Despedidas amargas.

1472 Palabras
Katherine Volkov. Esa sensación de vacío, ese sentimiento de que algo que antes te completaba ya no está es algo difícil de describir pero no por no saber como decirlo sino más bien por que nadie comprende tu dolor, nadie sabe lo profunda que es la herida y tampoco tienen la menor idea de que decir al respecto. Al llegar a casa mi padre llegó asustado y comenzó a gritarle a todos los guardias exigiendo respuestas, corrió a cinco guardias culpándolos de la por lo que le sucedió a Galia y aún así no se dirigió a mí sino que ordenó a Alek llevarme a mi habitación sin derecho a salir. Una vez en mi cama Husky vino a mí como si supiera que mi corazón se había roto, como si sintiera los mismo que yo y él también sufriera. Al cabo de unas horas en silencio y con la garganta seca me quedé dormida y soñé con un lugar mejor, con un lugar con Galia y mi madre. ─Katherine... Siento un par de manos sobre mis hombros doloridos así que, con molestia me levanto encontrándome de frente con Alek. Sus ojos están rojos y sus manos están heladas, no ha hablado con nadie desde lo que pasó a excepción de un par de palabras que contestó a mi padre. ─Dime ─susurro con la voz débil por el daño a mi garganta. ─El señor Volkov la espera en su estudio. ─¿Que quiere...? ─No lo sé pero no está de humor ─espeta con el gesto endurecido. Miro sus ojos grises y la tristeza me inunda nuevamente, él me entiende. ─¿La amabas? Sube su mirada hacia mí confundido pero rápidamente se recompone irguiendo su espalda con formalidad. ─No es correcto que... ─Alek, ¿la amabas? ─cruzo mis piernas sentándome para poder conversar mejor. ─Ella era... Sus ojos enrojecen de nuevo así que tomo su mano que descansa sobre mi cama y espero pacientemente. ─Ella era inocente. ─Lo era ─concuerdo. ─Era graciosa ─ríe pasando su mano por sus cabellos despeinándolos en un segundo. ─También era muy engreída cuando quería ─suelto bromeando, a medias. ─Lo sé, cuando la conocí me dijo que si ella quería me podían despedir en un segundo. ─Era especial ─carcajeo intentando mantener un poco de felicidad en el aire. ─Lo era. Mantenemos el silencio por unos minutos hasta que la puerta resuena haciéndonos saber que mi padre se ha cansado de esperar. ─¿Cómo le digo adiós a mi otra mitad? ─susurro agachando mi cabeza. ─No le digas adiós, la verás en la siguiente vida ─suelta Alek sorprendiéndome. ─¿A qué te refieres? ─Mi madre solía decir que cuando perdemos a alguien no es para siempre, que si hay tanto amor de por medio no puede ser un final ─explica nervioso, quizás por qué me está diciendo algo que hablando lógicamente es imposible─. Cuando una persona tiene tantas personas que la aman tendrá una segunda oportunidad, en la siguiente vida estaremos a su lado. Sollozo lanzándome a sus brazos, siento su pecho agitarse triste pero no se oculta sino que me abraza compartiendo la carga, dejándome entrar en su espacio seguro al igual que yo lo hago. Un par de golpes nos hacen reír un poco y, en completo silencio bajamos las escaleras. La sala de estar está repleta de guardias, algunos ni siquiera los conozco. Camino hasta el estudio pero no puedo evitar mirar hacia el comedor, unos hombres trajeados están sentados, cada uno tiene una computadora frente a ellos y la mujer de las moras está sirviéndoles agua. Quisiera gritarle que se vaya, que nunca vuelva pero no puedo pensar en nada. La imagen de mi amiga continúa en mi cabeza incluso cuando me encuentro frente a mi padre, mueve sus labios y agita sus manos con furia pero mantengo mi vista puesta en la nada. Guardo silencio mientras mi padre continúa alzando la voz, cada vez más molesto. ─¡Katherine! ─grita tomándome de los brazos. El dolor me vuelve a la realidad por lo que me muevo alejándome de mi padre. ─No me toques ─pido en voz baja. ─¿Puedes escucharme? ─Te escucho. Camino hasta la ventana cerrada, tomo las persianas y las subo empapándome de la luz del día. Pese a que está nublado hay más luz que otros días, a Galia le habría encantado salir a caminar hoy. ─No parece. ─No tengo cabeza para nada. ─Te irás de aquí. ─¿A dónde? ─América. Giro a verlo, intento enojarme pero nada sale. Asiento y comienzo a caminar dando por terminada la conversación a lo que mi padre responde tapándome el paso. ─¿Es todo? ─Husky se va conmigo ─digo mirando sus negros iris. ─Claro ─titubea. ─Alek también. Mi padre asiente así que paso a su lado y salgo, miro a Faddei y Gavrel de pie al lado de las escaleras conversando con dos de los guardias de mi padre y no puedo evitar caminar hasta ellos. ─¡¿De que sirve tenerlos si no pueden estar cuando se necesita?! ─grito llamando la atención de todos. Mi voz ronca y mis manos en puños con fuerza, los hombres se tensan pero guardan silencio. Mi padre cuenta con dos guardias a su lado y dos camionetas lo siguen todo el tiempo así que dispuso la misma cantidad para mí. Faddei y Gavrel mantienen su distancia mientras que Alek se encarga del perímetro con otros dos, los otros debían estar revueltos en la multitud. ─¡Bola de incompetentes! ─jadeo a punto de desmoronarme. Avanzo dos pasos pero una mano me detiene, siento su cálido aliento sobre mi oído susurrando: ─Te lo explicaré arriba... Respiro hondo, la puerta del estudio se abre y todos los hombres en la sala dejan sus actividades levantándose para mostrar respeto ante mi padre. ─¿Qué ocurre aquí? ─gruñe furioso. Ninguno habla, mantenemos nuestros labios cerrados. ─¿Nadie dirá nada? ─espera un momento pero nadie responde, los músculos de su cuerpo se tensan y espeta: ─. Bien, preparen todo para la partida de mi hija. Da la vuelta pero antes de entrar nuevamente a su estudio añade: ─Más les vale que todo sea seguro o cavaré yo mismo la tumba de cada uno de ustedes. Tomo el brazo de Alek con brusquedad y subo las escaleras a toda prisa. No sé que voy a hacer en América pero tampoco tengo idea de cuál es mi lugar aquí ahora que no está ella, quiero tirarme en mi enorme cama y no despertar hasta que vuelva a mi lado. En cuanto llegamos a mi habitación me voy directa a mi armario, el recuerdo de anoche me cubre. Hace tan solo unas horas estábamos buscando ropa para salir a celebrar su cumpleaños pero ya no está aquí, me quedé sola. ─¿Qué haces? ─escucho a Alek detrás. ─Ayúdame ─respiro hondo, sigo con mi tarea─. Tengo que empacar. Tomo mi maleta rosada y la coloco sin cuidado sobre mi cama, abro los cierres y comienzo a revisarla. Una foto sale del fondo de la bolsa frontal, es una foto que mandé a imprimir hace un año. Galia y yo lucimos unos vestidos de diseñador que nos regalaron nuestros padres, un regalo que nos hicieron a las dos juntas ya que nuestros cumpleaños eran cercanos. Cumpliré veintidós años en un mes, sola. ─Trae mis pantalones, nada de vestidos ─ordeno metiendo la foto de nuevo a la bolsa, al fondo. Alek aparece a mi lado con un montón de ropa en las manos, la deja en la cama y gira para traer más. Comienzo a doblar cada uno con desesperación, intentando no ver a mi amiga con alguno de ellos puesto. Alek sigue dejando ropa sobre la cama y, cuando he terminado cierro la maleta y voy por otra. ─Las blusas y playeras yo las traeré, tu dóblalas. Mi guardia no dice una palabra, asiente y agradezco mentalmente. Si quisiera hacer plática ahora mismo lo mandaría a la mierda. Voy al vestidor, cierro los ojos y respiro varias veces antes de abrirlos. Recojo un par de playeras cortas y las dejo sobre la cama, repito la acción hasta que quedan unas cuantas que no me gustan. Tomo todas las chaquetas que puedo y cuando la maleta está llena miro a Alek haciéndole saber que he terminado, él cierra los cierres. Dos maletas, bien. Elijo un bolso y meto allí algunos maquillajes exclusivos dando por terminada mi labor. ─Vámonos. ─Katherine... ─¿Quién te ha dado permiso de tutearme? ─cuestiono volviéndome a él con una expresión gélida. ─Nadie ─suelta tenso─, no volverá a pasar. ─Trae las maletas, nos vamos. ─¿Nos...? ─Sí, te vienes conmigo a América. Ni siquiera sé por qué se lo he pedido a mi padre pero ahora ya está hecho, es hora de irse.
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