La herida

2026 Palabras
Amaranto fue dejado en una improvisada carpa, sobre una estera en el suelo, en la que los insectos, lo devoraron, ya que se sentían atraídos por el olor a carne, de su herida abierta. Intentó dormir, pero no le fue posible, porque pudo sentir sobre sí mismo, el dolor que su familia, al saber que probablemente, no lo volverían a ver nunca. No sabía si estas oscuras personas, iban a decidir que no volviera a ver la luz del sol, o sí lo continuarían torturando para que dijera todo lo que estaba ocurriendo en la vereda, referente a la coca, o sí lo entrenarían como a un soldado más. Por otra parte, Aminta supuso que algo terrible tuvo que haber sucedido para que José Amario llorara de la forma en la que lo estaba haciendo, cuando regresó a la aldea, con los cinco niños, todos los hombres, pero sin Amaranto; Los gritos de Aminta, de inmediato despertaron a Eustaquio: ¿Pero qué ocurrió? ¿Qué es todo este alboroto, por qué gritan de esta forma? ¿Por qué están vestidos así? ¿Qué les ocurrió a los niños? – Gritó Eustaquio. Durante tu partida, las FARC, habían secuestrado a cinco de los niños de la aldea. Amaranto los había hallado y decidimos ir a rescatarlos, pero el niño, quedó atrapado en una trampa para osos. No pudimos sacarlo de allí. Era imposible porque ya estábamos rodeados de los milicianos… Nos iban a matar a todos, pero ahora el niño quedó atrapado con ellos – Explicó José Amario, quien cayó al suelo, tras un golpe seco que le lanzará Eustaquio. ¿Pero cómo es que me dices qué simplemente dejaste tirado a mi hijo, a tú nieto, sin hacer nada? – Dijo Eustaquio sollozando de dolor. No es que yo no haya querido hacer nada, es que no teníamos elección, si me quedaba rescatando al niño, íbamos a morir todos, incluyendo los chicos a los que fuimos a rescatar – Explicó José Amario, limitándose la sangre del rostro. Ahora, tendremos que ver la manera de rescatar al niño. Nos tienen completamente a su merced, lo que tanto temía yo, que ocurriera – Exclamó Eustaquio, cogiéndose la cabeza a dos manos. Aminta sintió aquellos dolores terribles de parto que sufrió, cuando había traído al mundo a Amaranto, sólo que está vez, sintió además, que su corazón se había roto en mil pedazos. Ya no importaba continuar con el negocio, ni importaba edificar el pueblo, ya nada importaba; para Aminta, la vida sin su hijo, no podía tener ningún sentido. Tras el acalorado altercado entre José Amario y Eustaquio, los niños fueron cargados en brazos hasta cada una de las casitas de bareque, y fueron entregados a sus familias, quienes lloraban de alegría, pero también de tristeza, por la pérdida de Amaranto; mientras amanecía, todos callaron, hasta que José Amario, se arriesgó a buscar de nuevo, a su hijo Eustaquio, para ver cómo iban a poder rescatar al niño: No me importa que continúes enojado; de cualquier manera, tenemos que rescatar el niño a como de lugar – Aseveró José Amario. La realidad era que, la guerrilla de las FARC, secuestraba menores, en medio del conflicto armado, era una práctica habitual: Sí los lugareños, se negaban a pagar tributos, por cualquiera que fuese su actividad económica, lícita o ilícita, tomaban a los niños, como una especie de tributo, ya fuese para reclutarlos como soldados, o en el caso de las niñas, para que atendieran las labores domésticas. Al parecer, sería eso, lo que posiblemente ocurriera con Amaranto, quien no sabría sí saldría ileso de esta situación. Era muy complejo pensar en escaparse con la pierna en el estado en la que la tenía. Por fortuna, la mujer que estaba con los guerrilleros en el campamento, atendió rápidamente la herida del niño, evitando así que la herida se infectara o se gangrenara; en aquel ambiente malsano, era muy factible que algo así ocurriera. Se llego la mañana, y a la carpa en la que se encontraba Amaranto, entraron dos hombres, de edad mediana, con unos fusiles, para intimidar al niño: ¿Fueron los de la aldea, los que vinieron a rescatar a los niños, ¿verdad? - Increpó uno de los hombres No sé, y tampoco diré nada. Sí me quieren asesinar acá, bien puedan hacerlo: Me ahorrarían el dolor que siento – Dijo Amaranto con un tono de voz débil, pero firme. ¡Nos salió todo un general, el jovencito! - Dijo el otro hombre, con tono de burla – Esta bien, no es necesario que nos digas nada, nosotros sabremos todo al final de cuentas. De cualquier manera, no vas a poder irte de acá, hasta que no obtengamos lo que queremos. Amaranto, guardó silencio nuevamente. Se le escurrieron las lágrimas, pero estaba determinado a no delatar ni a la aldea, ni mucho menos a su familia, y estaría dispuesto a hacer lo que estuviera en sus manos; sabía que podía servirle mucho más a aquella gente, vivo que muerto, por lo que dedujo que no le harían daño, siempre que se mantuviera obediente: Su estrategia, era ser el más obediente, en lo que sea que lo asignaran a hacer, para llevar la fiesta en paz, pero eso sí, sin develar nunca su origen. Por otro lado, en la aldea, todos estaban buscando alguna alternativa para ir a rescatar a Amaranto, pero sabían que en esos mismos días iba a ser muy apresurado, porque los milicianos iban a estar alerta y vigilantes. José Amario, el abuelo de Amaranto, y quien se encontraba destrozado por tener que dejar a su nieto en esas condiciones, decidió organizar como tantas otras veces a los hombres de la comunidad, en lo que el consideraba una especie de “entrenamiento militar” para organizar una avanzada contra aquellos milicianos, y lograr rescatar a Amaranto; lo que José Amario no contemplaba, era que estas pequeñas agrupaciones guerrilleras o “frentes”, estaban en constante movimiento, y recorrían a diario a pie, miles de kilómetros de selva, buscando alimento, refugio, y fuentes de financiación para su causa rebelde. No obstante, sí los guerrilleros pensaban en llevarse a Amaranto, quizá no irían tan lejos, esto debido a que Amaranto era un prisionero de guerra, y con la pierna herida, difícilmente podría andar, lo que le brindaba a los de la vereda, un pequeño espacio de tiempo, para articular toda la operación para que Amaranto regresara a casa. Aminta, por su parte cayó en total depresión. No quería pararse de la cama, no quería comer, no quería pensar en ninguna posible solución para recuperar a su hijo: ella que era la más pragmática y enérgica de las mujeres, no sabía muy bien qué hacer al respecto, ni cómo afrontar la situación, porque sin su hijo, el que tanto trabajo le costó dar a luz, su vida no tenía ningún sentido. Pensó en quitarse la vida, pero en el fondo de su corazón, había una pequeña esperanza que le indicaba que podría llegar recuperar a su hijo; sin embargo, su corazón de madre le decía que podía pasar mucho tiempo antes que eso ocurriera. Tal y como José Amario predijo, el frente que tenía retenido a Amaranto, no se movió del lugar durante un par de semanas, pero, triplicó su pie de vigilancia en el lugar, desplegando anillos de seguridad, en aproximadamente, unos cinco kilómetros a la redonda, lo que hacía imposible que, cualquier avanzada que hicieran los aldeanos, no fuese interceptada por los guerrilleros. Amaranto, bajó considerablemente de peso, porque el alimento suministrado por los guerrilleros, no era suficiente, y además era poco lo que en aquella selva espesa, se podía obtener, sin sembrar la tierra. Cazaban algunas aves, y algunos mamíferos pequeños, pero la comida era insuficiente; sin embargo, aquel par de semanas en las que Amaranto, guardó quietud, la mujer que le desinfectó la herida, inicialmente, estuvo a cargo de su cuidado, durante toda su recuperación: Se llamaba Adela, y era una mujer joven, robusta, con un rostro dulce, que había sido reclutada por ese frente de las FARC, pero en el Putumayo; era una especie de “enfermera” dentro de esta agrupación, porque se sabía que había heredado el conocimiento ancestral indígena para hacer curaciones y sanaciones, además de ser empleada para varios oficios de índole doméstico. Era una mujer poco ágil, debido a su robustez, pero su mirada era tan dulce y sus manos tan delicadas, que tenía un aire maternal, que por alguna extraña razón, agradó a Amaranto; cuando Adela iba a limpiar su herida, Amaranto sentía que no estaba solo, y que ella era una suerte de “Ángel de la guarda” que veía porque estuviera bien. Adela no sabía leer, ni escribir correctamente, sin embargo, su habilidad para curar, asombraba a Amaranto, además porque acompañaba sus curaciones, con relatos mágicos sobre rituales de sanación y chamanes que había en las comunidades indígenas del lugar: - Algún día quisiera estar allí - Pensaba Amaranto para sus adentros, mientras recordaba los relatos de su madre, Aminta, sobre serpientes boas tan gigantes, como el caudal del río Amazonas. Adela conocía casi todas las propiedades de los árboles que rodeaban el lugar: sabía cuáles eran comestibles, cuáles tenían propiedades astringentes, y era un sinfín las singularidades que ella mencionaba sobre cada espécimen del lugar; desde luego eso mantenía a Amaranto distraído y maravillado, porque eso era precisamente lo que él amaba hacer desde antes: recorrer la densa selva, y aprender tanto como pudiera de ella. Al trascurrir, ya la tercera semana, José Amario, convenció a Eustaquio, de ir con los hombres de la vereda a rescatar al niño; no obstante, al intentar acercarse al sitio donde estaba el campamento, los guerrilleros que se encontraban en guardia, empezaron a disparar al aire sin compasión, cosa que espantó a los aldeanos y José Amario y Eustaquio. Están armados, papá. Nunca los vamos a poder derrotar – Dijo Eustaquio, entre sollozos. Vamos a encontrar la manera, mijo. No se preocupe – Dijo José Amario, quién nunca se había sentido tan derrotado como en aquel momento. Probablemente, la aldea iba a necesitar armarse, y responder militarmente a los guerrilleros, porque era muy posible, que continuaran hostigándolos hasta que ellos rindieran completo informe de su actividad ilícita para el Cartel del Valle; o la otra opción, era entrar a negociar con ellos, el pago de una “vacuna” para que los dejaran operar tranquilos, y de paso ellos, entregaran a Amaranto. Sin embargo, Eustaquio se rehusaba a negociar con la guerrilla, primero por haberse atrevido a retener a los niños, y segundo, porque ello provocaría un enfrentamiento entre la gente del Caleño y entre las FARC, y en lugar de uno, quedarían con dos enemigos de por vida. Eustaquio y José Amario, nuevamente se encontraban ante aquella dicotomía, solo que esta vez, no contaban con la lucidez de Aminta, quien básicamente, se echó a la pena, y sentía que la depresión la consumía cada vez más; ellos no sabían durante cuánto tiempo más, ella podría continuar en esa dinámica, porque necesitaban de su ingenio para la resolución de esos problemas que parecían difíciles de solucionar. Las abuelas de Amaranto, se dispusieron a rezar, juiciosamente, el santo Rosario, como rogando por un milagro, o algún tipo de ayuda celestial, para recuperar al niño. Pronto, las mujeres de la aldea, se dispusieron a acompañar a las abuelas de Amaranto, en aquella súplica; - A lo mejor, sí más de uno, estamos pidiendo por una sola intención, el Todopoderoso nos atienda más prontamente - decían las abuelas, entre ellas. A la tercera semana, Amaranto dio señas de encontrarse completamente curado, y empezó a hacer en las mañanas, diferentes recorridos con Adela, a distintos puntos del campamento, mientras esta le enseñaba acerca de los frutos del lugar; sin embargo, durante esa semana, el jefe del frente les indicó que por motivos de seguridad, iban a tener que moverse del lugar, porque aparentemente, estaban llegando aviones para no únicamente, atacar desde el aire, sino para asperjar un veneno que amenazaba con acabar con los cultivos de coca en la región.
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