Bajo los efectos del alcohol, el príncipe había perdido todo razonamiento; su visión se dificultaba, mientras que al intentar hablar, balbuceaba palabras sin sentido. Anabel lo llevó a la cama para luego comenzar a besarlo con mucha pasión. Haciendo que arda en deseo y logrando quitarle parte de la ropa... El príncipe se dejó llevar por aquellas caricias. - ¿Quién eres tú?. Acaso, ¿eres una de las jóvenes que ha venido por mí?... ¡¡O por un par de joyas!!... ¡¡¡son todas iguales!!!... Murmuraba el príncipe. Anabel se prendió en aquel juego del príncipe, le repitió su nombre en ocasiones. - ¡Soy la princesa Anabel... Príncipe!. - ¿Ana?... ¿Qué haces aquí?. Respondió el príncipe. - ¡Creí que te habías ido!... - Vine para estar contigo... ¡yo te deseo!. En medio de la oscuridad, el

