La promesa

1979 Palabras
Llegado el día del viaje, Aminta atavió a Eustaquio con todos los billetes alrededor de su cuerpo; se decidió que se iría en un camión que salía de la vereda hacia San Vicente, y que de allí, se iría a Florencia, para tomar un bus, de las pocas empresas transportadoras que había, hacia Bogotá. Fue un viaje intenso, de más de veinticuatro horas, que le provocó dolores en todo el cuerpo a Eustaquio. Cómo pudo, en aquel terminal, abordó un taxi al que le pidió que le llevara a un hotel cerca.   El hotel más cercano, es un poco costoso - Señaló el taxista.  No importa, lléveme por favor - Señaló Eustaquio, con un hilo de voz, porque sintió que la liviandad del aire de la capital, lo ahogaba.   Al taxista se le hizo muy extraño que Eustaquio, con la apariencia de campesino humilde que llevaba, tuviera para costear una estadía así; y es que el atuendo de Eustaquio, fue el de más bajo perfil que escogió Aminta: botas pantaneras, un pantalón cualquiera, con lo que parecía ser un machete al cinto, un sombrero, y una camisa, con los botones abiertos, pero que ocultaban la cantidad de billetes que llevaba adheridos a su cuerpo. Llegado al hotel, la recepcionista lo miró con desprecio, porque pensó que Eustaquio le iría a pedir limosna, o sobras de comida.   No tengo habitaciones – Dijo la recepcionista con bastante antipatía  Entiendo, porque tengo para abonar una semana completa por adelantado – Dijo Eustaquio.  De inmediato, la recepcionista cambió su cara, su tono de voz, y se dispuso a tratarlo con el mínimo de decencia humana. En la capital, las personas tenían la tendencia a “tratar bien”, únicamente a las personas, que tenía alguna capacidad adquisitiva; era ese el único criterio para respetar al otro, y no el hecho de que fuera un ser humano per sé. Eustaquio llevaba una maleta muy pequeña de mano, y tras el larguísimo viaje, se dispuso a dormir el día completo, después de haber almorzado en el costoso hotel. Al día siguiente se dispuso a buscar un concesionario en el que pudiese adquirir el jeep, para poder deambular por las calles; caminó algunas cuadras, hacia la avenida principal, y en una esquina, encontró una vitrina de cristal, en donde vio un carro muy similar al del Caleño; entró como sí se tratara de una tienda de pueblo, y preguntó con algo de timidez:  Buen día, quisiera saber ¿cuánto cuesta este vehículo? - Indagó Eustaquio  Una cantidad que seguro usted no va a poder pagar – Dijo uno de los vendedores, con aire de burla.   Sí que tengo como pagarle, pero no se preocupe – Dijo Eustaquio, dando la vuelta para irse.   ¡Espere un momento señor! - Exclamo en el fondo, una joven, elegantemente vestida con un sastre azul oscuro - Dígame por favor, ¿Qué carro le llamó la atención?   Aquel jeep, me parece muy bonito, y lo necesito para andar entre la trocha y campo abierto - Explicó Eustaquio  Tiene un costo de diez millones de pesos - Señaló la joven  Perfecto. Puedo entregarle el dinero de una vez, y usted me da el vehículo - Dijo Eustaquio.  Siga por aquí por favor, vamos a hacer el papeleo - Señaló la joven chica.  El vendedor que trató de manera despectiva a Eustaquio por su aspecto, no podía creer lo que estaba ocurriendo, básicamente, porque pensó que se trataba de un campesino más desplazado, como otros miles, que llegaban a la capital, huyendo de la violencia. Eustaquio, salió manejando su auto nuevo, y aunque le costó un poco de trabajo al principio, recordó que no podía ser tan pesado de manejar, como un tractor, así que pronto se encontró andando, por las calles de la capital, porque no sabía muy bien, en donde encontraría albañiles, un párroco y un profesor.   El primer sitio al cual Eustaquio se dirigió fue a una iglesia que encontró a unas pocas cuadras:  Muy buenos días, vengo en la búsqueda de una párroco - dijo Eustaquio, sin sonrojarse  Sí señor ¿Lo busca usted, para confesarse? - Indicó el sacristán   No, no señor, lo requiero para que vaya conmigo, a fundar una iglesia en el pueblo.   ¡Ah! Entiendo, pero él no puede irse, porque los sacerdotes, son dirigidos a ciudades, por órdenes del Arzobispado, que es quién los asigna a cada municipio.   Veo...y ¿cómo podría solicitar un párroco para la vereda en la que vivo? - preguntó Eustaquio nuevamente – Estoy dispuesto a pagar lo que se requiera.   Hagamos lo siguiente, si gusta espéreme aquí en la capilla, en lo que ubico al párroco, para que le haga usted la solicitud pertinente. - dijo el joven sacristán, como deshaciéndose del problema.  En aquel momento, estando Eustaquio sentado en la capilla, completamente en silencio, y con un gran crucifijo de frente, se preguntó muchas cosas: ¿Sí lo que estaba haciendo era lo correcto? Sí, ahora que llevaba a cuestas la vida de las personas de la vereda, sería capaz de garantizarles a todos que iban a poder vivir, aún cuando lo que estaban haciendo, estaba completamente fuera de la ley, sí todo esto sería lo mejor para su familia, y en especial para Amaranto, su hijo; decidió doblar sus rodillas, cerrar sus ojos, y disponerse a hablar con el creador:  “Amado padre, sé que lo que estoy haciendo, quizá, esté completamente alejado de lo que es lo debido, y no busco justificarme, pero en las condiciones en las que me ha tocado vivir, ha sido la única opción que he encontrado. Sé muy bien que lo que he estado fabricando, es algo que puede traer la muerte a muchas personas, pero también espero poder salir de esto en algún momento, para poder vivir mi vida en paz. Señor, no quería participar en esto, pero siento que me ví arrastrado a hacerlo, y en este punto, en el que ya no hay vuelta atrás, te pido porque las consecuencias no me arrastren, ni a mí, ni a ninguno de los míos. Sí logro salir de todo esto, con mi familia entera y viva, prometo no únicamente, salirme de todo este círculo de cosas mal hechas, sino que, además, prometo dejar una vereda apta para que los niños que vienen, puedan crecer, jugar tranquilos, estudiar, y ser algo más, diferente a los miserables campesinos colonos, que nos tocó ser” - Cerró Eustaquio, persignándose y dando las Gracias.  Eustaquio, no era muy creyente, pero sí sabía que existían las causas y los efectos, y que tal y como ocurría con la tierra, todo lo que uno siembra, cosecha, por ese motivo, trataba, en lo posible, ser lo más correcto posible, aunque era plenamente consciente, que no estaba haciendo lo adecuado, pero en aquel momento, prefería verlo como una circunstancia, para mejorar un poco, la realidad de su familia, y tener, al menos, un futuro.   Una vez Eustaquio terminó sus súplicas, elevó su mirada, y sintió paz interior, como hacía mucho tiempo no la sentía: estaba dispuesto a asumir las consecuencias, y a llevar a su familia, al otro lado de aquel proyecto.   Señor, siga por favor - Indicó el sacristán, llevando a Eustaquio, hacia un pequeño despacho, entre estatuas gigantes de la Virgen y los Santos.   Siga por favor, siéntese - Dijo un hombre de bigote, lentes y algo regordete, que era el párroco de aquella iglesia. - Me decía mi asistente que requiere usted un párroco para su municipio...  Así es. Realmente, de donde vengo, no es un municipio, es una vereda algo alejada de San Vicente del Caguán, en el departamento del Caquetá- Indicó Eustaquio.   Bueno, lo que ocurre es que es un sitio muy escondido, no está fundado como población y además, tenemos entendido que está completamente ocupado por la guerrilla - Señaló el párroco, con tono pausado.   Lo fundaremos próximamente, Padre. Y a nuestra vereda, afortunadamente, la guerrilla no ha llegado. Estoy dispuesto a dejar una limosna considerable para que nos ayude usted con ese trámite. - Dijo Eustaquio  Siendo así, haré una solicitud formal al Arzobispo, para que asignen un párroco a su localidad – Vuelva en una semana por favor, y ya le tendré una respuesta.   Tal y como Eustaquio prometió, dejó un dinero importante para aquella parroquia, con la promesa que en una semana, tendrían un párroco, para la fundación de aquella “República de juguete”. Ese día, decidió descansar, para disponerse a buscar un maestro, que sería algo mucho más complicado, porque tendría que acercarse a algún colegio, e intentar convencer a uno de aquellos maestros, de que partieran con él, que era un completo desconocido, en un jeep, a un pueblo fantasma, porque ni siquiera existía en el mapa.   Aquella noche, Eustaquio durmió con mil mantas encima, porque el frío de la capital, le calaba en los huesos, pero logró dormir, y en sus sueños, pudo visitar el pueblo en el que se convertiría, la aldea en la que siempre vivió, y que ahora ocupaba su hijo: Recorrió sus calles, vio la plaza central y el pequeño Anfiteatro renovados, una escuela, una iglesia, y un pequeño hospital, que era algo que Aminta, había olvidado encomendarle. En aquel pueblo de sus sueños, había mil sitios que visitar, rodeados de vegetación, y en la calle, la gente departía, despreocupada, ya nadie se dedicaba a procesar coca, y todos estaban viviendo de una actividad que realmente, les gustaba hacer. Pero era eso, solo un sueño.   Al día siguiente, Eustaquio despertó con la fijación, no de conseguir un maestro, sino de conseguir a un médico, ya que toda la vida, en la aldea, todos solucionaban sus dolencias con plantas, y los conocimientos ancestrales que algunos habían heredado de la antigua herbolaria indígena, pero nunca nadie en aquella vereda, se había hecho un chequeo médico, o se había tomado algún examen, o se había revisado si quiera la dentadura, todo esto debido a que las personas de aquel lugar eran tan pobres, que estaban más bien ocupados por sobrevivir, que por su salud. Eustaquio se bañó, se preparó y salió a buscar un hospital, que obviamente, era el lugar donde encontraría galenos. Llegó así a la recepción de un hospital particular, en el que preguntó en la recepción del mismo:  Necesito contactar con un médico, él que sea - Señaló Eustaquio  ¿Tiene algún familiar recluido aquí? - Preguntó la recepcionista con algo de intriga  No, no señora, necesito hablar con un médico, por favor. Estoy dispuesto a pagar la consulta, o lo que sea necesario. - Sentenció Eustaquio  Está bien. Siga por favor y siéntese, ya lo anuncio – Dijo la recepcionista, más extrañada aún.   Estando sentado en aquel hospital, Eustaquio pudo ver como llegaban unos enfermeros, con una camilla, corriendo, dándole reanimación al que parecía ser un joven, aparentemente, de buena familia, porque tras la camilla iba su madre corriendo y llorando, y su padre atrás, tratando de alcanzarlos. - ¡Tiene una sobredosis! Por favor, continuemos con la reanimación - Gritaba uno de los enfermeros, que estaba sobre el cuerpo del joven, presionando su pecho con fuerza, para que su corazón reaccionara.   Nuevamente, los pensamientos intrusivos, llegaron a Eustaquio:  Ese joven, podría ser mi hijo, y podría estar consumiendo el producto de la coca que yo mismo estoy elaborando - Reflexionó para sí.   Eustaquio, se sintió culpable, porque era muy consciente que estaba contribuyendo a aquel flagelo, que era la drogadicción, aunque sabía que podían ser muy diversas las razones, por las que una persona llegara a esa espiral descendente.  Sabía que la responsabilidad, no era toda suya, pero al abastecer a los narcotraficantes, que eran quienes se lucraban de la miseria de otros, estaba haciendo un aporte a la desdicha de muchas familias, como aquella, hoy veía a su hijo, debatirse entre la vida y la muerte.  
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