El trayecto de regreso al escritorio de Rocío se sintió como un desfile por el corredor de la muerte. Mis tacones hacían un eco metálico contra el suelo de porcelanato, un sonido que parecía anunciar mi presencia a cada oficina de cristal por la que pasábamos. Sentía las pupilas de las empleadas clavadas en mi espalda, diseccionando mi ropa, mi estatura, mi postura. Para ellas, yo era el nuevo capricho del jefe; para mí, era un náufrago tratando de mantener la cabeza fuera del agua en un océano de tiburones con traje de diseñador. Llegamos a la estación de trabajo de Rocío, una península de tecnología y orden impecable justo fuera de la puerta de ébano de Alistair. Ella se sentó con una gracia que yo solo podía soñar y me señaló una silla lateral. —Dame tu número, Clara —dijo, abriendo u

