La República de Juguete

2006 Palabras
La idea de Aminta, era entonces, fundar un pueblo, uno que no tenía ni asfalto, ni iglesia, ni colegios, ni mucho menos, atención de parte del estado, sin embargo, Aminta, sabía que no había nada que el dinero no pudiera comprar: - Si es preciso, compraré una maestra, albañiles, y a un párroco, tendremos nuestra propia República de juguete, sin que el Gobierno, lo llegue a notar – pensaba Aminta para sí misma.   Se llegó el día en el que el caleño, llegó en su jeep, con sus tres hombres de mal aspecto; en esta ocasión se encontraron con los kilos de base de coca, muy bien embalados, y listos para llevárselos; no tendría ningún problema en transportarlos, esto debido a que en su jeep, tenía un compartimiento especial, que le permitía camuflar cosas muy grandes, que el Ejército no notaría, además de, ser la dejación del Estado, algo que jugaba a su favor, porque hasta ese entonces, a nadie del Gobierno, le interesaba llevar sus sofisticados helicópteros y armamentos a una trocha tan pobre.   Me alegra mucho verlo de nuevo - Saludó José Amario, como todo un hombre de negocios  A mí también. Muéstreme por favor, qué es lo que tiene para mí - Solicitó El Caleño  Eustaquio, sacó el producto, ya completamente listo, en lo que los hombres del Caleño bajaron varios portafolios llenos de billetes, que seguramente, les iba a tomar mucho tiempo contar. El trámite fue muy rápido, y ni El caleño, ni sus hombres, quisieron permanecer en la aldea, mucho más del tiempo necesario.   Vengo en seis meses, nuevamente. Espero que, lo que les dejo aquí, les alcance – Dijo El hombre rubio, con sus dientes de oro deslumbrantes.   Aquí lo esperamos, con la misma cantidad - Señaló José Amario.   Luego empezaremos a aumentar las cantidades, pero por el momento, está bien - Indicó el Caleño, despidiéndose.   Una vez partió el jeep, cargado de kilos de base de coca, Aminta, Eustaquio y José Amario, se dispusieron a contar los billetes de todos esos portafolios; era demasiado dinero, y seguramente, no alcanzaría la noche, para contarlos.   A lo mejor, y sea mucho más sencillo, contar el dinero, pesándolo, porque contando billete por billete, no lo vamos a lograr - Comentó Aminta.   Nunca en mi vida, había visto tanto dinero junto – Dijo Eustaquio, sudando por el nerviosismo.   Luego, tendremos que empezar a dividir el dinero en partes iguales. Desde luego que nosotros, cobraremos nuestra comisión por haberles enseñado el cultivo, y por haber traído el progreso a este lugar – Dijo José Amario, con un aire de Redentor.   Tendremos que asegurarnos que todo sea equitativo, porque la gente, no es boba, y seguro se dará cuenta si tomamos, mucho más de lo que debíamos; es también su trabajo y debemos ser justos - Cerró Aminta.   Provistos de una báscula muy vieja, contaron el primer millón de pesos (que, en aquel momento, era demasiado dinero) y empezaron a juntar cantidades equivalentes en gramaje, para hacer pequeños bultos de a millones; luego procedieron a dividir estas cantidades, para entregarlas, al día siguiente a cada una de las familias.   Como había sido José Amario, quien hiciera “la propuesta” inicial, él mismo, escoltado por Eustaquio, entregaría el dinero, puerta a puerta, como si se tratara de un domicilio. Apenas y podían esperar a que amaneciera, para empezar a entregar todo el dinero:  Vine hasta acá, hasta su casa, para entregarle en la mano, lo que le prometí, para que vea usted que esta familia, siempre cumple con sus promesas - Decía José Amario con vanidad, a cada uno de los aldeanos, a los que les entregaba su pago.   Aminta, por su parte, y anticipando la reacción de los lugareños, a semejante “Aparición de la Virgen”, tomó el primer jeep, hacia San Vicente del Caguán, con Amaranto, y un joven musculoso de la vereda, a quién reclutó para que le ayudara a subir muchas cajas de cerveza y licor; igualmente, Aminta compró un equipo de sonido de segunda mano, con casete, porque conociendo las costumbres de la gente que la rodeaba, sabía, que querrían emborracharse hasta perder el conocimiento, escuchando música de cuerda, y bailando; ella quiso adelantar toda la celebración y mientras José Amario y Eustaquio, entregaban los dineros, ella iría comprando todo lo necesario para el jolgorio, y de esta manera, evitaría que los aldeanos, se fueran a otro lugar, a hacer alarde, de su nueva riqueza.   Efectivamente, y tal como Aminta lo anticipaba, la gente, se enloqueció al ver tanto dinero junto, y quiso beber, bailar y festejar, como probablemente, nunca lo habían hecho en sus vidas, por siempre encontrarse en la pobreza y en la miseria. Muchos de ellos se tocaban la cara y se pellizcaban, porque no podían creer que estuvieran viviendo esa situación en la que tuvieran tanto dinero, que ni siquiera podían contarlo. En realidad, José Amario entregó alrededor de veinte millones de pesos de la época, que era demasiado dinero, para un simple labriego.   En efecto, las personas, empezaron a salir de sus casas a las calles, a gritar de felicidad. Aminta, con Amaranto y el otro joven, con quienes habían traído lo necesario para el festejo, ya les esperaba en la plaza donde impartió sus clases, con lechona, música, y mucho licor; Fue una fiesta como Amaranto, nunca había visto, y duró alrededor de una semana, en la que la gente no paraba de beber y de bailar. Caían agotados por el sol de mediodía, se quedaban dormidos en el suelo, como muñecos de trapo, y luego volvían a empezar; no hubo peleas, ni discusiones, como suele ocurrir con la gente que está embriagada. En aquel momento, eran uno solo en esa vereda que pronto, se convertiría en pueblo, por idea de Aminta.   Amaranto, observaba sentado, desde las gradas de aquel pequeño anfiteatro, toda la jarana, y hasta se reía, cuando veía bailar solos a señores muy adultos, con los pantalones a media asta, que terminaban caídos de cabeza, en una matera, por la borrachera. Para él, todo seguía siendo muy novedoso, y muy gracioso, con este cuadro en particular.   Tras la semana ininterrumpida de celebraciones, toda la vereda, cayó en un estado de adormecimiento colectivo, y se tomaron otra semana, para recuperarse de la resaca, y de los excesos de aquella celebración, que Aminta, de manera precavida, había preparado. Tanto José Amario, Aminta y Eustaquio, festejaron un poco, pero la otra parte del tiempo que se ausentaron, estaban planeando cómo darle una estructura de pueblo, a aquella olvidada vereda, para que los recursos, se quedaran allí, y no salieran de ese círculo:  En lo que se prepara la próxima cosecha, había pensado que uno de ustedes dos, podría ir a conseguir albañiles, cemento, un maestro, y un párroco, para que tengamos, nuestra propia escuela, y nuestra propia iglesia.   Yo podría hacerlo, pero ¿hasta dónde me tendría que ir? - Preguntó Eustaquio  Hasta Cali, que es la ciudad más grande, que tenemos más cerca - Señaló Aminta  Pero es que son los terrenos del caleño, no me gustaría que, por esas casualidades de la vida, me lo encontrara allí -   La otra opción es irse a Bogotá directamente; sí no tienes miedo de enfrentar el monstruo que es esa ciudad - Comentó Aminta.   Si no tuve miedo de enfrentar esta empresa, ¿por qué habría de tenerlo ahora? - Dijo Eustaquio – Lo que sí me preocupa un poco es que no sé cómo voy a ir ,diciendo que necesito llevarme un cura, un maestro y algunos albañiles.   Ya encontraremos la manera - Aseveró Aminta, abrazando a Eustaquio.   La realidad, es que la Bogotá, de aquellos tiempos, podría devorarse, a cualquier persona que no la conociera, o que no supiera andar por ella, y Eustaquio, solo conocía aquellas trochas; No obstante, tenía un excelente sentido de la orientación, y podía ubicarse incluso aún dentro de la espesa selva; sin embargo, la capital era una jungla de asfalto, rodeada de hambrientos cazadores, y de personas sin ningún tipo de empatía, que difícilmente, le ayudarían a ubicarse en algún lugar. Eustaquio, haciendo acopio de una valentía, que le había sido un poco esquiva, toda su vida, se lanzaría a buscar las personas que su amada esposa le pedía; de igual manera, debía buscar la manera de camuflar tanto dinero, porque prácticamente, compraría a aquellas personas; en aquel momento, Eustaquio pensó que sería buena idea comprar allí mismo, un jeep, como los que tenía el caleño, ya que tenía la idea de conducir automotores, porque alguna vez, tuvo que entenderse con algunos tractores viejos, estando en San Vicente del Caguán; teniendo un vehículo propio, podría intentar movilizarse por la ciudad, sin mayor inconveniente. Sin duda, era todo un reto para él, pero seguro, con un poco de destreza, lograría sortear los obstáculos.   Tengo la idea de llegar a Bogotá, directamente a comprar un jeep - Señaló Eustaquio  Está bien, me parece que, en su momento, eso nos podría ayudar a traer cosas de San Vicente, o desde Florencia de ser necesario, además de permitirnos andar por la trocha. Ahora que tenemos los medios, podemos hacerlo – Aprobó Aminta.   Me parece, amor. Esta semana dispondré de todo para poder ir a la capital, con todo el dinero que llevo a cuestas, pero me devolveré en el nuevo vehículo. Será un viaje muy difícil, pero estoy plenamente convencido de que es por una muy buena causa. - Respondió Eustaquio  Alistaré todo, para que vayas cómodo; es más, le diré a mi madre, que te prepare una suerte de vendaje, para que lleves el dinero adherido a ti, y nadie lo note; de igual manera, y conforme lo venimos haciendo, lo mejor es que manejes un muy bajo perfil en la ciudad, porque no queremos alertar a nadie, ni ganarnos a la policía y que empiecen a hacernos preguntas y a rastrearnos - Comentó Aminta.   Así será, mi amor - Cerró Eustaquio  Casi siempre, Eustaquio, se encontraba sorprendido del nivel de detalle con que Aminta asumía las cosas, y como podía llegar a prever casi todo. Él era muy consciente que, sin ella, probablemente, la empresa ilícita de la vereda, no se hubiese podido llevar a cabo, de manera tan exitosa, por eso, en silencio todas las noches, agradecía al Todopoderoso, de haberla encontrado, en aquella quebrada, lavando ropas. Sabía que la idea de edificar todo un pueblo, era una idea mucho más grande, que la misma del “proyecto cocalero”, pero definitivamente, era una hazaña, que parecía mucho más coherente, que la de querer montar, a como diera lugar un laboratorio de drogas - Quizá esto no despierte tantas suspicacias en la gente – pensaba para consolarse así mismo, de sus pensamientos fatalistas.   Aminta, con su obsesión por la planeación, empezó a revisar uno a uno los detalles del viaje de Eustaquio, para que se fuera sin mayor inconveniente. Indicó que se comunicarían mediante telegramas a diario, así ella tuviese que viajar todos los días a San Vicente, pero insistió en que era fundamental para ella, estar al tanto de la evolución de la tarea que le encomendó, y quería saber en todo momento, que se encontrara bien, esto porque, aunque Aminta, no conociera la capital, siempre había escuchado que era demasiado grande, y muy peligrosa, y como no era menor la cifra de dinero que portaba Eustaquio, temía que algo le pudiera ocurrir. De hecho, dispuso de unas pequeñas navajas para que el llevara a la mano, en caso de que tuviera que defenderse.   Amaranto observaba todos los planes y recomendaciones que Aminta hacía a Eustaquio, con mucho cariño y respeto; sintió que era sumamente afortunado, de haber nacido en un hogar tan lleno de amor, y desde aquel entonces, Amaranto aprendió que era vital para la existencia, cuidar de todos aquellos a quienes se ama, porque en el fondo, todos necesitamos de la ayuda del otro, para subsistir.  - También el amor, puede ayudarnos a salir adelante - Pensaba Amaranto, para sí mismo.
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