Lo profundo de la Amazonía

1967 Palabras
Finalizaba el mando del presidente Ernesto Samper Pizano, y ya por aquel entonces, Colombia decidió cooperar con la fratricida “Guerra contra las drogas” de Estados Unidos: Su apoyo consistiría en recibir dineros para la compra de armamento, helicópteros y aviones especializados para asperjar con glifosato, en todo lo que, desde las alturas, pareciera ser cultivos de coca. Por suerte, la vereda de Amaranto había suspendido la siembra, tras el episodio de los niños, y como el pueblo en el papel, ni siquiera existía, el helicóptero simplemente apareció, sin asperjar a nadie. No obstante, a la vereda llegaron rumores que en Putumayo, no sólo habían acabado con los cultivos de coca, sino que acabaron con los cultivos de otras plantas comestibles; es decir, arruinaron, las Cosechas de todos los campesinos. Desde luego, esto dejó grandes pérdidas de las que el Gobierno, no se quiso hacer cargo. Amaranto, que continuaba en el campamento, tuvo que caminar como el jefe del frente, había ordenado; debían desplazarse entre otras, por la presencia que el Gobierno estaba haciendo, a través de las fumigaciones; en cualquier momento podría decidir el establecer una base militar en Florencia, o algún otro punto del Caquetá, así que lo mejor, era evitar lo máximo posible, los enfrentamientos con el Ejército. Amaranto recordó en aquel punto, que siempre había deseado recorrer la selva, sólo que deseaba al menos poder estar un poco más fuerte, y poder descansar, pero los guerrilleros ya estaban acostumbrados a caminar la selva de día y de noche, sin importar la lluvia, o los peligros que acechaba la oscuridad. Se sentía agotado, y quería recostarse y dormir por horas; por suerte Adela, estaba al pendiente del niño, e iba atrás, con todos aquellos que andaban despacio. Va a haber un punto en el que se va a tener que acoplar, jovencito – Dijo uno de los guerrilleros que iba más adelante. Parte del entrenamiento es este: Caminar. “Entrenar”? Decía Amaranto para sí mismo-Lo único que he hecho en la vida, ha sido intentar recorrer lo que había tras el patio de mi casa – Se repetía nuevamente. Tras haber caminado durante tres días, el campamento de guerrilleros se encontraba en un punto, en el que Amaranto, ya no sabía dónde estaba, ni mucho menos, iban a saberlo sus familiares; entendía que debía resignarse, y que ser un niño reclutado para la guerra era lo que le esperaba ser, al menos, durante algunos meses. Mientras tanto, en la vereda, la desesperación de Aminta, José Amario, Eustaquio y de las abuelas de Amaranto, aumentaba con los días. El proyecto de edificar un nuevo municipio, quedó completamente pospuesto, porque la prioridad era organizar un bloque de búsqueda de Amaranto. Los ladrillos que Eustaquio había traído de la capital, fueron guardados en el patio trasero, y aunque no había recibido respuesta del Arzobispado, ni del Ministerio de Educación, ni el médico a los que se acercó, agradeció que al menos en este momento, no tuviera que atender aquellos asuntos, porque no tenía cabeza para pensar en nada diferente a su hijo. José Amario supo de las recientes fumigaciones en el Putumayo y en los territorios aledaños, y también llevó estas noticias: De cualquier manera, no es un muy buen momento qué digamos para sembrar, papá – Dijo Eustaquio con algo de fastidio. Mijo, pero es que podemos hacer ambas cosas, podemos seguir dándole forma al rescate del niño, e igualmente, ir sembrando. Sí el caleño llega, y tampoco tenemos el producto listo, el resultado puede ser peor – Señaló José Amario Papá pero ¿no me están diciendo que los del Gobierno están acá, por orden de Estados Unidos, botándole glifosato a todo lo que se mueva? - Dijo Eustaquio hastiado. Pues sí, pero mi idea es empezar el cultivo en otro lado más escondido aún. Con eso no afectamos, ni una cosa, ni la otra – Replicó José Amario Es decir, me está usted diciendo, básicamente, que empecemos de cero, en un lugar cercano – Parafraseó Eustaquio. Así es – Cerró José Amario Hágase usted cargo, papá. Yo solo tengo cabeza para mi niño en este momento, y es lo único que me importa resolver – Aseveró Eustaquio. Siendo José Amario, quien dejó al niño en aquel lugar, asumió sin chistar la responsabilidad de las dos cosas: la del “emprendimiento” en una nueva ubicación, y de la seguir conformando el bloque de búsqueda, para su nieto. Dispuso de la mitad de los hombres de la vereda para una cosa, y estando en San Vicente, busco otra parte de los hombres que requería para rescatar a Amaranto; desde luego., esta búsqueda no pasó desapercibida por algunos guerrilleros de otro de los frentes del grupo guerrillero, que no se encontraba, en la selva, y quienes comunicaron inmediatamente, por radio la novedad, al frente en el que sí se encontraba Amaranto. No verán a su hijo, nunca más, hasta que me entreguen toda la plata que nos ocultan – Sentenció El comandante del frente – Ni siquiera les voy a dar el beneficio de negociar, o me entregan la plata y los contactos, o no volverán a ver al niño – Aseveró el cruel hombre. Finalmente y después de casi una semana caminando, el campamento se asentó en tierra firme, en donde de una vez se armaron los cambuches, y los soldados fueron formados. Se les dio entre otras, la indicación de entrenar a Amaranto, en formación militar, y manejo de armas, para que fuera un combatiente más. Amaranto, era consciente, que ese, probablemente, sería su destino, así que, aunque aborrecía la idea, intentó seguir las órdenes, tanto como pudo, aunque en las noches, lloraba en su cambuche, porque en su mente y su corazón de niño, no cabía la idea de asesinar a otro ser humano; Adela lo consolaba, y le mentía diciendo que no podía ser tan grave: Tal vez habría sido mejor, sí hubiera quedado con la pierna rota para siempre – Dedujo Amaranto Hubiera sido peor, porque de seguro, hubieran buscado la forma de deshacerte de ti. Al menos, estás sano, y les sirves para algo – Replicó Adela. A Amaranto, los fusiles, se le hacían físicamente, difíciles de sostener: su arma, era un trozo de metal frío, que además pesaba quizá el doble que su lánguida figura; sin embargo hubo algo que Amaranto rescataba de todo ese atroz entrenamiento, y era que aparte de la instrucción militar, a los soldados les impartían cátedras sobre política, pero para entenderlas, y poder leer los pesados libros sobre los que se sustentaba la supuesta “revolución” que estaban peleando, los combatientes debían aprender a leer como primera medida, y Amaranto, empezó a recibir sus primeras lecciones para aprender a hacerlo, porque a su edad, era muy poco lo que sabía: Aminta, le había enseñado algunas consonantes y las vocales, pero jamás había tenido que leer textos, o escribir, y el aprender tanto como pudiera, le parecía a Amaranto, algo que lo podía ayudar a sobrevivir, en lo que ocurría algún milagro. Ya había transcurrido un mes después de la accidental captura de Amaranto, y él se sentía como una persona completamente diferente: Consideraba que había aprendido muchas cosas, incluso algunas, que hubiera preferido no haber aprendido nunca, pero sin duda, el hecho de leer textos de personas que ocupaban lugares fuera a aquella selva en la que se ahogaba, en algunas ocasiones, era sin duda algo que abría su mente, tan reducida por la cotidianidad del campo; a lo mejor era gente que había estudiado mucho para llegar a semejantes conclusiones, sobre la economía, la propiedad privada, y mil cosas que, para Amaranto, resultaban completamente nuevas, ya que la única economía que el conocía, era la de la empresa de coca que apenas hacía poco, habían montado sus padres; no tenía ningún otro referente, es más, no entendía como era posible que hubiera gente que tuviera el tiempo para sentarse, pensar las cosas: su contexto, como vivían etc., y luego, pudieran escribir libros enteros acerca de sus conclusiones. - ¿Quién pudo haberse sentado únicamente a escribir y redactar doctrinas completas, cuándo uno se la pasa el día, tratando de sobrevivir? - Se preguntaba aquel niño. Desde luego, Amaranto extrañaba los especiales cuidados de su madre Aminta, y de sus abuelas, pero estaba tan ocupado aprendiendo acerca de una revolución que no era suya, que tenía la impresión que el tiempo se le iba volando; lo más difícil para él, en aquel punto, era resistir el entrenamiento físico, y el intentar disparar; sentía que se desmoronaba, cada que lo intentaba hacer: el hecho de sentir el impacto del rifle en su menudo cuerpo, hacía que se moviera hasta el último de sus órganos. En el fondo, Amaranto esperaba que nunca llegara a tener que enfrentarse con otra persona frente a frente, y tener que utilizar aquel rifle; Ahora él era un niño de la guerra, y estaba completamente mentalizado en ello, sin embargo, seguía llamándole mucho más la atención la parte que estaba vinculada con la doctrina, porque le parecía toda una contradicción, el hablar de intentos de “igualdad” en un país como Colombia: Él mismo había sido una víctima de los embates de la dejadez del Estado: Era un niño hijo de campesinos que tuvieron que colonizar tierras, dedicarse a sembrar cosas ilícitas, para sobrevivir, y que era gente además, completamente analfabeta; para Amaranto, la idea de un “Estado”, sí que se constituía en una completa falacia, una farsa total, y por eso, hallaba una cierta consonancia entre lo que aprendía y lo que estaba viviendo: Bastaba con leer dos capítulos de la historia de Colombia, para en el tercer capítulo, querer armar una guerrilla: Todas aquellas ideas, encontraron asidero en la mente de Amaranto, porque las encontraba enteramente razonables; fue así como, extrañamente, aquel cautiverio, tuvo un efecto completamente distinto en Amaranto; no sabía sí había sido su propia creencia o lavado de cerebro, pero no le pareció en ese momento, tan incoherente, querer tomarse el poder en ese país por las armas: No obstante, las enseñanzas que le eran impartidas por aquella guerrilla, no tenían todo el contexto, y los problemas en Colombia, tenían raíces muy diversas y muy profundas, además, no era como que llegara un grupo disidente al poder, repartiera todas las ganancias de manera equitativa, y todos esos problemas quedaran resueltos, no podía ser así. Colombia es un país, cuyo principal problema había sido siempre la distribución inequitativa, sobre todo de la tierra, y en ello también estaban involucrados los que tenían mucho poder, y habían acaparado casi que, durante décadas, muchas tierras, que eran baldías y que luego, aparecían a su nombre; adicional a esto, los acaparadores de tierra, no ocupaban únicamente baldíos, sino que asesinaron en todo el territorio nacional, cientos de campesinos, por quitarles la tierra que ya era cultivable, entre otros para convertirlos en terrenos para tener ganados. Todo esto, a Amaranto, le parecía una gran injusticia, y por ello empezó a sentir que aquel secuestro, realmente tenía un propósito, y era precisamente ese, el de luchar por una “causa” que podía, tranquilamente, ser su causa, porque la tierra que ocuparon sus padres, Eustaquio y Aminta, podían intentar despojarla en cualquier momento. Sin embargo, que los acaparadores de tierra, intentaran ocupar tierras, en departamentos como Caquetá, Putumayo o Amazonas, era ya muy difícil, porque ya había presencia de grupos armados, como las FARC, del que Amaranto, ya era parte, así fuera accidentalmente, y el hecho que él hubiese caído aquella noche en esa trampa para osos, iba a ser un hecho, que al final, partiría su vida en dos, y jugaría a su favor, de maneras que ni el mismo imaginaba.
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