Mercedes, mirando cómo el vapor de mi respiración se mezclaba con el aire húmedo de Febrero. No había mucha gente a esa hora, sólo el murmullo lejano de las ruedas sobre el asfalto y las voces dispersas de quienes salían de clase. Entonces apareció ella. Cabello cobrizo, sonrisa ligera. Me habló con una naturalidad que me desarmó, como si yo fuera alguien cercano a ella. Me preguntó si estudiaba ahí, si esperaba a alguien. Yo asentí, incómodo. Su perfume flotaba, dulce, insistente. —¿Y si me das tu número? —dijo, sonriendo. Me quedé helado. No por ella, sino por lo que implicaba su pregunta. Intenté explicarle algo, torpe, algo como “no puedo”, pero en ese instante escuché el portazo de la entrada lateral del edificio. Dorian. Sus pasos sonaban como un eco metálico que se acercaba, y con cada uno, mi pecho se encogía un poco más. Cuando llegó, ni siquiera la miró. Solo me tomó del brazo, con fuerza. La chica retrocedió, desconcertada. El silencio en el camino hasta la camioneta fue más ruidoso que cualquier grito. Varios estudiantes nos miraban pasar cerca de ellos, me dio pena la escena. Que vieran como Dorian tiraba de mi muñeca y del resto de mi humanidad como si fuese yo un perro que se resistía a volver a casa. Así que aceleré el paso para cooperar y que pareciera que ambos llevábamos prisa e íbamos tarde a algún sitio. Sabía lo que vendría. Su respiración se volvió tensa, su mandíbula rígida. En cuanto cerró la puerta, estalló. —¿Qué demonios hacías con ella, Cam? ¿Quién es ella?.—Su voz era fuego. Intenté explicarme, pero las palabras se rompían en la garganta. —Yo… solo estaba esperando… No la conozco... —¿Esperando qué? ¿Que te coquetearan? ¿Que alguien te mirara? Mire aquel sujeto que me sobrepasaba en peso y tamaño. Viéndolo de esa manera, en una pelea Dorian podría dejarme en coma de un golpe, no tenía posibilidades contra el. Jamás reparé en esa posibilidad. Cada palabra era un golpe invisible. Sentí el temblor en mis manos. No era ira, era miedo. El tipo de miedo que paraliza, que te convence de que mereces todo lo que pasa. Cuando por fin me atreví a mirarlo, vi algo oscuro en sus ojos. No era celos, era posesión. Dorian No soporto verlo así. Con otros. Ni siquiera hablando. Sé que suena irracional, pero en mi cabeza se enciende algo que no puedo apagar. Cam no entiende que el mundo no es seguro para él, que hay personas esperando una grieta, una distracción para robármelo. Lo miro, encogido, mirando el suelo, y me duele. Pero también me enfurece que no comprenda que yo soy lo único que lo mantiene a salvo. —Te he dicho mil veces que no hables con nadie. —Mi voz sale más baja, más fría. —Lo siento, Dorian, no fue… —No digas nada. Ya es suficiente. Mientras conduzco, pienso en cómo éramos antes. Cuando sonreía conmigo, cuando todo era simple. No quiero dañarlo, quiero protegerlo. Pero si no me obedece, el mundo lo romperá antes que yo. Eso me repito. Eso me calma. Llegamos a casa y abro la puerta. —¡MÉTETE!. Grité señalando el interior. Él obedece y lo hace deprisa mientras yo cierro la puerta bajo llave. Cam Cuando llegamos al departamento, la puerta se cerró con ese sonido que ya conozco: final, seco, inevitable. Dorian caminó en silencio por el pasillo, y yo sentí las lágrimas sin poder detenerlas, por la impotencia. Entonces habló, sin mirarme: —Sabes lo que pasa cuando desobedeces. No gritaba ya. Su voz era serena, pero helada. Esa calma me asusta más que cualquier estallido. —Yo solo… no quería parecer grosero —susurré. Él se giró despacio, con una expresión que parecía más decepción que enojo. —Cam… nadie te miraba antes de mí. Nadie se preocupaba. Nadie. Cada palabra se clavaba como una aguja. —Tú lo sabes, ¿verdad? —Sí —contesté, sin pensar. —Entonces no arruines lo que tenemos. Eres mío. Yo te hago existir, antes de mí no había nada ni nadie en tu vida. Y en ese instante, aunque todo en mí gritaba que debía correr, no pude moverme. Porque parte de mí —esa parte frágil y confundida— creía que tenía él razón. Entonces se acercó a mi y lo siguiente que noté fue el dolor. Intenté evitarlo, pero tal cual lo supuse en el auto... No pude. Cam El silencio después de sus palabras fue largo. Ni siquiera el ruido del tráfico afuera se atrevía a entrar. El reloj marcaba las 9:14 PM, pero el tiempo parecía suspendido, colgando de un hilo invisible. No lloré. O quizá sí, pero sin sonido. Sentía el pulso en la piel, me ardían distintas zonas del cuerpo, me dolían los músculos, me dolían los brazos, me dolía el pecho y sentia un latido torpe donde el calor se mezclaba con la vergüenza. Me sentía avergonzado, frustrado e impotente. "¿Porque no pude defenderme?." Me pregunté. Él estaba de pie, frente a mí, respirando lento. Su mirada había cambiado: ya no era furia, era culpa. Me cubrí con la sábana, y aunque él no me lo pidió, supe que debía quedarme quieto. Como si el movimiento pudiera volver a encender su enojo. Cerré los ojos, intentando no pensar. Pero el cuerpo siempre recuerda. Cada roce, cada presión sobre la piel, se vuelve una especie de eco. Y ese eco no duele igual: tiene algo que se confunde entre el miedo y algo más oscuro que nunca sé nombrar. Él se acercó despacio, tocó mi brazo. Su voz sonó tan baja que apenas la reconocí. —Cam… no quería hacerte daño. No respondí. Porque no sabía qué era el daño y qué era el amor, no cuando venía de él. Dorian Lo miré dormido —o fingiendo dormir— y sentí una punzada en el pecho. Su piel tenía el mapa de mi ira, las marcas de mis dedos, la sombra violeta en su cuello. Me quedé quieto, con la mano suspendida a medio aire. Quise rozarlo, pero temí despertarlo, temí que me viera como lo que en ese momento parecía ser: un monstruo. “Solo fue un castigo”, me dije. Una frase que había usado tantas veces que ya sonaba hueca. Pero esa noche… algo fue distinto. La fuerza se me escapó de control. Hubo un segundo, solo uno, en el que vi su rostro —ese miedo en sus ojos— y supe que me había pasado. Me levanté y fui al baño. El espejo me devolvió una imagen que detesté. Los nudillos hinchados, el temblor leve en la mandíbula. “¿Qué estás haciendo?”, pensé. Pero el pensamiento no trajo respuesta, solo un cansancio que me cayó encima como un abrigo mojado. Cam Desperté a medianoche. Él estaba en el sofá, la cabeza hundida entre las manos. Por un momento quise ir hacia él, consolarlo. Y eso fue lo que más me asustó: esa necesidad absurda de cuidarlo, de proteger a quien me rompía un poco cada día. Lo observé en silencio. Parecía derrotado, humano, casi frágil. Y entonces entendí que su culpa era su manera de seguir atándome. Porque después vendrían las disculpas, la ternura, las promesas. Y yo volvería a creerle. Dorian Cuando sintió que lo miraba, me levanté. Me arrodillé junto a la cama. Le tomé la mano con cuidado, como si fuera algo sagrado. —No va a volver a pasar —susurré. Y en ese instante, juré que era verdad. Pero dentro de mí sabía algo que no podía decirle: que el miedo a perderlo era más fuerte que cualquier promesa.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR