Una pequeña mesita decorada con flores endémicas marcaban el altar donde esperaba con paciencia un hombre de avanzada edad. Al lado de este hombre yacía Erin, sonriendo de oreja a oreja, completamente vestido de blanco y un hermoso corbatín, con telas ligeras y frescas por el clima. Enmarcándolo un arco de maderas y flores, las mismas flores de colores amazónicos que decoraban la mesita. Esta vez no había camino de pétalos de flores, no habían invitados y no tendríamos una recepción. Solo estaban los curiosos del lugar que se iban agrupando poco a poco, pero en ese momento, en ese único y espectacular momento éramos solo Erin y yo. Mi cabello iba suelto y revuelto, no le dediqué mucho tiempo, al final me lo agradecí, el viento era tan fuerte que lo hubiese estropeado. Mi vestido era

