Perspectiva de Dorian
El sol se filtraba en la habitación, iluminando el cabello oscuro de Cam mientras dormía plácidamente. No podía evitar observarlo: sus hombros delgados, las manos delicadas, los labios entreabiertos… y un pensamiento inevitable se instaló en mi cabeza: esto era mío, y solo mío.
—¿Despertarías incluso con la ciudad entera gritando? —susurré, acariciando suavemente su brazo—. Pero no lo harás, porque sabes que nadie puede hacerte algo, solamente yo. Eres mío.
Cam gimió levemente, revolviéndose entre las sábanas. Mi pulso se aceleró; sabía que lo que sentía era más que amor: era un deseo de control, de protección extrema, un instinto de dominación que se mezclaba con ternura. No podía tolerar que nadie lo lastimara, ni física ni emocionalmente, ni que nadie pudiera tener siquiera un fragmento de su atención.
—Hoy no sales sin mí —continué—. Y asegúrate de escucharme cuando te digo qué hacer. ¿Entendido?
Cam murmuró algo que apenas alcancé a escuchar, y yo sonreí. Ese asentimiento silencioso me decía más que cualquier palabra: aceptaba mis reglas, y de alguna manera encontraba seguridad en ellas.
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Perspectiva de Cam
A veces me sorprendo de cómo me siento tan cómodo siendo el que sigue. Dorian tiene un modo de imponerse que es casi un desafío a ignorar. Y, sin embargo, me gusta. Me hace sentir protegido, valorado… seguro.
—¿Seguro que no estoy siendo demasiado posesivo? —preguntó él mientras me ayudaba a ponerme el abrigo—. No quiero asfixiarte.
—No, Dorian… —dije, bajando la mirada—. Me gusta así.
Y lo decía en serio. Ser un sumiso para alguien como yo no es humillante: es un refugio. Un lugar donde puedo rendirme sin miedo.
Pertenecer a Dorian me hace sentir seguro.
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Narrador (tercera persona)
Durante los días siguientes, la familia Dupont empezó a notar el cambio. Dorian estaba más protector, más celoso, más insistente en controlar cada interacción de Cam. Su padre, Philipp, observaba con ceño fruncido: la intensidad de Dorian parecía a veces peligrosa, un impulso posesivo que podría dañar lo que era, en realidad, el amor de su hijo.
—Dorian, recuerda que amar no es controlar —comentó un día mientras veían a los chicos caminar por el jardín—. Pero debo admitir… que Cam parece responder muy bien a ti. Solamente que he notado que eres muy invasivo, arbitrario y controlador.
Cam es un ser humano no un objeto.
Dorian sonrió, consciente de que Philipp notaba su actitud dominante, pero también orgulloso: Cam lo seguía voluntariamente, y eso era lo que más le importaba.
El sabía perfectamente que Cam no era una cosa, pero por primera vez en su vida la idea de poseer, de controlar y que le obedecieran le parecía excitante.
Y más aún si había una persona que quería ser controlada.
Ahí había un equilibrio que, si bien para los ojos de los demás podría parecer abuso, para ellos era algo más profundo.
Era un vínculo que se hacía más fuerte al pasar los días, algo tan íntimo, tan propio que independientemente de si fuese correcto o no, para ellos estaba bien y funcionaba.
Y si el resto de las personas no lo veían bien, eso a ellos dos no les importaba en lo absoluto.
Lo que no veían es que para Dorian no solamente Cam le pertenecía, si no que el también sentía que le pertenecía al otro.
Era recíproco, algo parecido a una simbiosis.
Ambos se necesitaban mutuamente, uno para sobrevivir y el otro para existir.
Aún así, había momentos en los que Cam se resistía a ceder, una parte de él no quería la sumisión y eso volvía todo más excitante para Dorian.
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Perspectiva de Cam
Salimos al centro de la ciudad. Dorian me guiaba, su mano firme sobre mi espalda. No era que necesitara que me empujara o me dirigiera, pero había algo en cómo lo hacía que me daba seguridad, aunque por momentos mi voluntad se revelaba ante la suya.
Eso parecía divertirlo, puesto que se creaba una especie de juego para ver si podía doblegarme.
Al final cedía porque me parecía excitante.
—¡Mira, ese abrigo! —dijo, señalando uno que yo había considerado—. Eso te hace parecer una obra de arte ambulante.
—¿Estás seguro de que no solo quieres que parezca tuyo? —le pregunté, bromeando débilmente.
—Tal vez sí —respondió con una sonrisa traviesa—. Pero ¿y si te dijera que así me gusta?
Reímos, y por un momento me olvidé del mundo. Mi mundo estaba allí, en esa sonrisa, en esa mano que no soltaba la mía.
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Narrador (tercera persona)
Mientras tanto, las r************* empezaban a cobrar vida propia. Fotos de Dorian y Cam, tomadas con naturalidad y afecto, se hicieron virales entre compañeros de clase. El asombro fue inmediato: Dorian, conocido por sus conquistas efímeras y su personalidad dominante, tenía una relación formal, seria y amorosa. Con Cam, nadie había visto tal compromiso: ninguna chica había logrado algo similar, y ver a Dorian abierto, vulnerable y feliz, sorprendió a todos.
Algunos compañeros comenzaron a murmurar, a especular. Las miradas y comentarios no tardaron en llegar: celos, admiración, incredulidad. Dorian no necesitaba defenderse: Cam, aunque sumiso, se mantenía firme a su lado, lo que reforzaba su propio sentido de control y dominio.
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Perspectiva de Dorian
—¿Viste eso? —le dije mientras señalábamos una pantalla donde aparecía nuestra última foto subida—. Toda la universidad hablando de nosotros.
—Sí… —susurró Cam, nervioso—. No sé si quiero que todos sepan.
—Tranquilo, mi pequeño desastre —le dije, apretando su cintura—. Nadie puede tocarte sin que yo lo sepa. Y si alguien intenta… bueno, lo sabrás.
Cam sonrió débilmente, y yo me sentí inflado de orgullo y deseo. Tenía que protegerlo, poseerlo de manera segura y firme, pero también amarlo con cada fibra de mi ser.