La Estrategia

1559 Palabras
Me vas a decir ¿Cómo fue que se te ocurrió semejante idea? – Dijo Aminta, sacudiendo al pequeño niño por los hombros. Mamita, sabía lo que estaba haciendo. Mientras todos ustedes estaban ocupados sembrando coca, yo aprendí a andar por entre esta selva, la conozco, y sé orientarme dentro de ella. No será difícil que ubiquen a los chicos, de verdad – Respondió Amaranto Pero te pudieron haber matado, ¿que no entiendes? No me iban a ver nunca mamá, estaba andando por entre los árboles, y la manera como me pinté la cara, me ayudó a camuflarme. En cambio la vida de los niños de la aldea sí está en riesgo: Los tienen aislados, como sí fueran animales – Dijo Amaranto agitando Las manos. La realidad era que, sí los aldeanos, no se apresuraban a ejecutar un plan, lo suficientemente rápido, los niños no iban a soportar por mucho tiempo, las duras condiciones, en las que se encontraban. Un par de horas después de que Amaranto se bañara, llegó su padre Eustaquio, en su jeep nuevo. Venía zurumbático, porque llevaba veinticuatro horas sin dormir, sin embargo, Amaranto corrió a abrazarlo, aunque también se encontraba embarrado del polvo por andar por la trocha. Ambos sintieron una alegría inexplicable al verse nuevamente; Amaranto conocía, en su corazón de niño, que no sabía cuál podía ser la última vez que lo viera, en las condiciones en las que se encontraba todo. Al ver a Aminta, Eustaquio la besó y la abrazó: No traje ni a una sola de las personas que me pediste, pero tengo muchos ladrillos y muchas ideas por construir – Indicó Eustaquio. Está bien mi amor, no hay afán. Por ahora, debemos atender otros asuntos, pero primero necesito que reposes. Aminta ya le tenía lista la estera a Eustaquio para que este reposaba, en lo que ella llevaría a Amaranto a donde su suegro, José Amario, para que el niño narrara, todo lo que alcanzó a ver de la captura de los niños y empezarán a idear un plan para poder liberarlos, porque era una cuestión de vida o muerte, y los chicos corrían peligro, con cada minuto que pasaba. Al llegar al rancho de José Amario, Amaranto, salió corriendo a los brazos de su abuelo: Abuelito! Lo vi todo, sé en donde están los niños, sé exactamente en qué condiciones los tienen, tenemos qué hacer algo urgente, o pueden morir, ¡Abuelito por favor! – Suplicaba Amaranto. Aminta y el niño, se sentaron una banca dispuesta sobre la humilde mesa que todavía José Amario preservaba. El niño le narró toda su travesía con pelos y señales: Abuelo, es muy sencillo abrir esa jaula, pero esa misión, debemos llevarla a cabo de noche, que es de cuándo menos hombres disponen para la vigilancia – Explicó Amaranto De cualquier manera, ellos están armados, y nosotros no; tenemos que ser mucho más astutos. Creería que requeriríamos de la ayuda de todos los hombres de la aldea – Replicó José Amario Debía ser de esta manera, ya que los milicianos, superaban por número, a las gentes de la aldea; de seguro todos estarían dispuestos a cooperar, porque se trataba de los niños de la vereda. Con todo y los peligros que acechan en la noche, lo más sensato sería ir esta misma noche, y que mientras dos intentan abrir la jaula, otros vigilen, y otros dormirían a los dos milicianos que estuvieran haciendo guardia, con cloroformo, que es de los químicos que hemos adquirido, de la última compra de ácidos, para “el negocio”. De inmediato, José Amario, se dispuso a reunirse con los hombres de la comunidad, y se llevó a Amaranto, para que él, de primera mano, les explicara exactamente las condiciones del terreno, en dónde estaban los chicos, y como podían superar los obstáculos puestos por los guerrilleros. Fue así como José Amario, los organizó esa misma noche para ir al campamento, mientras Eustaquio, que aún desconocía lo que había ocurrido, dormía. Amaranto, insistió en ir con ellos: Abuelo, yo puedo guiarlos, yo sé exactamente por donde pueden andar, y qué árboles pueden trepar - Insistió el niño. Es muy peligroso, no estoy de acuerdo si quiera, con que hayas tomado la determinación que tomaste, de ir solo por tu cuenta - Increpó José Amario. Abuelo, sin mis indicaciones, es muy difícil que lleguen - Insistió Amaranto. José Amario, decidió entonces, llevarse a Amaranto, a aquella peligrosa travesía; irían él y los demás hombres de la vereda, con seguetas, agua, linternas y trapos impregnados de cloroformo, como única arma, para adormecer a los guardias; de igual forma, todos se pintaron sus rostros para camuflarse entre los arbustos, y partieron, siguiendo las indicaciones que les iba brindando Amaranto. Ni Aminta, ni las abuelas del niño, desde luego, no sabían que se lo habían llevado a tan riesgosa incursión. Conforme transcurría la noche, los hombres avanzaban igualmente, de acuerdo a la estrategia planteada por José Amario. Caminaron las mismas dos horas que previamente, Amaranto anduvo, y lo hicieron en completo silencio, sin quejarse, aun cuándo temían encontrarse de frente con una boa gigante, o con un felino de aquellos que salía a cazar en la oscuridad. Finalmente, y a lo lejos, lograron divisar una fogata, y detrás, la jaula oxidada, donde los niños se encontraban encadenados al suelo; todos los allí presentes, sintieron mucha rabia e impotencia, pero en este caso, debían hacer de lado las emociones, y actuar; los dos hombres más ágiles durmieron a los tres milicianos que hacían la guardia, mientras los demás, con seguetas, debilitaban los oxidados barrotes de la jaula, y las cadenas con las que estaban atados los niños, a quienes se les indicó que permanecieran en silencio, en lo que eran conducidos hacia el resto, del grupo que aguardaba por ellos, para llevarlos cargados, porque probablemente, no tendrían las fuerzas suficientes para andar otras dos horas de regreso, a pie, por la selva, que en aquellas horas nocturnas, se encontraba repleta de peligros. Ya se encontraban a punto de hacer su retirada, cuando de repente, Amaranto, piso, sin querer, una trampa para osos, que los milicianos, habían dispuesto, en caso que un enemigo, o un felino gigante, acechara el campamento; desde luego, aquella trampa, cercenó el pie de Amaranto, y para poder retirarla, tenían que tener luz, y al menos, algún líquido desinfectante como alcohol o agua oxigenada, pero sí se asomaban más personas, probablemente, harían mucho más ruido, y seguramente los milicianos, los asesinarían a todos, incluyendo a los niños que iban a rescatar. La reacción inmediata de Amaranto, fue desde luego, la de gritar, y por desgracia alertó a todos los guerrilleros quienes se dispusieron a ponerse en pie y a tomar sus armas; José Amario ya estaba llegando hacia donde estaba el grupo de hombres, y los cinco niños que habían sido secuestrados, ya estaban con ellos, únicamente Amaranto, se encontraba atrás del grupo, y José Amario junto con el grupo de hombres, se dispusieron a huir, dejándolo allí, prácticamente, sacrificando su existencia, por la de los demás aldeanos, que venían con ellos. Amaranto, gritaba desesperado sobre la tierra húmeda, e inmediatamente, se vio rodeado de cuatro hombres que le apuntaban a la cabeza con fusiles gigantes; luego de darse cuenta que se trataba simplemente, de un niño que había caído en una trampa, se dispusieron a adentrarse en la selva, porque dedujeron que de seguro el niño, no había llegado solo. ¿Con quién venías? - Dijo una de las mujeres que corrió a retirarle la trampa y a limpiarle la herida. Llegué solo, estaba intentando cazar un puma – Fue lo primero que se le ocurrió decir a Amaranto. ¿A un puma? ¿Tu solo, y a estas horas? - Dijo la mujer de manera incrédula Amaranto se sintió igualmente, abandonado, pero entendió que, el hecho que le intentaran retirar la trampa, y curarlo en aquel momento, implicaba que cayeran secuestrados él y todos los demás aldeanos, incluyendo los cinco niños que él pretendía rescatar. No sabía muy bien la suerte que correría en manos de aquellas personas, pero lo que tenía claro es que se había sacrificado él mismo, por los demás; a lo mejor, en algún punto, él también podría escaparse, una vez se hubiera sanado de aquella herida, si no lo asesinaban antes, desde luego. Eran muchas las cosas que llenaban la cabeza de Amaranto en aquel momento en el que su pie le dolía mucho más que su corazón: Sabía que su abuelo no lo había abandonado, porque él así lo quisiera, sino porque era lo que había que hacer, sino querían terminar todos secuestrados o muertos; de cualquier manera, sabía que su padre, Eustaquio, no lo iba a tomar nada bien, y que probablemente, iban a terminar peleados, y que esto podía dividir a su familia, porque Amaranto sabía que sus dos familias, giraban en torno a él, y ahora “Al negocio”. El niño entendía que, al día siguiente, le esperaba un interrogatorio, probablemente tortuoso, con aquellos milicianos, que parecían no tener alma. Los asumía como personas crueles, y sin ninguna empatía, así que tal y como Aminta le enseñó, se dispuso a elevar una plegaria al cielo, para que todo saliera bien, y su vida, no estuviera más en riesgo de lo que ya estaba.
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